Por un puñado de dólares: el fotoperiodismo indecente

Adolfo Baltar Moreno *

El pasado miércoles 19 de febrero en la noche asesinaron al joven Bernest Antonio Castro Arrieta en el interior de una clínica veterinaria del barrio El Bosque de Cartagena. Aún se desconoce el móvil. Bernest era mi vecino, y yo me enteré de la noticia casi 24 horas después, cuando me encontré desconsolada a una de sus familiares en el parqueadero del conjunto residencial en el que vivimos. Me quedé de piedra: esa misma mañana Bernest y yo habíamos compartido un breve y cordial trayecto en el ascensor.

Lo primero que me vino a la mente es que, en el último año, esta es la cuarta persona cercana a mí que fallece asesinada. Llevo siete años viviendo en esta tierra colombiana, y me sobrecoge constatar que, en todo este tiempo, no han mejorado en nada las condiciones de vida elementales de mis conciudadanos (que también son las mías): Ni la atención en salud, ni el acceso a la educación, ni, por supuesto, la seguridad ciudadana. ¿Qué ha cambiado a mejor?  Nada. Y como yo no me creo que haya pueblos condenados al sufrimiento eterno por causa de alguna maldición bíblica, me parece necesario afirmar que hay personas de carne y hueso que quieren que nada cambie y que todo continúe igual. Posiblemente porque esta forma de ser país les beneficia enormemente. Y me parece también que, por el momento, tienen el poder para conseguirlo.

El sábado en la mañana estaba programado el sepelio de mi vecino en los Jardines de Cartagena, y unas horas antes me volví a encontrar con su familiar, de nuevo temblando y casi sin poder hablar. Ella me llamó, tenía algo que decirme, pero balbuceaba y no le salían las palabras. Cuando se pudo tranquilizar, me relató que acababan de hacerles llegar la noticia del crimen, publicada en la víspera por una cabecera local de gran tirada, llamada El Teso, perteneciente a la misma casa editora del diario El Universal.

Este medio había publicado en su portada una fotografía de Bernest en el interior de la clínica en medio de un charco de sangre, tal y como había caído al piso. Detrás de él, se entreveían las botas de un policía. Luego en el interior, y ocupando toda la tercera página, había tres fotografías sobre las cuáles el titular se preguntaba “¿Por qué lo mataron?”. En la imagen más grande y llamativa, a todo color, mi vecino aparecía agonizante en una sala de la Clínica El Bosque, en camilla, entubado, desnudo de cintura para arriba, con la cabeza vendada, y mostrando una parte de su rostro. Según me contó esta familiar, cuando la madre de Bernest vio esa imagen, estuvo a punto de sufrir un infarto. Si la muerte brutal de su hijo no era suficiente castigo, alguien, en un medio de comunicación, decidió que todo podía ser aún peor.

Uno se pone a pensar en cómo llegaron esas imágenes al medio, porque hoy en día, cuando todos tenemos cámaras en nuestros celulares, nunca se sabe. Pero aquí podemos deducir sin temor a equivocarnos que varias personas (periodistas, médicos y policías) no cumplieron en este caso con lo que se les supone y exige desde el punto de vista de la deontología y de la ética profesional.

En primer lugar, la imagen de la portada se hizo en un espacio supuestamente acordonado y protegido por la Policía Nacional, en el interior de una clínica veterinaria, más tarde de las 21:30 horas de la noche (se sabe que los asesinos entraron alrededor de las 20:45 h.) Un ciudadano cualquiera no entra en un espacio vedado en un momento así, y se pone a fotografiar con su celular. ¿Quién tomó esta primera imagen y por qué los funcionarios policiales presentes permitieron que se tomase tranquilamente? ¿Con qué intención esa persona hizo esa fotografía y por qué la imagen llegó tan rápidamente al periódico? La policía nos falló a la hora de proteger al más débil.

En segundo lugar, todo lo que hay alrededor de la fotografía tomada al interior del hospital es absolutamente indecente ¿Quién toma esa segunda imagen y con qué intención? En un espacio así ¿quién debe velar por la dignidad de Bernest y de sus familiares? Recordemos que, una vez que entramos como pacientes en un hospital (y siempre lo hacemos en una situación de fragilidad) el respeto a nuestra imagen como seres humanos debe ser celosamente protegido por quienes deben cuidarnos allí: los médicos, los enfermeros y el personal de vigilancia del hospital. Y estos profesionales saben perfectamente que no se deben tomar imágenes en el interior de estos recintos, salvo autorización expresa de las autoridades del hospital y de los familiares del paciente. Estos profesionales sanitarios nos fallaron en la protección de la imagen y del derecho a la intimidad de uno de sus pacientes.

Me pregunto si habrá habido algún pago de dinero de por medio para poder tomar y utilizar esas dos fotografías. Ustedes, lectores, ¿qué piensan?

En tercer y último lugar, tenemos que fijarnos en las decisiones editoriales tomadas por el medio de comunicación en cuestión. Aquí me voy a extender un poco más. Como sabemos, todo medio de prensa escrita, para sobrevivir, debe tener lectores y vender ejemplares. Sabemos también que el morbo vende: la sangre, el sexo, el conflicto, la muerte. Y sabemos que hay un cierto tipo de diarios, los llamados amarillistas o sensacionalistas, que basan su éxito comercial no en la calidad de la información, sino en el hecho de apelar las peores emociones de los lectores. Pero incluso en estos medios, ¿vale todo?

Yo quiero sostener en esta columna que en el periodismo no vale todo y que el fin nunca debe justificar los medios. Soy profesor universitario y tengo el placer y el deber de enseñar a futuros periodistas en los primeros cursos de Comunicación Social.  Pues bien, el proceder del diario El Teso en este caso, además de producirme una inmensa repugnancia moral y profesional, me ha proporcionado un ejemplo de manual con el que dejar claro a los jóvenes lo que nunca debe hacer un periodista, lo que nunca debe permitir un editor y lo que nunca debe publicar un medio.

Esta semana algunos estudiantes justificaban al diario en clase argumentando que “hay públicos de bajo nivel cultural que quieren ver esas cosas”. Y yo les respondía: “No os equivoquéis: los medios y los periodistas asumimos un gran poder y, con él, una gran responsabilidad; no solamente porque generamos opinión pública, sino también porque formamos a los públicos, y educamos a las personas. Los periodistas nunca debemos tratar a nuestros ciudadanos como individuos faltos de razón sin cultura ni sensibilidad (aunque algunos colegas sí parece que lo seamos), sino como seres adultos e inteligentes, merecedores siempre de nuestro mayor respeto y cuidado”.

Entonces, me pregunto ingenuamente cuál habrá sido el interés informativo o de entretenimiento perseguido por el equipo y los responsables de El Teso para publicar estas imágenes, y cómo pensaban ellos que esa manera de tratar periodísticamente lo sucedido iba a procurar el bienestar de la comunidad y el respeto a los familiares de Bernest. Y me respondo maliciosamente que, con toda probabilidad, ninguno de estos aspectos se tuvo en cuenta a la hora de tomar la decisión de publicar. Nunca fueron prioritarios. Entonces, ¿cuáles son los verdaderos criterios seguidos por sus responsables para informar, de esa forma tan maquiavélica e insensible, sobre hechos sociales tan importantes para nuestra humilde comunidad cartagenera? ¿Qué objetivos persiguen los responsables directos de esta publicación (periodistas, editores y dueños) al decidir presentarnos la realidad de esta manera? ¿Qué función está cumpliendo este medio en nuestra ciudad?

Piense mal y acertará.

Queridos familiares, amigos y compañeros de Bernest: les pido perdón en nombre de nuestro gremio por el daño causado. Pueden estar seguros de que la inmensa mayoría de comunicadores sociales de esta ciudad (periodistas, profesores, estudiantes) nos avergonzamos profundamente de esa publicación. Seguimos aspirando a transformar esta horrible presente que nos toca vivir en este país desde el respeto más absoluto a todas las personas, y deseamos que se les haga muy pronto justicia.

* Doctor en Ciencias de la Información, investigador y docente universitario. Periodista gráfico.

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