La otra pandemia

Por Luis Enrique Rubiano Quitián *

En estos tiempos de pandemia es pertinente también dirigir la mirada hacia otro gran mal de la humanidad, a uno que se constituye en una ‘pandemia social’. Persiste aún la anacrónica creencia en aquella doctrina filosófica conocida como determinismo, que predica que todo fenómeno está previsto de manera necesaria por las circunstancias o condiciones en que se produce, y que, por ende, ninguno de los actos de nuestra voluntad es libre, sino necesariamente preestablecido. Este teoriza que todo lo que ocurre en el universo – incluyendo todos los pensamientos, emociones y acciones humanas – ha sido requerido por circunstancias anteriores, de tal suerte que nada habría sucedido de forma diferente a como de hecho ocurrió, y todo en el futuro resulta inevitable.

Hay personas que creen en el determinismo y con ello explican las adversidades, limitaciones o pretensiones con que viven ellas, sus familias y su pueblo. Lo peor es que se generaliza tanto en la gente esta forma de pensar que se vuelve cultura, y una cultura que traspasa fronteras pasando de ser un epidemia a ser una especie de ‘pandemia’ (epidemia que se extiende a muchos países o que ataca a muchísimos individuos de una región). Ese tipo de pandemia de que hablo, la otra pandemia, es el pandeterminismo.

El neurólogo, psiquiatra y filósofo Viktor Frankl en su libro ‘El Hombre en Busca de Sentido (Frankl, 1962) afirmaba que el pandeterminismo es un gran error, ya que el hombre no se limita a existir, sino que es capaz de decidir cómo será su existencia. El hombre no está absolutamente condicionado y determinado, al contrario, es él quien decide ceder o resistir ante las circunstancias.

Pandeterminísticamente se piensa que los ricos tienen más derechos por su condición y eso hace que en ocasiones el rico pretenda abusar de ello poniendo a todos a su necesario servicio; en tanto, el pobre le echa eternamente la culpa al rico de sus desgracias y cree que este debe compensarle aún sin esforzarse aquel, cree que por nacer pobre todo le es merecido como si existiera una especie de “herencia indemnizatoria de clase”. En la época feudal el pandeterminismo llevaba a pensar que la nobleza tenía el derecho de dominio por tradición hereditaria y linaje y el vulgo aceptaba su sino porque este obedecía a un designio divino (pandeterminismo promovido en gran medida por la iglesia).

Hoy vemos cómo se tiende a pensar que solo son y serán países del primer mundo los que en el último siglo se han dado a conocer como tales; que solo ellos son quienes pueden lograr altos estándares de bienestar y de desarrollo económico. ¿Será que solo los países nórdicos y otros como Nueva Zelanda pueden tener un buen comportamiento en justicia y bienestar social? ¿Será que Estados Unidos, China, Alemania, Reino Unido o Japón son los únicos que pueden ser potencias económicas? ¿Será que no se puede moldear la cultura de los pueblos? Estoy seguro que ello no tiene por qué ser así.

En Colombia encontramos ejemplos de ese pandeterminismo cuando escuchamos desde los tiempos del nacimiento de la República frases de un lenguaje fatídico que deforman la percepción de muchos desde sus primeros años, tales como: “los ricos ya están completos”, “al que nace pa’ tamales del cielo le caen las hojas” o “eso ha sido siempre así y no va a cambiar”. También cuando vemos la creencia repetida muchas veces cual fake news de que los emprendedores, visionarios y echados pa’ lante solo se ubican en el Valle de Aburrá, el área metropolitana de Cali o Bogotá y que, por el contrario, departamentos como Chocó, La Guajira o Putumayo no son innovadores, que están condenados a la suerte de los miserables y que allí solo prospera la politiquería.

Lo peor quizás es que existen populistas que alientan ese pensamiento colectivo fatalista y mediocre generando polarizaciones, ánimos de buscar culpables predeterminados para todo y no soluciones, y creando ciudadanos ávidos de soluciones asistencialistas y cortoplacistas que, curiosamente, serían conseguidas por esos políticos populistas que a su vez conseguirían votos y poder para luego dominar a quienes por años se fueron formando en ese modo de pensar.

Con frecuencia en espacios académicos, tratando temas de problemática pública y gestión pública, he hecho hincapié en que el subdesarrollo es una condición mental y que la ‘suerte’ o realidad de atraso de la sociedad y la economía en el tercer mundo, se debe en mayor medida a esa mezcla idiosincrática que lleva a pensar (individual, colectivamente y por costumbre) de manera conformista, facilista y pesimista; situación compleja pero a la vez preocupante que bien encaja en el campo de la psicología cultural.

La receta para destruir esa ‘pandemia’, el pandeterminismo, lleva como ingredientes el fomento a la autoestima desde el hogar y la escuela básica, la construcción de una cultura de disciplina, y el papel del Estado como constructor de un modelo educativo que contemple la formación en valores, prospectiva, inteligencia financiera, pensamiento lateral e inteligencia emocional. Con esto se podría concentrar la sociedad en el trabajo y la creatividad, y no en la ideologización o en comportamientos condicionados; en una visión esperanzadora y constructiva que le permita desarrollarse espiritual, social, económica y tecnológicamente sobre la base del trabajo propio y no estancarse sobre el estigma de una condena histórica.

Uno de los rasgos principales de la existencia humana es la capacidad para elevarse por encima de las condiciones adversas y trascenderlas. Por ende, hay que romper el círculo vicioso del pandeterminismo que reproduce miseria y mediocridad, pues en últimas el hombre se determina a sí mismo.

* Administrador Público. MBA. Máster en Dirección Estratégica, Planificación y Control de la Gestión. Doctor en Ciencia Política. Actual coordinador administrativo de la Procuraduría en Bolívar.

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