A Javier Darío, ausente pero siempre presente

Por Carlos Ardila González *

Maestro, qué tal. Hoy, en el marco del Hay Festival que, como sabrás, se lleva a cabo por estos días en Cartagena, se te tributará un homenaje muy a la manera de este evento literario. Me imagino que ya lo sabes. Será en el marco de una conversación sobre -cómo no – ética periodística. Pero, qué vaina, maestro, mientras la periodista chilena Mónica González y su colega colombiana Yolanda Ruiz conversan con Jaime Abello, el director general de la Fundación Gabo, sobre ese tema que te apasionó toda la vida, yo, aunque atento al diálogo propuesto, continuaré haciéndome, y haciéndote, mil preguntas, como proseguí haciéndolas, y haciéndotelas, aún después del pasado 6 de octubre, cuando recibimos la dolorosa noticia de tu partida.

Me preguntaré, y te preguntaré, sobre cómo abordar esos temas sobre los cuales pocos quedan contentos. Sí, claro, maestro, ya lo has explicado varias veces: cuando se trata de un hecho complejo, con diversas aristas, suele darse que, mientras unos lo ven blanco y otros lo ven negro, nosotros los reporteros, si cumplimos nuestro deber de buscar la verdad que se camufla en las verdades oficiales, concluimos que no es lo uno, ni lo otro, sino gris, en cualquiera de sus múltiples matices.

Y es que, maestro, te fuiste en un momento en que muchos te necesitábamos. Yo te necesité. Tuve preguntas que hacerte, y te las hice. Te las sigo haciendo de manera constante. Y debo agradecerte que, como siempre, como todo un padre generoso, no dudas en responderlas aunque no estés ya físicamente entre nosotros. Mil gracias por ello. Por ejemplo, ese domingo en que partiste supimos por buenas fuentes que unos candidatos -tanto a la Alcaldía de Cartagena como a la Gobernación de Bolívar – pretendían sumar adeptos con falsas encuestas, y me pregunté, te pregunté, cómo hubieses abordado tú esa noticia, tan relacionada con la ética pública como tantas otras que se producían por esos días. Y actué en consecuencia con tus conceptos.

Hoy, cuando han transcurrido casi 120 días sin tu presencia física, me ocurre lo mismo. Ante ciertos hechos, me pregunto cómo los abordarías si estuvieras en mis zapatos. Por ejemplo, ante la perversidad de unos periodistas que, de forma irresponsable, suman día a día una falacia a otra con el inocultable fin de favorecer oscuros intereses, me pregunto, te pregunto, cuál sería tu posición. Si guardarías silencio, convencido de que, al fin y al cabo, son los lectores, oyentes, televidentes o seguidores en las redes sociales quienes deben juzgar -premiar o castigar – a los periodistas; o si los dejarías en evidencia mediante uno de tus sabios escritos o, incluso, si expondrías sus casos ante entidades como la Fundación para la Libertad de Prensa. Esta última, como sé que sabes, maestro, ha adelantado juiciosos estudios sobre el tema (leer ‘El precio del silencio‘), y me pregunto, te pregunto, si habrá llegado o no la hora de enfrentar con determinación el desenfreno y la perfidia que encierra ese tipo de periodismo.

Maestro, sé que fueron más de 1.900 las respuestas que, como director del Consultorio Ético de la Fundación Gabo, antes Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, diste a sendas preguntas relacionadas con la ética periodística. Y sé que en todas defendiste, por encima de todo, la importancia de la ética en el ejercicio de un periodismo de excelencia y con genuina vocación de servicio público.

Pero permíteme hacerte una pregunta más. De hecho, ya me la hice, te la hice, y he actuado en consonancia con la respuesta que creo haber recibido. Por algo, maestro, y lo digo con orgullo, asistí a varios de tus talleres y creo tener la mayoría de tus libros, entre ellos -claro está – los icónicos e imprescindibles ‘La Constelación ética‘, ‘40 lecciones de ética‘ y ‘El zumbido y el moscardón‘.

Mi pregunta es: ¿si como ciudadanos tenemos el deber de defender -dicho en abstracto – los procesos que beneficien a las mayorías y privilegien el interés general, debemos entonces, como periodistas, callar o tergiversar los hechos que, al publicarse y difundirse, puedan afectar su evolución?

Para mí, maestro, es vital tu respuesta. Aspiro a que, cuando Mónica, Yolanda y Jaime nos hablen de la importancia que para nosotros los periodistas tiene la recuperación de la confianza ciudadana, se sepa si el activismo y la promoción de procesos sociales y políticos debe primar sobre nuestro deber de informar la verdad, siempre la verdad; la verdad completa, la cual, en ocasiones, como tú bien sabes, maestro, suele ser triste y dolorosa.

Y deseo que, cuando digan que para recuperar la confianza de nuestros lectores, oyentes o televidentes debemos ejercer el oficio de tal forma que contribuya a las necesidades informativas de la audiencia y al servicio de la democracia, puedas interiorizar en la cabeza y el corazón de todos que «la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón», como lo grabó, en un mármol inmarcesible, nuestro nobel de literatura Gabriel García Márquez.

Y es que, maestro, qué vaina, recurro a ti cuando debo cubrir fuentes seguramente bien intencionadas pero que yerran con demasiada frecuencia, y me pregunto, le pregunto al Javier Darío ausente pero eterno, siempre presente, cómo enfrentar el dilema ético de, o resaltar únicamente lo positivo de los personajes públicos con buenas intenciones, omitiendo los errores que cometan, o informar los hechos completos: sus aciertos y equivocaciones, con total y absoluta veracidad. Como creo que debe ser.

Javier Darío Restrepo y Carlos Ardila – Archivo

 * Director de Revista Metro

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