Siempre será más fácil la represión que la educación…y en cuarentena más

Por Jorge Eliécer Sierra Cabarcas *

Aunque tengo claro que muchos me dirán que la represión también es una forma de educar, como forma de modificación de conducta poco a poco ha ido perdiendo fuerza por la cantidad de variables que se deben alinear para que tenga eficacia, además de todos los cuestionamientos morales a su práctica.

En términos teóricos la represión se refiere al castigo, y el castigo positivo se refiere a la presentación de un estímulo negativo con el objetivo de disminuir la frecuencia de la ejecución de la conducta. Sin embargo, esto requiere de momentos y circunstancias especiales para poder lograr su objetivo, y una de ellas es la contingencia, que se refiere básicamente a la relación directa entre la presentación del estímulo y la conducta que se piensa disminuir.

Por eso no solo este humilde servidor sino toda las tendencias mundiales han centrado su atención en buscar estrategias de modificación de conductas basadas en procesos más complejos pero que en realidad lleven a la satisfacción de quien cambia o modifica sus propias conductas, y que ello vaya ligado a su propia esencia y al sentir del cambio como un proceso de crecimiento propio.

Ahora bien, llevemos este primer análisis a nuestra actualidad y al momento histórico que vive nuestra amada ciudad y el mundo por la pandemia del Covid-19: no podemos pretender que se modifiquen las conductas que históricamente han llevado a cabo los ciudadanos con una estrategia de asustar o de reprimir para disminuirla.

Seguramente eso logre algunos resultados pero no creo que se acerque siquiera a lo que se espera lograr. Por eso sugiero pensar más en estrategias que modifiquen y moldeen la conducta a partir de la presentación de estímulos positivos que sean asociados a sus realidades, porque es muy fácil hablar de ‘indisciplina social’ desde nuestras comodidades, en nuestros apartamentos, viendo Netflix…

También se hace más fácil hablar de ‘indisciplina social’ cuando se tiene un conocimiento previo, un paso por las escuelas, la universidad y en general por un ambiente plagado de la reflexión y el análisis.

Ahora, en términos mucho más prácticos y sencillos, la estrategia para modificar las conductas debe estar basada en un plan organizado y estructurado que permita poco a poco ir generando cambios en los comportamientos sociales, y que este resultado esté a su vez enfocado en las realidades de los individuos. Existen muchos principios del aprendizaje que servirán de base para montar este programa y que a su vez generen resultados en la población. Por ejemplo, la plaza de mercado lleva muchos años sumida en el más profundo desorden y casi que dejada a su suerte, modificar esto, que lleva tanto tiempo así, no se logra solo reprimiendo. Se logra educando.

El día del aislamiento total preventivo tuve la oportunidad de pasar por la plaza de mercado y, como es lógico, se encontraba sola, y pensaba que era la oportunidad perfecta para delimitar las zonas, implementar una campaña visual de persuasión sobre las conductas, utilizar señalizaciones prácticas y sencillas de distanciamiento, entre otros. Esa campaña de educación visual no puede costar mas que las consecuencias de tener una plaza de mercado en absoluto desorden y su inevitable incidencia sobre el aumento de casos positivos de coronavirus en la ciudad.

Son muchas las herramientas que tiene la psicología como disciplina para aportar a este momento histórico de la humanidad. El aprendizaje tiene tantas variables y su uso adecuado es perfecto para intentar persuadir y cambiar esas conductas que hoy son reprochables, además de peligrosas…

Por eso considero que es el momento adecuado para comenzar a pensar en un verdadero programa de Cultura Ciudadana en Cartagena, que parta de las circunstancias que vivimos, llegando a la raíz de nuestros comportamientos. Y teniendo en cuenta que no solo sirva de base para enfrentar la pandemia sino también para comenzar a entendernos como ciudad, habitada por ciudadanos (seres humanos) con características propias, y que aún con limitaciones históricas como la educación y la pobreza pueden aportar su grano de arena para un mejor vivir.

Pues bien, que los bancos presten dineros, por ejemplo, a unas muy bajas tasas de interés; que los grandes empresarios sean más solidarios; que los dineros que se están ahorrando, por la disminución de los impuestos que les hizo el Gobierno, sean dirigidos a las clases pobres, con ayudas humanitarias urgentes; y que se reduzca o condone la deuda externa de los países en vías de desarrollo, como lo pide el papa Francisco: “considerando las circunstancias, se afronten, por parte de todos los países, las grandes necesidades del momento, reduciendo o incluso condonando la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres”.

Igualmente, se debe acudir más a la tecnología y la inteligencia artificial, como se está realizando en otras ciudades. A nivel de las personas, que se abandone esta anomia (entendida como una falta de introducción de la norma, desobediencia con la misma), colaborando con las autoridades en el confinamiento. Además, nunca perder la esperanza en el advenimiento de un mundo mejor.

Por el lado de la clase trabajadora debe decirse que la sorprenden inerme, quedando por el momento solo la justicia positiva, material, para evitar una total debacle. Mientras tanto, siguiendo al gran pensador británico Neal Ascherson: “después de la pandemia, el nuevo mundo no surgirá por arte de magia, habrá que pelear por él”. Así, los sindicatos y confederaciones sindicales, los estudiantes, todos los trabajadores del mundo debemos confiar en la justicia, por el momento, y prepararnos para tiempos muy duros, con un futuro no muy prometedor y halagüeño que nos espera. Que no digan que somos aves de mal agüero, ya veremos. Dios quiera que no sea así.

Sin embargo, no es atrevido pensar que después de esta crisis pueden llegar otras complicaciones mayores; teniendo en cuenta que del año 1918 al 1920 ocurrió en el planeta otra pandemia, la llamada ‘Gripe Española’, que infectó la tercera parte de la humanidad, ocasionando la muerte de más de 50 millones de personas, sin que se conociera aún la aviación comercial. Pues bien, la gente rápidamente olvidó esta tragedia y comenzaron los gloriosos y felices ‘años veinte’, estrellándose la humanidad después con el famoso crack bursátil de 1929 y una horrorosa depresión económica, nunca antes vista. “El que no conoce la historia, debe estar dispuesto a repetirla“, dice un viejo adagio popular.

* Psicólogo, especialista en gerencia y estudios en psicología clínica y organizacional; director Fundacion Vivir Todos

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