El legado del padre Pacho

Por Padre Rafael Castillo Torres * 

Esta semana que acaba de finalizar nos sorprendió a todos con el fallecimiento, en la ciudad de Medellín, del padre Efraín Aldana Miranda, ‘Pachito’ a secas, sacerdote jesuita, quien por muchos años sirvió en diferentes ámbitos a la obra de la evangelización en la Arquidiócesis de Cartagena desde el Santuario San Pedro Claver y la Parroquia de Santa Rita.

Su servicio pastoral siempre tuvo como norte su opción por los pobres. Cartagena lo reconoció en la comunidad de Santa Rita; en la defensa del Cerro de la Popa generando toda una militancia territorial en sus alrededores; en la pastoral para la paz y la defensa de los Derechos Humanos; en  la formación de una opinión pública con sus escritos y reflexiones, así como en la promoción, desde el Centro Afrocaribe, de unas dinámicas de reconocimiento e inclusión del pueblo afro que fortalecieran los esfuerzos de tantas organizaciones y comunidades de la Misión San Pedro Claver.

Su ministerio pastoral lo realizó en tiempos muy difíciles no tanto por las condiciones de pobreza que tenía y tiene la ciudad, sino por las formas como esas condiciones se fueron agravando cada vez más por la violencia fratricida en Los Montes de María y el Sur de Bolívar, por la confrontación de las guerrillas y grupos de paramilitares por el dominio territorial y de los intereses de la ciudad, así como por la consideración de tantas familias y personas, en situación de desplazamiento, que vieron a Cartagena como su único destino lejos de la violencia.  

Era un clima de violencia y de muerte que no nacía de la casualidad ni era el resultado de fuerzas impersonales y anónimas, sino de la dinámica perversa de personas concretas que sabían mover sus hilos desde la clandestinidad. Pacho siempre estuvo entre la pólvora de los violentos, la sangre de los inocentes y el acoso de los delincuentes. Amén de que debía manejar, al tiempo y de manera permanente, las situaciones de emergencia que no daban espera, acompañar los procesos de formación y madurar las estrategias de incidencia, y ello lo hacíaa con personas muy diferentes y con espíritu paciente, es decir, permaneciendo siempre de pie.

En Cartagena, pero principalmente en la Arquidiócesis, a la luz de este ejemplo de quien siguió entre nosotros el ejemplo de Pedro Claver, estamos llamados a un acto de conciencia. Necesitamos reconocer que, si con toda esta siembra del padre Pacho aún no avanzamos hacia la paz es, en definitiva, por nuestra torpeza, nuestra pasividad y nuestra falta de audacia para abordar los conflictos.

Unos ambientes como los nuestros, dañados por violencias viejas e históricas, necesita de hombres y mujeres con el talante del padre Pachito. Que tengan su conciencia lúcida pero que también esté sana. Solo así nos ayudarán a avanzar con realismo hacia la paz.

Aquí no bastan las estrategias de un plan de desarrollo. Es importante el talante y la actitud de las personas. Dos lecciones nos deja el padre Pacho para el futuro: lo primero es que solo quien vive en paz consigo mismo y con los demás puede abrir caminos de pacificación; y lo segundo es que solo quien alimenta una actitud interior de respeto y tolerancia puede favorecer un clima de diálogo y búsqueda de mutuo entendimiento.

* Sacerdote de la Arquidiócesis de Cartagena

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