Ingreso básico… Hambre 0: una utopía posible

Por Pastor Jaramillo Robles *

Este ensayo es uno de los tres que me comprometí a escribir con este prestigioso medio en relación con el tema de la pobreza. Tenía pensado que fuera el tercero y último pero dada la coyuntura del coronavirus y cómo esto ha recordado a raíz de la cuarentena las enormes privaciones de amplios sectores de la población, no solo en Cartagena sino en buena parte del país y muy especialmente a mi juicio en las dos grandes zonas costeras de Colombia, la Caribe y la Pacífica, me permito explicar algo que he venido estudiando desde que un ensayo publicado por el Centro de Investigación en Filosofía y Derecho de la Universidad Externado de Colombia, tocó mis manos.

Dicho texto es el volumen 7° de Estudios de Filosofía y Derecho y se tituló: “Libertad positiva, Mercados y Estado de Bienestar”, y fue escrito por el filósofo y economista, nacido en Daca pero nacionalizado británico, Partha Dasgupta, quien se doctoró en la Universidad de Cambridge y ha enseñado en el London Schcool of Economics, Stanford, Cornell y la Universidad de Manchester.

Ahora bien, en los últimos años ha cobrado cada vez más importancia como medida para erradicar la pobreza extrema, la desigualdad y el desempleo tecnológico la renta básica universal que es un asunto que ha sido tratado por pensadores de distintos sectores como Hayeck, Friedman, Murray, Galbraith, Van Parijs y Piketty.

Sir Partha Dasgupta

Inclusive esta discusión puede rastrearse hasta uno de los padres fundadores de los Estados Unidos como lo fue Thomas Paine. Actualmente uno de sus defensores mas famosos es Mark Zuckerberg, fundador de Facebook y en Silicon Valley la meca mundial de toda esta revolución informática, Y Combinator la más prestigiosa de sus aceleradoras de negocio está comandando un piloto de cinco años donde se les ha dado una cantidad determinada de dólares a 100 familias de Oakland para que “puedan vivir sin ataduras”. Sam Altman director de Y Combinator ha dicho que: “América es un lugar lo suficientemente rico y grande como para que nadie se quedase sin acceso a un techo o comida”. Y que “en un mundo en el que cada vez se eliminan empleos con más rapidez que con la que creamos los nuevos va a ser muy difícil encontrar gente que se adapte al cambio”.

Sam Altman, director de Y Combinator. Foto tomada de la nota: Oakland experimenta con la renta básica. El País, de Madrid 10 de junio de 2016.

Aclaro algo antes de continuar. Me parece una discusión relevante la de la renta básica universal y creo que en los países de capitalismo avanzado donde se da debe tratarse en conjunto con un sistema de reciclaje de competencias para toda la población en edad de trabajar como medida para combatir el desempleo que pueda traer los avances de la cuarta revolución industrial en determinados sectores, pero mi querer con este artículo, en principio, es el de la focalización de este tipo de herramientas; es decir, que ingresos como este se dirijan, por el momento, única y exclusivamente a la población en extrema pobreza como forma efectiva de erradicar el hambre y acabar de una vez con formas de vida que para nuestro avance, a pesar del subdesarrollo, no son dignas.

Partha Dasgupta ha abordado este asunto a partir de las relaciones entre el contractualismo filosófico, desarrollo económico y teoría de los derechos desde la perspectiva de quienes conocen las difíciles condiciones de los países del tercer mundo. En particular, su foco de estudio es la indigencia en sociedades “no bien ordenadas (con clara alusión a John Rawls y su teoría de la justicia para “sociedades bien ordenadas”) – en la actualidad hay personas que saltaron a la arena de lo público localmente tirándoselas de intelectuales y se ponen a citar a autores como Rawls sin pudor acerca de cómo lo presentan en un acto del más puro metemonismo – así como el papel que en tal contexto le corresponde cumplir al Estado”. (Arango, 2004).

Dasgupta enfatiza la importancia de asegurar a toda persona la libertad efectiva o fáctica, llamada por él “libertad positiva…” (ibíd.). “En su calidad de economista llama la atención sobre la ausencia de derechos sociales y económicos en el discurso de la economía del bienestar, pese a que tales derechos son expresión clara de la libertad positiva sin la cual no es posible el florecimiento humano” (ibíd.).

Pero, ¿a dónde conduce todo esto? Estos argumentos del profesor Dasgupta llevan a mirar desde nuestro nivel de desarrollo la teoría del contrato que es la base del constitucionalismo occidental -filosofía esta que es el sustrato de la Constitución de 1991 – y a revisarla con base en esa medida, porque durante la segunda mitad del Siglo XX, especialmente después de la publicación de la teoría de la justicia de John Rawls, se ha examinado el catálogo de derechos y las acciones públicas para garantizarlos a partir de una filosofía política pensada y construida para países desarrollados, con economías funcionando a pleno empleo, y por eso es que Dasgupta cuestiona la aplicabilidad de las prioridades basadas en esa teoría sobre sociedades en vías de desarrollo donde la miseria, pobreza e indigencia son problemáticas de las cuales hay que ser más sensibles y activos.

El contrato social debe verse diferente si las circunstancias son otras. Debemos ver el nivel de desarrollo económico como un parámetro para el contrato social” (ibíd.). El peso y las consecuentes acciones para dar realización a las distintas categorías de derechos debe conectarse con el grado de desarrollo económico de la respectiva sociedad, en aras de atender las privaciones materiales asociadas con la miseria tales como la falta de alimentación conllevan afectaciones físicas y mentales que destruyen la vida en libertad y la realización humana. Teniendo esto como base el profesor Dasgupta se lanza al plano de la práctica política abogando por la asignación de recursos por vía de cupones o de bienes en especie con el fin de garantizar a los segmentos más pobres de sociedades en vías de desarrollo alimentación, techo y asistencia sanitaria y en ese nivel de detalle es que desemboca su propuesta.

En mi caso particular, tomando las mismas premisas de análisis filosófico, jurídico y económico, me decanto por las transferencias de dinero por la misma razón que estas son defendidas por estudiosos como Philippe van Parijs y Edward Glaeser y es que estas están más en consonancia con la libertad y la autonomía.

Glaeser escribió un artículo para Bloomberg Opinión en 2012, titulado “El efectivo es mejor que los cupones de alimentos para ayudar a los pobres” donde decía al respecto: “estoy agradecido por la libertad que disfruto cuando gasto mis ganancias; seguramente, a los receptores de ayuda también les gusta la autonomía. Pueden elegir el gasto que mejor se adapte a sus necesidades si reciben ingresos sin restricciones”.

Pero bien, ¿cómo operativizamos algo así? ¿Cómo lo llevamos a la práctica? Valga la pena decir que lo que estoy exponiendo aquí está sobre todo pensado para las personas que viven en extrema pobreza principalmente en la Costa Caribe y en la Pacífica, y que debemos partir de dos cosas: la primera es lo que concierne al derecho al mínimo vital el cual ya está precisado constitucionalmente como garantía dentro de nuestro Estado Social de Derecho, aunque debe dársele un poco más de utilidad práctica como eje rector de acciones estatales; la segunda, es que la Nación y los entes territoriales tienen plenamente georeferenciados a las familias en esta condición por medio de varias herramientas así que no creo que se debe gastar más dinero en hacer censos porque eso es malgastar recursos y ya se viene además adelantando un trabajo desde Familias en Acción, además de que el piloto que se va a iniciar con la devolución del IVA a familias muy pobres va ayudar mucho en este sentido. ¿Qué es lo que juzgo debe agregarse? Algo que la observación de varios años y la lectura me sugieren para efectivizar el uso de los recursos y es hacer una bolsa común de recursos de tantos programas para combatir la pobreza extrema que se ensayan año a año por el Gobierno Nacional y los entes territoriales y que está más que visto que no inciden en la reducción de la misma. Sumado a eso, una porción de recursos de las regalías, también lo que se destina a los programas Familias en Acción, Colombia Mayor y Jóvenes en Acción, además de los muchos programas sociales esparcidos por varias dependencias del Gobierno Nacional incluyendo al Departamento de la Prosperidad Social. Una bolsa de recursos públicos como esta podría alcanzar los 5 billones de pesos o más y ser destinada realizar transferencias de dinero a aquellos colombianos atascados en la miseria y que no logran, dadas sus privaciones, acceder a una alimentación con los nutrientes necesarios para poder vivir sin ser aquejados por la desnutrición. Creo que esta es la mejor forma de garantizar que el dinero llegue a quienes lo necesitan, se gaste en lo prioritario para ellos y no se quede en tanta ONG, consultorías, capacitaciones y estrategias como el Plan de Emergencia Social y demás intermediarios que insisten en operar los mismos programas que no han sacado a nadie de la pobreza. De esta forma corregiríamos, de una vez por todas, los aspectos más duros de la pobreza involuntaria.

A quienes seguramente dirán que esto promueve el parasitismo, el alcoholismo y otros comportamientos similares, los invito a que consulten la evidencia recaudada sobre la aplicación de políticas públicas como esta en países como Uganda, por ejemplo, y en otros lugares para que se den cuenta de que no hay pruebas de que eso ocurre.

Un mecanismo de transferencias como este, al que yo llamo ingreso básico focalizado, aunado a políticas de desarrollo económico como las del sudeste asiático que llevaron la pobreza extrema en esa zona del mundo de más del 60% de la población hace 50 años a un 3% en promedio hoy día, estimo yo que nos conducirán a acabar por fin, en poco tiempo, la miseria que vemos en zonas como Riohacha, Santa Marta, Barranquilla, Cartagena, Tumaco o Buenaventura, y a ponerle la electricidad que requiere el ascensor social en esta parte del mundo para que funcione como la maquinaria más poderosa de nuestras sociedades, parafraseando a John Stuart Mill.

* Abogado, exconcejal y expersonero delegado.

Comments are closed.

Wordpress Social Share Plugin powered by Ultimatelysocial