Las constantes disputas del alcalde y el Concejo, ¿convenientes para Cartagena?

Por Carlos Ardila González *

De conformidad con la Constitución y la Ley, los alcaldes distritales o municipales, para realizar empréstitos, comprometer vigencias futuras, enajenar, comprar o vender bienes inmuebles u otros activos y otorgar concesiones, entre otras muchas acciones enmarcadas en el cumplimiento de los fines misionales del Estado, deberán contar con la previa autorización de sus respectivos Concejos.

Pero además de estudiar con atención y rigor las razones que los lleven a aprobar o negar las autorizaciones que para cada caso los mandatarios les pidan, los concejales están instituidos con facultades para ejercer control político al Ejecutivo. Y para ello podrán citar a los secretarios, jefes de departamento administrativo y representantes legales de entidades descentralizadas y, asimismo, solicitar información sobre los planes, proyectos y programas que cada uno ejecute.

Por lo anterior -en síntesis – se dice que los Concejos son, por un lado, coadministradores, y por el otro un ente de control, en este caso político.

Por ello, lo que más conviene es que cada parte: el Ejecutivo (el alcalde y los integrantes de su gabinete) y el Concejo (su Mesa Directiva y cada una de sus bancadas), guarden la debida distancia y asuman sus roles con total y absoluta independencia.

Pero también que la relación que indefectivamente deberán mantener el alcalde y los concejales esté signada por el respeto mutuo.

Por ello, inquieta que cada día surja una nueva razón para creer que Cartagena es una ciudad inviable porque sus líderes más visibles: aquellos que hoy representan legal y legítimamente la institucionalidad, son incapaces de entender que cada uno tiene un rol que cumplir, y que ello debe hacerse sin pretender usurpar atribuciones ajenas y, asimismo, como ya se dijo, en el marco del debido respeto y la consideración por los demás.

Ni un mandatario puede intervenir en un proceso cuya competencia sea exclusiva de una corporación pública, ni un miembro de esta debe reaccionar de forma emotiva llevando a cabo un control político con excesos, cuando aún, a menos de 20 días de haber comenzado el 2020, muchos funcionarios no conocen siquiera los nombres de sus subalternos.

En el caso de Cartagena, no fue -en general – de buen recibo (sobre todo por las consecuencias disciplinarias que tal hecho pudo acarrearle) que el alcalde William Dau Chamat haya pedido a los concejales -públicamente – que no escogieran como personero a alguien contrario a sus deseos, ya que, de lo contrario, lo consideraría un acto de mala fe y una declaratoria de guerra (leer ‘Concejo define hoy si acoge o no directriz de William Dau sobre elección de personero‘).

Ni lo es que hoy el mismo Dau, como si aún estuviera en campaña, siga arrojando gasolina sobre el fuego de sus ya de por sí deterioradas relaciones con la mayoría de los cabildantes (leer ‘Indirecta de William Dau a los concejales‘), cuando lo que se impone es que, en el marco de la citada autonomía, él y ellos (y ojalá toda la dirigencia local, departamental y nacional) unan esfuerzos para sacar la ciudad del abismo insoldable en el que aún se halla sumergida.

Pero tampoco es de buen recibo (porque la opinión pública se los va a cobrar, y más cuando el Gobierno da muestras de estar apenas calentando motores) que algunos concejales, por mera vindicta, enfilen baterías contra los recién posesionados funcionarios del Ejecutivo, e incluso contra aquellos que aún no se han podido posesionar (leer ‘Responsables de Hacienda, Infraestructura e Ider, los primeros citados por el Concejo‘).

Porque lo impone la Constitución y la Ley, el alcalde está obligado a denunciar todo hecho de corrupción que conozca. Con las debidas pruebas, claro está, y el correspondiente rigor.

E igualmente los concejales. Como todo ciudadano. Si consideran que un funcionario ha violado una norma, su deber es ponerlo en conocimiento de los entes de control. Si lo que creen es que hay temas que pudieran aclararse y prevenirse, bienvenidos los debates de control político. Pero si por cada meme publicado por Dau en sus redes sociales la respuesta va a ser el anuncio de un debate, o si por cada ‘volada de piedra’ del alcalde sus reacciones van a ser del mismo tono, pues sepan que la que seguirá perdiendo es la ciudad. No ellos ni él.

Confiamos en que el alcalde se atempere. Que comprenda que ya no es un veedor ciudadano sino el timonel del Distrito. Que despierte y se de cuenta que la campaña terminó y le llegó la hora de gobernar. Que sepa que generalizar -en cualquier caso – no solo es injusto y falaz sino que además, con el tiempo, termina siendo un favor a quienes realmente le causan daño a la ciudad. Y que sea consciente de que para sacar a Cartagena del atolladero en que se encuentra se requiere del concurso de todos.

Y confiamos también en que, más pronto que tarde, los concejales admitan que la mala imagen que la opinión pública tiene de muchos de ellos no es gratuita. Que reconozcan que en Cartagena, como en el resto del país, soplan vientos de cambio (y en los procesos políticos, tarde o temprano, quien no cambia es cambiado). Y que comprendan que el momento de crisis que padece la ciudad exige de sus líderes, si es del caso, altas cuotas de sacrificio.

Y confiamos en que el presidente del cabildo, David Caballero Rodríguez, pueda cumplir, durante el ejercicio de su cargo, el propósito que, según dijo, se impuso a sí mismo como objetivo al ser elegido por sus colegas como su vocero ante el Ejecutivo, demás autoridades y, en general, la comunidad cartagenera.

Se comprometió Caballero a que, “a pesar de las diferencias doctrinarias, filosóficas y de cualquier otro orden que sin duda existen o pudieran existir entre las colectividades con asiento en el Concejo y, claro está, con el Ejecutivo distrital”, mantendrá su “voluntad por trabajar unidos en los grandes temas de ciudad” (leer ‘Concejal más votado el 27 de octubre, el nuevo presidente del cabildo de Cartagena‘).

Confiamos en que así sea. Que así comience a ser.

* Director de Revista Metro

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