Lo que se lee entre líneas

Por Danilo Contreras Guzmán *

La literatura no es solo un placer estético sino además una experiencia epistemológica que ilumina la historia y el presente. De hecho, he sabido que los epidemiólogos suelen recurrir a la literatura para enriquecer sus conocimientos en cuanto a la manera de enfrentar virus y enfermedades.

Desde el inicio de este inopinado episodio de la pandemia tomé la decisión de releer La Peste, de Camus, para intentar entender lo que estaba pasando. No fue en vano volver a esa lectura que ahora adquirió una significación distinta pues lo que narra el autor parece replicarse en la cotidianeidad de una epidemia real.

Una de las frases del cronista de La Peste que más me impresiona es aquella según la cual “la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad”. Tengo la impresión de que esa sentencia se ha reproducido, implacable, en la realidad de los días aciagos que nos han tocado.

Infortunadamente, esa clarividencia que se precisa de los líderes en situaciones de crisis no ha aparecido por estos lares, como sí ocurrió en Nueva Zelanda, para citar un caso internacional, donde en vez de ‘aplanar’ la curva de contagios implementaron, bajo la conducción admirable de Jacinda Ardern, una política de ‘eliminación’ de contagios. Ocurrió también en Medellín, donde sus autoridades han podido controlar la enfermedad con una combinación de tecnología y presencia de personal sanitario permanente en los barrios desde el inicio de la enfermedad.

En Cartagena ninguna estrategia ha funcionado. La superstición, la estigmatización, el miedo, el autoritarismo y la egolatría de los ‘salvadores’ se ha impuesto sobre la ciencia, la estrategia, el liderazgo colectivo y la réplica de las buenas prácticas que el mundo ha acreditado. El dilema inicial que se planteaba a la opinión pública en cuanto a privilegiar la vida o la economía ha sido resuelto, conforme quedó demostrado el pasado día “sin IVA”: la vida cede ante los poderes económicos. Ya la historia juzgará esa infamia.

Sin embargo, aún podemos intentar cuidar la salud, la existencia y la dignidad de nuestros paisanos. Un camino apropiado puede intentarse para abandonar la senda del abismo que parece hemos tomado como sociedad. No hay que ser brujo para vislumbrar cuál es ese camino. Las naciones que llevan la delantera nos muestran que, inclusive, cuando parece que han dominado los contagios, es menester ser cautelosos en abrir la economía. Esas naciones y sus gobiernos han interiorizado algo que parece una obviedad: sin vida no hay economía. La muerte de las personas mata la economía. Saben que lo primero que hay que cuidar es la vida.

En estos días varios dirigentes de la ciudad han logrado algo loable y es un consenso para pedir al Gobierno Nacional ayudas para que, fundamentalmente, se rescate la actividad turística en Cartagena por ser este un renglón que genera la mayor cantidad de empleos (180 mil).

Ese reclamo persigue la creación de un fondo especial (los fondos están de moda en Cartagena), que permita transferencias a la población vulnerable, en especial la dedicada al turismo, un plan de salvamento empresarial y de reactivación económica, así como la inversión pública en proyectos de interés para recuperar empleo y competitividad turística.

La carta es firmada, en primer término, por el alcalde Dau, y siguen prestantes dirigentes gremiales.

La carta me parecería impecable a no ser porque el clamor se eleva con énfasis en la actividad del turismo, y uno se pregunta: ¿por qué no reclamar una renta básica universal y unirse a la iniciativa de varios congresistas en ese sentido? ¿Qué vamos a hacer con los carretilleros de Bazurto, los mototaxistas, los habitantes en condición de calle, o los tenderos, o los nuevos desempleados de sectores distintos al turismo? No quiero ser aguafiestas pero, así planteada la propuesta, podría parecer segregadora, lo cual no es nada nuevo en Cartagena. Eso lee uno entre líneas.

Pero también entre líneas se lee el fracaso de la estrategia del Gobierno nacional y local para contener la pandemia, que motiva el clamor tan desesperado y conmovedor que consta en la carta: “S.O.S. por Cartagena”.

Los cierres, cercos y confinamientos no existen, y nunca se aplicaron con rigor en Bazurto, ni en El Pozón, ni en La María, ni en ninguno de los barrios estigmatizados como indisciplinados. En contraste, la evidencia empírica señala que Nueva Zelanda o Guayaquil lograron contener la pandemia con una estrategia bien estructurada.

No fui enemigo de los toques de queda planteados para los puentes de junio. Fui contradictor del hecho de que estos se aplicaran sin contenidos, esto es, sin aprovisionar a la población, sin tener acopiadas las pruebas que se deberían aplicar en el tiempo de confinamiento riguroso para hacer cercos epidemiológicos, sin personal sanitario suficiente recorriendo los barrios haciendo pruebas, diagnósticos tempranos y pedagogía; personal no solo de las EPS, pues no podemos seguir en manos de los privados en un asunto público. Si vamos a hacer confinamiento riguroso primero hay que prepararse. La Administración sorprendió un par de días antes del puente con el anuncio del toque de queda y, peor: sorprendió al día siguiente con un proceder errático anunciando que la estrategia ya no se implementaría.

Si seguimos como vamos nos pasará como en La Peste de Camus, que llegó a Orán de forma sorpresiva y de la misma manera desapareció, pero luego de cegar la vida de demasiados ciudadanos en un pico de contagios que bien pudo evitarse.

Los dirigentes gremiales han demostrado con esta carta que pueden generar consensos e impulsar liderazgos colectivos que guíen de alguna manera al gobierno local y nacional, pero es preciso que esos consensos y sus peticiones sean más incluyentes.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y magister en Derecho con énfasis en Derecho Público.

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