Movidos por la sangre en las olas

Por Germán Danilo Hernández *

Desde hace varios años jóvenes cartageneros y de otras regiones del país descubrieron un lugar paradisíaco que ofrece diferentes alternativas de esparcimiento y de libertades, muy cerca de Cartagena, pero lejos de las restricciones que incomodan en ciertas edades.

La ensenada de Cholón en la isla de Barú genera una especie de magnetismo creciente que atrae a un flujo cada vez mayor de chicas y chicos, motivados por vivir sensaciones que fluctúan entre el disfrute del encanto natural, nadar o bucear en sus aguas cristalinas, degustar de comidas y bebidas exquisitas, hasta sumergirse en experiencias desbordadas de licor, drogas y sexo.

Algunos con la anuencia de sus padres y otros habilidosamente escapados, incluyendo a menores de edad, acuerdan el pago de cuotas para pagar el alquiler de una embarcación, cuando no hay un amigo que la preste; se surten copiosamente de los productos legales o ilegales que les apetece consumir, se visten con prendas ligeras y emprenden la aventura mar adentro.

El colorido de las imágenes con las que se vende ese ‘paraíso caribeño’ han mostrado siempre los riesgos que ofrece: la aglomeración de embarcaciones con sus tripulantes saltando de una a otra, nadando o caminando entre ellas, ante la ausencia total de delimitaciones, ni reglamentaciones como parte de la apetecida libertad.

Los testimonios de quienes han vivido la experiencia a manera contemplativa son reveladores: “En Cholón se pueden mezclar todos los que quieren, en el agua o en la playa al ritmo de la música, pero también en cada lancha, pasa lo que sus tripulantes desean que pase”. Incluyendo por supuesto un mercado poco disimulado de pasiones y de narcóticos, que las autoridades no desconocen, pero que eluden, afianzando la creencia de que la bella ensenada es ‘tierra de nadie’, donde todo está permitido.

Fue necesario que la sangre vertida por la joven barranquillera Valentina González tiñera las olas del Caribe, tras ser embestida por una lancha, mientras flotaba tranquilamente, y que las dantescas imágenes de su muerte se hicieran virales en las redes sociales, para que las autoridades involucradas se percataran de su negligencia.

Es extraño, que los organismos nacionales, que tienen competencia, como Parques Naturales, por ser Cholón área protegida, la Dimar, Guardacostas y la propia Armada Nacional, no apliquen en Cholón la misma rigurosidad de sus controles e imposiciones en otros escenarios de su jurisdicción.

El propio alcalde encargado Pedrito Pereira ha insistido en la necesidad de imponer controles a las embarcaciones que salen libremente de marinas privadas sin revisión previa y sensibilizar a los navegantes sobre actividades en áreas protegidas.

A la muerte de Valentina se suman otros accidentes ocurridos en similares condiciones. Los responsables del caos, por acción u omisión, no tienen otra alternativa que actuar, desafortunadamente movidos por la ola ensangrentada que se les vino encima desde Cholón.

* Periodista, columnista, docente universitario y asesor de comunicaciones

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