Un nuevo día

Por Luis Alfonso Ramírez Castellón *

Así se llama esa hermosa canción de Facundo Cabral, el cantautor, poeta, escritor y filósofo argentino, que él cantaba cada mañana al despertar para agradecerle al cielo la gentileza de un nuevo día, traducido en una nueva oportunidad, para empezar de nuevo, para soñar, para vivir…

No estoy muy seguro si en la mañana del pasado 28 de octubre se haya iniciado un nuevo día para Cartagena y los cartageneros, para empezar de nuevo, para soñar, para vivir, pero si estoy esperanzado de que el fenómeno que se vivió y que se constituyó en un hecho sin precedentes en la historia de la ciudad sea el despertar de un pueblo y de una ciudadanía, que se cansó de más de lo mismo, de la ignominia y del desdén, que desde hace más de tres décadas nos tiene sumidos en la más cruel y aberrante situación, manifestada en una ingobernabilidad despiadada, sin norte, con una educación y una salud mancilladas y ofendidas, donde las personas mueren a diario sin camas y sin medicinas y los niños estudian en escuelas ruinosas, sin Programas de Alimentación Escolar, con profesores huérfanos de los elementos básicos e imprescindibles y sin las mejores condiciones para que la escuela y la enseñanza sean lo que tienen que ser: un lugar para encontrarse, desde la ciencia, el afecto y la cultura.

La llegada de un alcalde que en su campaña utilizó un discurso duro, apartado de un alma poética, convencido de que las palabras bonitas no importaban y que no eran necesarias para persuadir a una población confundida y excluida en el laberinto de la cultura política, sin ataduras y con una aparente disposición de rescatar a la ciudad y recuperar el tiempo perdido, nos hace sentir el aire fresco que por momentos nos trae el mar caribe, para cantar, para reír, para volver a ser feliz, sin niños en la calle, sin barrios intransitables por la inseguridad, sin Keylas en las plazas y sin niños huérfanos de padres vivos.

Eso es lo que queremos y añoramos, y ojalá la elección de un hombre como William Dau, de quien muchos y muchas tienen prevenciones y preocupaciones por su poca o nada experiencia en las lides de la política, sin padrinos ni madrinas en las históricas casas que han gobernado la ciudad, nos pueda devolver la esperanza, esa que parece estar perdida, como la del coronel en la obra de Gabo.

No será fácil iniciar la reconstrucción de la ciudad si el alcalde electo no cumple con lo que prometió y que fue bandera de su campaña: cero corrupción, un gobierno sin deudas políticas y burocráticas, un gabinete de gente con méritos, sin pasados relacionados con situaciones oscuras, que puedan esclarecer el panorama de la ciudad y materializar el sueño de ver las luces de un nuevo día, con un Concejo aliado desde lo ético, con grandeza,  acorde con la naturaleza de su investidura, esa que le transfirieron los ciudadanos en razón de “mayoría de edad” y de la democracia, que se evidenció el pasado domingo, cuyos resultados dejaron perplejo a más de uno, por conveniencia o por inconveniencia, sobre todo, esto último, en virtud de la dinámica histórica que se venía dando en la ciudad.

Es una buena oportunidad para recobrar el rumbo de una ciudad sitiada y enferma, azotada más por la indiferencia de sus habitantes que por el estigma de que todo esté perdido, como obra y gracia de la Divina Providencia.

Esperanza sí, ¡pero no esperemos que el alcalde electo pueda convertir el agua residual que corre por las alcantarillas en agua bendita o convertir el carbón en diamante!

Rector de la I.E. Soledad Acosta de Samper

 

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