Cartagena y la roca de Sísifo

Por Luis Alfonso Ramírez Castellón *

La situación actual de la ciudad y los resultados sorprendentes del proceso electoral que acaba de culminar y que dio el triunfo al candidato William Dau Chamat, me obligan como creo que es deber de todos los cartageneros y cartageneras de bien, que como yo hay muchos y muchas, a consultar y a auscultar teorías, libros y autores, que nos proporcionen algunas luces para comprender la magnitud del drama que históricamente hemos vivido e interpretar adecuadamente las premisas que posibilitaron la elección de un candidato que no contaba con favoritismo alguno y que, hipotéticamente, tiene el deber de romper con el sitio a que ha estado sometida la ciudad, casi comparable con el Sitio de Morillo de 1815.

En ese peregrinaje de mi búsqueda releí el ‘Mito de Sísifo’, esa obra inmortal  editada en 1942, del ensayista y dramaturgo Albert Camus, quien, en forma magistral, expone toda su concepción sobre su teoría filosófica del absurdo existencial, teoría que recorrió el mundo, impactando el pensamiento postmodernista, especialmente el de la juventud europea y norteamericana, desde una concepción nueva de aspectos y posturas sobre la libertad, la vida y la religión.

En uno de los capítulos de ese ensayo el autor hace una analogía del hombre y el mito de Sísifo, el cual vive una existencia absurda, trabajando y viviendo en una monotonía de hacer cotidianamente lo mismo, donde el esfuerzo diario, ineludiblemente, representa la roca que Sísifo sube a la colina y tiene que renovar cada vez que parece alcanzar la cima.

Análogamente, la pesada roca que cargaba Sísifo representa el peso de la desidia que nos ha tocado cargar y llevar a los cartageneros desde hace muchos años, que no es más que el castigo que recibimos en razón al lastre que venimos arrastrando, fruto de fenómenos y vicios heredados de culturas que nos colonizaron y que se enquistaron hasta nuestros días y que explican muy bien el fenómeno sui-generis de la ciudad.

En el mito de Sísifo la condena se relaciona con la existencia de un hombre que cotidiana y rutinariamente se dedica a trabajar en la fábrica, la oficina o en otro espacio o ámbito, con un absurdo ciclo sin fin, y en nuestra ciudad también se manifiesta y se traduce en que el  hombre, sin comprender su condición de ciudadano y los derechos políticos que le asisten, se venía tranzando por migajas, renunciando al ejercicio pleno de su ciudadanía, en una también actitud de negación de su ser, en cuanto ser, emanados de su naturaleza social y humana desde su transcendencia.

Subida por fin la pesada roca a la cima en un acto de mayoría de edad de la ciudadanía, que algunos conciben como una expresión de realismo mágico, manifestado en el logro de Dau, un triunfo sin aparentes compromisos burocráticos, le corresponde al alcalde electo sostenerla, dedicándose a administrar la ciudad, con unas metas claras que lo pueden llevar a buen puerto, porque como decía el filósofo Séneca: citado por el expresidente Juan Manuel Santos en su libro ‘La batalla por la Paz’, “ignoranti quam portum petat nullus sus ventus est”, que traduce: “a quien no tiene claro su puerto de destino, ningún viento le resulta favorable

Que su actitud y su gestión sean coherentes con las trompetas apocalípticas que esgrimió y las banderas que enarboló; lo contrario, sería una enorme frustración, de dimensiones incalculable,s y habrá que esperar la Llegada del Arzobispo, ya no en noviembre, como en la novela de Héctor Rojas Herazo, sino cuando regrese Melquiades, ese gitano lúgubre de ‘Cien años de Soledad’, de manos de gorrión y barba montaraz, para que nos traiga un laboratorio de alquimia, como el que regaló a José Arcadio Buendía, para que, en un acto de magia, se cumplan sus buenos propósitos y sus curiosidades.

Rector de la I.E. Soledad Acosta de Samper

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