La esperanza aún ilumina al mundo durante el confinamiento

“La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose” (Julio Cortázar)

Por Juan Camilo Ardila Durante *

Un día de semana, en febrero de este año, iba tan deprisa por una calle del Centro Histórico de Cartagena que olvidé mi maletín en el lugar donde había almorzado y hasta perdí la oportunidad de saludar con un abrazo a un amigo que no veía desde hace años. Le sonreí desde la acera de enfrente como se saluda a alguien a quien se le debe dinero. Lo peor de todo es que no recuerdo ahora, mientras reviso en el celular a ver si es lunes o es jueves, por qué iba ese día con tanto afán. Hoy, en medio del confinamiento al que estamos sometidos en prevención del coronavirus, me gustaría al menos tener su número para conversar con él. La pandemia me ha enseñado que he corrido mucho por la vida cuando los destellos de felicidad más grandes llegan cuando dejas de pensar en el tiempo y en la prisa.

La humanidad, culpable de su propia crisis, generada por el sentimiento colectivo de miedo, nos ha llevado a ser seres profundamente individuales. Vaya ironía: en este tiempo no nos podemos juntar físicamente para no contagiarnos un virus, pero jamás, pese a estar siempre pegados, nos contagiamos ese sentido colectivo necesario para hacer de este mundo algo mejor. Mucho mejor de lo que es. Íbamos todos juntos por las calles, plazas y parques, pero solos por la vida. Nuestro único propósito en común era compartirnos por el chat el meme del día. Y hasta en eso fracasamos porque el meme del día siempre ha sido la imagen de cada uno de nosotros compartiendo memes.

Mientras me emociono en este instante viendo en mi móvil algunos videos de personas regalándoles comida a quienes hoy no tienen porque no pueden trabajar, mientras lloro al ver a médicos y enfermeros bailando y cantando para celebrar que un nuevo paciente había sido dado de alta, despierta en mí una ilusión por pretender que hoy somos diferentes y que, una vez podamos reencontrarnos, no nos daremos un abrazo solamente. Nos regalaremos humanidad y nos restregaremos todo que lo habíamos perdido por la maldita indiferencia que ha sido lo que siempre nos ha retratado.

Hay cierta esquizofrenia por pretender que el mundo sigue, que la vida sigue, como si nada, y no es real, amigos lectores. Ya no es solo que nada volverá a ser como era, sino que ya todo cambió. Nosotros cambiamos. Ahora la pregunta que debemos hacernos es si cambiamos para bien o para peor. Es la pregunta que yo me hago cada mañana al despertar y cuya respuesta aún nadie la puede dar. Sin embargo, cuando observo las fotos de una señora en Antioquia que regala comida para quien no tiene e invita a dar comida a quien sí tiene, soy optimista. Así como cuando veo un aviso en un taxi en el que su dueño invita a todo trabajador de la salud a subirse sin pagar un peso por la carrera. Por favor, déjenme a mí ser optimista. Ya me he decepcionado mucho en el pasado, pero es que esta oportunidad especial, producto de una crisis sanitaria, económica y social como jamás la he vivido en los 32 años que tengo de vida, me hace pensar que no la podremos desaprovechar.

Es cierto que el celular se nos volvió punto de contacto personal y laboral y, al mismo tiempo, una de las principales plataformas de entretenimiento. Y que soltarlo es cerrarle la cortina al mundo. Y que cuando lo llevamos a la sala o a la cama las convertimos en una oficina o un refugio. Quizás la pandemia debió dejarnos sin internet también, pero al menos ahora, que podemos ver desde nuestros móviles tantos gestos de solidaridad, tantos gestos de empatía y de sentido colectivo, podríamos permitirnos vivir con una tímida esperanza. La esperanza de que ahora sí haremos las cosas como siempre debimos hacerlas: pensando en el otro, actuando para el otro y con el otro, aún si es totalmente diferente a mí. Más aún si lo es.

Espero que dure este confinamiento lo necesario para que podamos convencernos de que así, solos, no vamos sino a pasar la página de la pandemia del Covid-19 a regresar a una mucho peor: la del egocentrismo.

Mientras corríamos los humanos con la bandera del egoísmo ondeando en lo más alto, un día un virus proveniente de China decidió que el tiempo debía detenerse. Y nosotros con él. Ahora es el momento de parar y ver si el pájaro que se posa cada mañana en el balcón de la casa tiene comida suficiente para sobrevivir en el día.

Y que la esperanza pueda iluminarnos en este confinamiento. Como escribió Marcel Proust: “trata de mantener siempre un trozo de cielo azul encima de la cabeza”.

Nota aparte: confieso que extraño mucho caminar sin tener un destino claro. Porque caminar es un acto subestimado. Hasta que dejamos de hacerlo, nunca lo extrañamos. Incluso para hacer ejercicio queda relegado. Y caminar es el verso perfecto en un poema de amor. Desde que dejamos de hacerlo, recordamos con nostalgia las caminatas por las calles del Centro y junto a la orilla del mar. Caminamos para recordar y cuando no lo podemos hacer, como ahora, recordamos cuando caminábamos por los lugares que amamos. Siempre está, incluso, como ahora, que ya no está.

* Director de Metro Joven y editor de Revista Metro

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