Dos valores para ti

Por Rafael Vergara Navarro *

Pese a la fiebre del planeta, los poderosos y los inconscientes siguen sin valorar el Sida que inoculan a Gaia, comprometiendo su  resiliencia y nuestra vida con la velocidad del consumo energético. Llaman competitividad al aumento de emisiones y grados de calor.

Ante la crisis ¿hasta dónde, en verdad, equilibramos e integramos en lo local los tres pilares del desarrollo sostenible: bienestar social,  protección del ambiente y los recursos naturales y prosperidad económica?

Poco porque crecer en conciencia ciudadana y participación exige invertir en una educación y cultura que potencie la eficiencia institucional y social en la defensa del patrimonio ecológico.

Adaptarnos exige cambios medibles en la vida, los consumos, la producción, y, para ello, además de conocimiento se requiere una educación sostenida que, entre otros, potencie dos valores: el amor  y el respeto al Territorio, los ecosistemas y al otro.

Se trata de formar ciudadanos ecocéntricos, de superar el antropocentrismo depredador instalado en el ADN.

Derrotar el individualismo, los egoísmos y sus miedos es asumir el ecocentrismo expresado por las juventudes del mundo, líderes y comunidades que defienden el territorio con la vida. Dolorosos ejemplos abundan, un homenaje a ellos.

Hay que reconocer, como lo hizo la ONU en 1972, que “somos naturaleza”, que, sin retórica, la agredida Madre Tierra satisface necesidades espirituales y materiales, es despensa de bienes y servicios, depositaria de residuos y excesos venenosos.

Amarla es comprometerse: sentir, agradecer, recrearse en su belleza; y, para conservarla, conocer sus leyes: ahorrar, reciclar, reusar, proteger, recuperar, descontaminar, resembrar, vivir y producir con responsabilidad.

A los irresponsables el amor no les nace, es un antivalor, un signo de debilidad.

Con importancia o ignorancia diferenciada se imponen: matan, encementan, contaminan, usurpan, compran decisiones y conciencias. Más allá del dios que dicen adorar, deprecian y desprecian la naturaleza: su creación, y la ley: las reglas de convivencia. 

El respeto, esencial en el amor, determina fronteras y ética: no destrozamos al nacer el seno que nos amamanta.

Los recursos naturales y el ambiente son vulnerables y finitos, por cultura ecológica hay que asumir que el desbarajuste climático se combate si el interés general prima sobre el particular, se respetan los límites, se castiga y reeduca a quienes contaminan o depredan, reconstruyendo lo afectado.

Sostenibilidad tiene que ser prevenir, frenar, sancionar y activar resiliencias. Nuestra reacción estatal y social aún es débil y la Madre herida, drástica, exige contundencia y acá se llama fortalecer el Ecobloque.

La crisis está en toda la casa. Las  inundaciones, mareas, basuras, ruido, invasiones y rellenos de las aguas, las urbanizaciones arbitrarias, congestión  vehicular y su CO2 develan la emergencia de inconsciencia.

Lo ecológico es más que transversal, es estratégico. Se invierte poco y se daña mucho. El respeto es un imperativo ético y de orden público. Es la supervivencia de las especies.

Revertir el tic-tac regresivo exige inculcar dos valores: respeto y amor.

Una educación de calidad tiene que lograr que, independientemente de la religión o la idea política que se profese, en este 2020 podamos sentir que hay que: “Amar la Naturaleza y a Dios por sobre todas las cosas”, solo así sobreviviremos. “Amar la Naturaleza y a Dios por sobre todas las cosas”. solo así sobreviviremos.

* Abogado, ambientalista y gestor de Paz

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