La palabra: una forma de resistencia

Por Luis Alfonso Ramírez Castellón *

El título de este artículo es una frase y un razonamiento sacado del último libro del exministro y escritor Alejandro Gaviria ‘Siquiera tenemos las palabras’, publicado por la Editorial Ariel, el cual fue presentado en la pasada versión de Hay Festival 2020.

En este libro el autor nos regala un hermoso mensaje, tomado de un texto de Julio Cortázar: “estamos al borde del vértigo, de las bombas atómicas, acercándonos a las peores catástrofes, y el libro me parece una de las armas estéticas o políticas o ambas cosas… que todavía puede salvarnos del autogenocidio universal en el que colaboran alegremente la mayoría de las víctimas”.

El mensaje es un reconocimiento y una provocación que invita a comprender la naturaleza de la palabra, como un legado humano y legítimo civilizado de defensa, que debe ser vehículo natural, único e imprescindible, para posibilitar la reflexión humana, lo cual confirma cuando nos dice: “la literatura no podrá salvarnos, pero es uno de nuestros principales mecanismos de defensa; un refugio, un consuelo y una forma de resistencia”, que complementa con contundente vehemencia recordándonos el hermoso ejemplo relacionado con la carta que le escribió en 1993 el poeta ruso Joseph Brodsky al presidente de Checoslovaquia, el dramaturgo e intelectual Vaclav Havel, en medio de la situación política mundial por la caída del Muro de Berlín y del comunismo europeo, aconsejándole “compartir los libros leídos, porque no es precisamente en la escuela de leyes donde aprendemos de imperativos morales”. Mostrar la biblioteca y no la declaración de rentas es, y debe ser, la lección.

El solo nombre del libro de Gaviria encierra una profunda esperanza en un país que parece desesperanzado, donde el norte es el sur y donde la escuela dejó de ser un lugar atractivo para encontrarse en términos de convivencia, de afecto y de posibilidades.

El autor se propone, con el brillo de su conciencia y su ferviente amor por los libros, mostrar el puesto que tiene y debe tener la cultura literaria, dado su espesor y su valor humano, que la hace trascender más allá de la distancia que se ha venido y querido establecer frente a la cultura científica, que había sido planteada hace 70 años.

Para ello nos cuenta y nos recuerda, tal vez con algo de nostalgia, lo del pasajero Roberto, en su viaje a la feria del libro de Cali, refiriéndose al escritor Roberto Burgos Cantor, quien, como él, era invitado a dicho evento, y debió ser recogido por el mismo taxista, pero quien nunca llegó, en razón a que había fallecido, pero quien, debido al episodio, siguió viviendo unos días más a pesar de su muerte y de su ausencia, y seguirá viviendo quizás otros días más, por su palabra y por sus libros.

Nos muestra también el exministro los recuerdos y la magnitud trascendente de la palabra en Machado de Assis, Stanislaw Lem y Graham Greene, entre otros, quienes, con sus obras poéticas y literarias, hacen honor a la elegía en miniaturas que le escribió el poeta Federico Díaz Granados que terminaba diciendo: “siquiera tenemos las palabras”, cuyo nombre adoptó su libro.

Así, la redención es posible en medio del “optimismo trágico del que habla el autor. Solo basta y queda compartir los libros leídos” para que la palabra siga siendo resistencia y los versos de Neruda, Borges, Guillen, María Mercedes Carranza y Pedro Blas Julio sigan llenándonos de esperanzas.

¡No importa la imposibilidad de la felicidad absoluta y la paranoia reinante! ¡Salvemos a la escuela!

Rector de la I.E. Soledad Acosta de Samper

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