Elecciones y libre albedrío

Por Uriel Ángel Pérez Márquez *

En los últimos días son muchas las opiniones que han publicado los diferentes medios de comunicación sobre la necesidad de “votar a conciencia”, de “votar de forma inteligente”, de “no botar el voto” e, incluso, de “no dejar que el abstencionismo se imponga”.

Sin embargo, hay un aspecto fundamental relacionado con el derecho al voto que no ha recibido, a nuestro juicio, la suficiente atención. El derecho a elegir y ser elegido es uno de los mayores triunfos libertarios y democráticos, cuya obtención ha costado un alto precio, pagado incluso en sangre, y su ejercicio nada tiene que ver con facultades intelectuales o racionales.

Pretender exigir al elector un nivel de formación o ciertas facultades de discernimiento para que “vote bien” es insinuar que la elección está supeditada a otras cualidades diferentes a las constitucionalmente prescritas, esto es, ser ciudadano en ejercicio. Además, es una defensa indirecta -por decir lo menos – de un modelo sofocrático (gobierno de los sabios) que fuera defendido por Platón en su obra La República. A estas alturas se da por sentado que este modelo excluyente de gobierno está tan superado como los que en su momento defendieron que los capacitados para gobernar eran los ricos y poderosos (plutocracia).

Al respecto, vale la pena traer a cuento lo que describe un autor de lectura obligatoria en estos días: Yuval Noah Harari, en ’21 lecciones para el siglo XXI’: “Los referéndums y las elecciones tienen siempre que ver con los sentimientos humanos, no con la racionalidad humana. Si la democracia fuera un asunto de toma de decisiones racionales, no habría ninguna razón para conceder a todas las personas los mismos derechos de voto o quizá ningún derecho de voto”.

Para bien o para mal, las elecciones no tienen nada que ver con lo que se piensa, se tratan de lo que se siente, de lo que el libre albedrío de cada quien le dictamina, como criterio definitivo de autoridad. Tan es así que, si bien es cierto, hay ciudadanos más inteligentes que otros, todos son exactamente igual de libres para votar. Y las razones para escoger entre el abanico de candidatos derivan de la identidad que despiertan en cada ciudadano, de las motivaciones íntimas de cada votante.

El ejercicio del voto es uno de los pocos escenarios donde realmente todos los ciudadanos son iguales y donde pueden obrar con absoluta libertad; tiene el mismo valor el voto de un premio nobel que el de un ciudadano sin ningún nivel de escolaridad; surte el mismo efecto el voto del ciudadano más rico del país que el del ciudadano más pobre; igual capacidad decisoria tiene la elección que haga un adulto mayor que la que haga un joven de apenas 18 años. Mejor dicho, como dice la famosa expresión política: un hombre, un voto.

La carga de racionalidad y de inteligencia no se le debe trasladar al elector sino al candidato o al gobernante electo. Son ellos los que tienen la responsabilidad de ejercer el mandato conferido con seriedad, conocimiento técnico y sabiduría, de tal forma que la confianza depositada de manera libre (todos estamos solos, frente a frente, con el tarjetón electoral) por la mayoría no se vea tristemente defraudada.

* Abogado, docente universitario

 

 

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