Los nadies

Por Diana Martínez Berrocal *

A eso del mediodía, conducía mi carro por la Avenida del Lago, cuando de repente veo una carreta repleta de unos plátanos verdes bien bonitos.  Instintivamente bajé la velocidad y mientras me acercaba, se me hizo agua la boca nada mas de imaginarme unos patacones bien crujientes, o una ‘cabeza de gato’ con ajo, cebolla y bastante queso rallado.

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Pegué el carro a la carreta, miré por los retrovisores y me cercioré de que los seguros de las puertas estuvieran hundidos. Bajé el vidrió hasta la mitad y una señora muy amable se me acercó a la ventana: “a la orden doñita, aproveche los plátanos”, “¿a cómo tiene la mano?”, “baratica, a cuatro mil se la dejo”.  Yo me quedé por un momento pensando si compraba una mano o dos.  En eso, ella se agacha un poco para mirarme (confieso que en ese instante yo me eché hacía atrás y agarré mi celular), y me dijo: “doñita, le ruego que me compre así sea una mano; este negocio no es mío, y no he vendido nada en toda la mañana, y ahora que entregue, debo llevarle algo de comer a mis hijos”.

No sé cuánto tiempo pasó mientras conversamos, pero ella me contó que vivía en una invasión más allá de la Terminal de Transporte; que en ese lugar no había ni agua, ni luz, ni nada… que el hambre era cruel.  Incluso, me dij, que a veces el dueño le regalaba los plátanos dañados. Ella les quitaba las conchas, las ponía a hervir y después las hilachaba; les hacía un sofrito y “queda como si fuese la mismísima carne esmechá”, me decía riéndose. “Después monto un poquito de arroz, y con eso quedamos listos”.  Yo también me reía, casi como diciéndole: “ja ja. Sí claro, te entiendo”.  Pero la verdad no entendía nada;  esa no fue la forma como yo me imaginé comiéndome los plátanos. Al final, ella me dijo algo que lo resumía todo: “Seño, uno no tiene nada, uno no es nadie; nosotros tenemos que rezar para no enfermarnos”.

Entonces comprendí que a ellos se refería Galeano cuando decía: “los nadies: los hijo de nadie, los dueños de nada, los ninguneados, que van muriendo a la vida, jodidos, rejodidos”.  Sí, ¡ellos! los que la sociedad ha olvidado, los que no vemos, los invisibles.

En Cartagena, más grave que la pobreza, es la exclusión social que existe.  Porque la miseria no es solo la carencia de unos mínimos, sino el abandono de parte de unos miembros de la sociedad.  Y se supone que en una sociedad todos estamos ligados por un cierto pacto de lealtad mutua que debería hacernos permeables a las necesidades de los demás.

La gran paradoja es que esto suceda en una ciudad tan privilegiada: con auge turístico, portuario y mayor inversión industrial en la historia de Colombia. Lo cual nos indica que en algo estamos fallando, pues ha sido más importante mantener la rentabilidad del modelo económico, que las personas.

Y mientras tanto, dice Galeano que “los nadies sueñan con salir de pobres, que algún día mágico llueva a cantaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve nunca”.

* Abogada especialista en Derecho Público y en Sociología Política.

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