La dictadura del meme

Por Germán Osorio Buelvas *

Ad portas del año 2020, y transcurrida una quinta parte del Siglo XXI, este ya presenta unas señales históricas que lo definen. Fenómenos globales como la monetización de la sociedad (el dinero en el Siglo XXI se vuelve un fin y no un medio); la irrupción de las redes sociales como vehículo de poder (alguien predijo en sus inicios que el XXI sería el siglo de la información); la caída de la ciencia y la filosofía como pilares del conocimiento, pasando a una era de lo subjetivo como certeza…, son señales claras que le dan identidad histórica al momento en que vivimos.

La política no se sustrae a la realidad social, y, por ende, asistimos entonces -asimismo – al nuevo escenario que da título al presente escrito.

El Siglo XXI es un contexto donde resurgen los caudillismos, alimentados por el caldo de cultivo de las nuevas condiciones que a su vez generan nuevas ciudadanías, o más bien, el modo como estas nuevas ciudadanías están percibiendo la realidad.

La ilusión del despertar de una conciencia (y subrayo ilusión) basada en la globalización a partir del internet, generan una liberación virtual. Puesto que la ‘conciencia’ en sentido espiritual y psicológico del joven ciudadano no nace de la profundización del autoconocimiento sino de la autoafirmación subjetiva y en muchos casos egoísta y pueril, que le genera un entorno sin contrastes, donde la realidad virtual no le sirve de confrontación sino todo lo contrario, le genera una burbuja narcisista, sin referentes ajenos a él mismo.

Y -además – puesto que las redes sociales no son más que un filtro que, por guarismos, selecciona un pequeño universo social a la medida del usuario, se pierde, entonces, la necesidad del dialogo conciliatorio, la conexión obligada con el otro (o empatía), la diferencia y la heterogeneidad.

En síntesis, es un ciudadano que se percibe libre y autónomo, pero que, al tiempo, no es capaz de ver la burbuja en la que está encerrado. En el contexto nuestro, atrás quedaron las sesiones obligadas de mal gusto musical y bulla al que nos sometía el trasporte público, dando paso a un Transcaribe más impersonal, uniforme en el color y -además – donde el IPhone pone a los jóvenes a escuchar su playlist y, así: chao entorno.

De todo esto surge el potencial peligro político. La dictadura del meme, donde el neonazismo se viste ‘de rosa’. Atrás quedaron la esvástica y los uniformes militares dando paso al poder del discurso y la palabra. Los nuevos regímenes se presentan como una solución a partir de la construcción de líderes camaleónicos construidos a base de marketing político, quienes se fabrican a sí mismos a la medida del consumidor-votante. Pueden fungir de derechas o de izquierda, incluso de alternativos, de caballeros o groseros, según requiera el mercado electoral del momento.

A punta de memes’ difunden en la sociedad las ideas que les permiten generar una máscara de legitimidad, la cual genera una confianza peligrosa en el electorado, quien así confía los recursos públicos a un ideal, un arquetipo, una caricatura, no a un gobernante real, que cada cierto tiempo debería ser cuestionado, según el esquema democrático, por una oposición que no existe en los nuevos contextos, pues el dictador-meme a la vez que se fabrica una máscara para sí la fábrica para el opositor, despejándose así, plenamente, el camino a la corrupción que nace de los totalitarismos.

No nos engañemos: por más maquillaje que tenga, el guasón sigue siendo un criminal. El cine solo nos ha mostrado lo idiotas que nos hemos vuelto, lo fácilmente convencibles de la bondad que hay en la maldad, y, ¿todo por qué?, porque decidimos creer en el poder de las imágenes, embelesados igual que -como cuenta la leyenda – los indígenas que fueron engatuzados por los españoles y entregaron su oro a cambio de espejos.

Bienvenidas ‘ciudadanías libres’ al siglo del espejo, a la dictadura del meme.

* Psicólogo egresado de la Universidad San Buenaventura.

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