Un aliento vital

Por Padre Rafael Castillo Torres *

Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, día en que el Espíritu de Dios desciende sobre el Colegio Apostólico en oración, los llena de coraje y valentía, dando inicio a la acción transformadora más grande de que tenga conocimiento la humanidad.

Este mismo Espíritu desciende hoy sobre la Iglesia y sobre el mundo en medio de una crisis muy profunda. No es un secreto que nos cuesta cuidar la vida y que no somos capaces de progresar sin destruir y de crecer sin acaparar.

Con cuanto estamos viviendo, nuestros espacios seguros y nuestras relaciones y aún nuestra propia casa, se nos han ido convirtiendo en lugares cada vez más inseguros. El miedo ha crecido y otras esperanzas se han ido apagando. Algunos no saben para donde vamos ni cómo podrá terminar todo. Por ello es importante que, en Pentecostés, pidamos al Espíritu Santo que infunda en todos nosotros su aliento creador que nos hace caminar hacia una vida más sana.

¿Por qué debemos pedir y hacer la experiencia del Espíritu Santo? Porque es el Espíritu de Dios quien nos lleva a defender a las víctimas de este sistema de salud; a acompañar a los que están solos; a acoger a los indefensos; a curar a los enfermos; a aliviar a los tristes y a alentar a los desesperanzados. Esa fue la experiencia de Jesús allá en la sinagoga de Nazareth: “El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres” (Lucas 4, 18).

Una persona verdaderamente espiritual, es decir guiado por el espíritu de Dios, es alguien abierto a los más necesitados de aliento y de vida. Es más fuerte que cada uno de los 29 ventiladores que acabaron de llegar. Jamás olvida que el Espíritu creador de Dios está donde crece la vida movida por el aliento amoroso de Dios. Es consciente de que sólo el Espíritu Santo puede despertar en nosotros “una nueva vitalidad de amor a la vida”.

Qué bueno discernir sobre esta pandemia desde el Espíritu Santo, que es Dios actuando en nuestra vida: la fuerza, la luz, “el respiro divino”, el aliento, la paz y el consuelo que podemos experimentar porque su origen es Dios mismo, fuente de toda vida.

El signo más evidente de la acción del Espíritu es la vida. Dios está donde la vida se despierta y crece, donde se comunica y expande. El Espíritu Santo siempre es «dador de vida»: dilata el corazón, resucita lo que está muerto en nosotros, despierta lo dormido, pone en movimiento lo que había quedado bloqueado sencillamente porque de Dios siempre estamos recibiendo nueva energía para la vida. Pidamos a Dios, con mucha fe, que su Espíritu nos conduzca a vivirlo de una forma diferente: desde una verdad más honda, desde una confianza más grande y desde un amor más desinteresado. Nos hará mucho bien.

* Sacerdote de la Arquidiócesis de Cartagena

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