La peste y el Ordenamiento Territorial

Por Agustín Leal Jerez *

– ¡Agua va!

Este era el grito que exoneraba a una hacendosa doncella de la Edad Media de cualquier culpa si ensopaba a algún apuesto caballero con el contenido de la bacinilla de los humores matutinos.

Con la caída del imperio romano y su ordenamiento territorial, fundamentado esencialmente en la seguridad ciudadana (sobre todo en materia de salubridad pública: suministro universal de agua potable, disposición de aguas servidas, recolección, reciclaje y disposición de basuras y baños públicos), el ordenamiento de las metrópolis de la era medieval entró en crisis, porque aunque estas ciudades continuaron expandiendo la densidad poblacional no hicieron al mismo ritmo la provisión de los servicios públicos esenciales, y muchos de los antiguos sistemas romanos colapsaron.

El caos en el ordenamiento territorial medieval, dado el hacinamiento poblacional y la ausencia de una política pública de salubridad, trajo consecuencialmente la aparición de la -hasta hoy – pandemia más terrible de la población mundial: la peste negra o bubónica que cobró la vida de más de media humanidad.

Pero, para la política medieval y sus instituciones religiosas, los orígenes de la enfermedad y su propagación distaba mucho de las causas reales. Según ellos, fue debido a la furia divina y a algunos grupos étnicos y sus costumbres exotéricas, como los judíos.

Esta pandemia apocalíptica transformó por completo el urbanismo de la edad media porque, contrario a lo esperado, la peste no aniquiló la incipiente burguesía sino que, ante el debilitamiento económico de los señores feudales y la escasez de mano de obra en la ciudad, originada por la reducción dramática de la población, el campesinado emigró con más fuerza a la ciudad, precipitando la aparición de una nueva clase social y exacerbando la miseria citadina, hasta el punto de que la explotación del cuerpo humano se constituyó en un monopolio del Estado.

De esta forma surgieron, sobre todo en Francia, los prostíbulos municipales como una de los principales arbitrios rentísticos del erario.

Siglos después, con la experiencia de lo aprehendido y el surgimiento de una nueva pandemia, que tuvo la osadía de matar cuatro cardenales como lo fue la malaria, ya con la burguesía y su sistema económico bien establecido, el ordenamiento territorial sufre una fuerte transformación. Para lidiar con el comercio global e intercambio de productos, estatuyeron la famosa cuarentena, habida cuenta que ya se conocía que las enfermedades tenían un periodo de incubación. Por ello, dentro de las fortificaciones que rodeaban las ciudades y alejados de las viviendas y edificios se construyeron los lazaretos, que no eran más que una mezcla de hospedaje provisional de mercaderes y almacenaje de mercancías provenientes del exterior, con el objeto de aislarlos hasta que cumplieran el tiempo determinado por las normas de la ciudad.

Pero, irónicamente, con la posterior aparición de la quinina como cura del paludismo o malaria se tuerce el ordenamiento territorial de todo el mundo no civilizado de la época, porque los grandes capitales se dieron a la tarea de esclavizar pueblos enteros para sembrar árboles de quina y monopolizar la producción de quinina.

La tercera pandemia, la del cólera, sucedida entre los siglos XVIII y XIX, es quizá la que creó el urbanismo moderno. Los adelantos científicos de la época y la demanda insaciable de mano de obra de la revolución industrial, que no se podía dar el lujo de perder tantas vidas humanas como en las pestes anteriores, lograron detectar a tiempo la causa de la enfermedad y los factores de su propagación. Las variaciones en el ordenamiento territorial han perdurado hasta nuestros días: se estructuraron las políticas públicas de agua potable, alcantarillado y disposición de residuos sólidos. Pero fue el invento del automóvil el que mutó para siempre el urbanismo, porque revolucionó las vías urbanas y, lo que pocos saben, eliminó uno de los grandes problemas de salud pública de la época en los grandes conglomerados urbanos como Nueva York, Londres y París: las excretas de los caballos que impulsaban los coches y montaban las personas para su movilidad eran amontonadas por toneladas en las principales calles de la ciudades, trayendo olores terribles y una plaga de moscas que eran el vector de muchas enfermedades.

El descubrimiento de la causa de las principales enfermedades y su propagación, que habían ocasionados las pestes anteriores, trajeron consigo mejoras en la calidad de vida de las personas, pero esto también sirvió de insumo para que ávidos constructores y desarrolladores urbanos, con el pretexto de eliminar focos de infección, arrasaran con barriadas pobres enteras, zonas deprimidas y humedales para establecer asentamientos bien ordenados, marcando una práctica de construcción que se ha denominado ‘Urbanismo de Buldócer’, cuya expresión más extravagante se ejecutó en París, en donde se renovó y erradicó casi la mitad de los barrios pobres de la ciudad, conformando así la París que todos soñamos hoy.

Hoy, nuevamente, la historia de las pandemias se repite, en pleno siglo XXI, en la cumbre de los adelantos científicos y la pujanza económica mundial, en un mercado insalubre y de gente humilde de la prepotente China que quiere colonizar la luna, nos vuelve a saltar la liebre como si estuviéramos en la Europa Medieval.

Definitivamente, la peste del Covid-19 va a transformar el concepto de ordenamiento territorial, donde sus principales ejes van a ser el medio ambiente y la salud pública. Corren rumores serios en la Unión Europea y en varios organismos multilaterales en el sentido de que, para que un país pueda reiniciar la actividad turística, debe adquirir una certificación de bioseguridad de una empresa calificada.

Con el pésimo manejo que se le ha dado en Cartagena a la actual crisis del Covid-19, las condiciones de salubridad pública en el mercado de Bazurto, los barrios y zonas deprimidas, casi todos ellos sin los servicios públicos esenciales y con fuerte presencia de otras enfermedades infectocontagiosas, igual de peligrosas que el coronavirus como nos dicen los siguientes datos: dengue 451 casos; leptospirosis 2; tuberculosis 292: sida más de 2000 casos, sin contar presencia de paludismo, fiebre tifoidea y varicela, va a ser muy difícil que Cartagena sea certificada como un destino turístico bioseguro.

Guerra avisada no mata soldado. Ante estas perspectivas, la modificación del ordenamiento territorial de Cartagena como política pública 2020-2023 no da más espera.

Nota: Aspavientan las voces de quienes solicitan la militarización o aislamiento de aquellos barrios y zonas de la ciudad, que por sus condiciones socioeconómicas y de salubridad pública precaria están padeciendo los mayores efectos del coronavirus

* Abogado, especialista en Derecho Público con experiencia en Derecho Urbanístico, Ordenamiento Territorial, Contratación Estatal y Gerencia de la Defensoría Pública, entre otros temas.

.

Comments are closed.

Wordpress Social Share Plugin powered by Ultimatelysocial