Una lista de mil muertos archivada en el folio del olvido

Por Marcela Márquez *

Comencé a pensar esta columna la madrugada del 21 de noviembre, cuando me di cuenta que, aunque apoyaba el paro, yo no podía salir a marchar. Una sola acción de un día se convertiría en un todo por nada, y la sensatez treinteañera de la edad adulta me embargó, consolándome con la idea de que mi mayor aporte sería escribir.

Pero no escribí.

Desde entonces he tenido los pensamientos revueltos y las ideas entumidas. Hasta que recibí un detonante que me movió hasta el teclado, ocasionando que mis manos fueran más rápidas que las ideas que saltaban en mi mente, para poder lograr, por fin, una columna decente (o indecente, según el lector) que compartir con ustedes.

Y mientras escucho la canción ‘Hipocresía’, del periodista de la música Rubén Blades, escribo. No corrijo, no releo, no reviso, solo escribo. Acabo de releer la carta que con su puño y letra escribió la madre del fallecido Dilan Cruz desde una cárcel. Ni siquiera los molestos anuncios de Youtube que interrumpen la reproducción de ‘Hipocresía’ impiden que prosiga escribiendo.

Entonces comprendo todo. Y este es el mejor momento para hablar de ello. Ahora que parece haber caído en el olvido, ahora que los ánimos no están tan revueltos.

¿Por qué Dilan estaba protestando? ¿Por qué no podía hacer simplemente lo que estaría haciendo un adolescente normal, un sábado en la tarde: prepararse para el perreo de la noche?

Porque Dilan Cruz estaba en ese limbo de la vida al que llegamos todos cuando dejamos de ser niños pero no somos lo suficientemente adultos para ser responsables por nosotros mismos. Porque se supone que cuando te gradúas de bachillerato ya sabes lo que harás el año siguiente: entrar a la universidad, o si acaso hacer un preuniversitario porque no pasaste en universidad pública.Hasta estudiar otro idioma es una alternativa decente. Algunos, los más privilegiados, hacen un viaje al exterior para conectarse con otras culturas y aprender de manera vivencial nuevos idiomas. Pero tal parece que Cruz no tenía ninguna alternativa. O tal vez no las conocía.

¿Qué más podía hacer un bachiller -aún no se había graduado – que veía su futuro sombrío, y cuya madre -sorda de nacimiento – se encontraba en la cárcel por haber cometido un robo? Él -distinto a otros; a mí misma – sí podía marchar: no tenía nada que perder.

¿Qué esperanza podía vislumbrar un adolescente cuando se le acabaron los 12 juegos y descubrió que era el rey en el Baile de los que sobran? Su esperanza estaba centrada en conseguir ser visibilizado por el Estado a través de la protesta pacífica.

Efectivamente, el Estado lo vio; apuntó para detenerlo; disparó; y lo mató. ¿Accidente u homicidio culposo? Creo que la respuesta es evidente.

“Ya no hay Izquierdas ni Derechas: solo hay excusas y pretextos. Una retórica maltrecha, para un planeta de ambidiestros. No hay unión familiar, ni justicia social, ni solidaridad con el vecino. De allí es que surge el mal, y el abuso oficial termina por cerrarnos el camino.  Y todo el mundo insiste que no entiende por qué los sueños de hoy se vuelven mierda”, canta Blades, mientras delante de mí se deslizan las letras esforzadas, plasmadas en una hoja de papel bond sin rayas. Veo las palabras de una mamá. Una mamá que enterró a su hijo.

Y me imagino que soy Dilan; estoy solo; no soy nadie. Me pregunto: ¿para qué soy bueno? ¿Dónde encuentro las respuestas? ¿Hay alguien ahí o realmente estoy solo? Luego imagino que soy ella, su mamá; el universo es silencioso para mí, me ha negado sus bullicios y sus susurros, y me ha castigado severamente por un error que cometí. Me imagino que soy el pavimento frío y gris de la caótica Bogotá, recibiéndolo en mis indolentes brazos.

Imagino que soy el policía que le disparó; estoy vestida de negro por fuera y por dentro, protegida por el pseudoanonimato de mi coraza, con la vista enfocada, la mente mordaz, el instinto de defensa afilado. Tampoco es mi culpa. Mis ilusiones y deseos están destruidos porque esto no era lo que yo quería en realidad: esto fue lo que me enseñaron y yo aprendo, aprendo muy bien.

Salgo de la fantasía y en esta realidad ya no resuena el nombre de aquel joven. Se apagaron los reclamos. Se esfumó el clamor colectivo por justicia. Pero una voz interna me dice (me grita) que no guarde silencio, porque no ha sido el único y, tristemente, no será el último. La historia abraza muchos casos más. Casos como el de Sebastián Neira o el de Jhony Silva. Incluso Jaime Garzón, porque su ejercicio comunicacional era toda una protesta periodística, continua, mediática. La lista podría fácilmente completar mil nombres, quizás más. No se detendrá, a menos que hagamos algo. Algo más que derramar lágrimas sobre esa lista de mil muertos inocentes archivada en el folio del olvido.

* Comunicadora social – periodista

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