La soledad del alcalde

Por Lilia Margarita Ariza Guerrero *

Hay una frase que leí en el libro ‘La batalla por la paz’ del presidente Juan Manuel Santos que me llamó poderosamente la atención: “gobernar es una labor solitaria“. Yo no sé, al menos no estoy muy segura, de que el alcalde William Dau haya comenzado a sentir la soledad del poder, pero pareciera que sí, dado el silencio casi sepulcral de su gabinete y equipo de trabajo, ese que él se ufanó de haber escogido dentro del mayor rigor ético y profesional, frente a la cantidad de señalamientos y acusaciones de que ha sido objeto su administración por parte de algunos sectores de opinión y de los órganos de control.

Los señalamientos, como se sabe, han sido, por un lado, por presuntas irregularidades en la contratación pública relacionadas con el supuesto sobrecosto en la adquisición de unas pruebas para el Covid-19; y, por el otro, por sus reiterados desaciertos en el manejo de la ciudad y el desorbitante crecimiento de la inseguridad, muy particularmente el sicariato, dos males que tienen a las cartageneras y cartageneros inmersos en una profunda crisis emocional, dada su dimensión y su tragedia, expresada en el número de víctimas fatales y el daño emocional causado, en un hecho sin precedentes en la historia contemporánea de la ciudad.

Desde su inicio, muy a pesar del respaldo popular obtenido y de las expectativas que se originaron con su llegada, este ha sido un gobierno de dimes y diretes: primero fueron las peleas y el cruce epistolar del alcalde con los representantes del gobierno anterior, donde vocablos como ‘chicharrones’, ‘corruptos’ y ‘malandrines’ se volvieron muy usuales en boca del burgomaestre y de algunas de sus secretarias;  después sobrevino el enfrentamiento entre el  primer mandatario y el Concejo distrital, cuando los ánimos y el grosor de las palabras de las partes alcanzó una dimensión aún mayor, lo cual polarizó la ciudad y llamó la atención de todo el país, siendo necesaria la intervención de la curia, representada en el obispo de la arquidiócesis Jorge Enrique, quien, a manera de árbitro, de componedor en la fe y de evangelizador, logró apaciguar las almas y alcanzar la ‘paz’ entre las partes.

Cuando todo indicaba que las turbulentas aguas habían retornado a  su cauce, un nuevo hecho de dimensiones mayores ensombreció el clima ciudadano y político de la ciudad, esta vez por las investigaciones adelantadas por la Procuraduría y la Contraloría General de la República, que provocaron de nuevo otra reacción airada del primer mandatario de los cartageneros, quien con su acostumbrado lenguaje lanzó unas declaraciones en un tono más fuerte, desafiando a las instancias de control e invitándolas, inclusive, a que lo metan a la cárcel si es necesario. En esta ocasión, sin embargo, fueron menos las voces solidarias de sus ”fieles acompañantes’, lo cual pone en evidencia la soledad que lo ‘acompaña’ ahora con más fuerza…

En los gobiernos, como en los deportes colectivos, siempre, o casi siempre, los triunfos y los éxitos son de todo el equipo, pero las derrotas y los fracasos, usual y generalmente, son del gobernante o del técnico, lo cual, lleva implícita la tragedia de su soledad.

Al alcalde hay que recordarle que el éxito es el fracaso al revés. ¡Salvemos juntos a Cartagena!

* Abogada, activista política, integrante del Programa de Liderazgo Juvenil auspiciado por Funcicar

 

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