No nos dejemos llevar al punto cero de la guerra

Por Juan Diego Perdomo Alaba *
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Indudablemente el estruendoso anuncio del “rearme de las Farc” hecho por Iván Márquez en un video donde aparece junto a sus socios narcotraficantes El Paisa, Jesús Santrich y Romaña, hace muchísimo ruido, enciende las alarmas, es desalentador y decepciona; pero no es el fin del acuerdo de paz, no lo determina.

El llamado, no obstante, es precisamente a que el periodismo en general y la opinión pública no se dejen llevar por el sesgo de disponibilidad que produce esta noticia ya que induce a una distorsión irresponsable de una realidad que merece ser abordada con sumo rigor y responsabilidad. El análisis de lo acontecido debe ser entonces sosegado, responsable y en contexto. La alarma ligera alimenta al miedo, insumo preferido de los amigos de la guerra para intimidar y justificar que todo debe ser tramitado a plomo y sangre.

Hay que decirlo con contundencia y sin ambages: los principales responsables de lo ocurrido son el presidente Iván Duque, su acudiente Álvaro Uribe Vélez y el partido de Gobierno, el Centro Democrático, por el saboteo sistemático a los acuerdos firmados y el evidente desgano por cumplirle a las víctimas y avanzar en su efectiva implementación. Esa perversa relación simbiótica Uribe – guerrilla o Uribe – conflicto, es un maridaje de mutua conveniencia, se necesitan para coexistir, pues es la única agenda que le sirve al expresidente para sobrevivir políticamente ya que su presencia, como la de su pupilo incompetente en la Colombia de hoy es anacrónica; el país no es el que recibió en 2002 y esa es precisamente su apuesta, regresarnos al punto cero del conflicto para justificar su doctrina política y así perpetuarse en el poder. “No hubo desapariciones forzadas en la Toma del Palacio de Justicia“, anunció anteayer la Fiscalía. El Estado, este que comanda a su antojo, usa deliberadamente el negacionismo histórico para decir que aquí no ha pasado nada y así cumplir un propósito que parte de las obsesiones del mandamás paisa: reescribir la historia y refundar la patria; borrón y cuenta nueva.

Hablar de “rearme de las Farc” genera titulares a tutiplén, es llamativo y escandaloso, pero también es un error, porque le da a Márquez y a sus secuaces un estatus político que no tienen. Son unos facinerosos de poca monta, una horda de criminales que no merecen amplificación ni foco mediático en lo sucesivo, pero sí seguimiento institucional. El país no puede aceptar excusas políticas para justificar el crimen. “La segunda Marquetalia“, expresó un Márquez con ínfulas de mariscal durante su retórico discurso. No señor, la única Marquetalia que hay que apoyar es el Café que lleva ese nombre, producido por 250 mujeres y hombres excombatientes del sur del Tolima que siguen firmes en el camino de la reconciliación y la paz.

Hace un par de semanas el alto consejero para la Estabilización Emilio Archila precisó que el 90% de los excombatientes le ha cumplido al acuerdo de paz según registros de la Organización de las Naciones Unidas -ONU, entonces no podemos invisibilizar los avances y logros del Proceso y la voluntad de paz de tantísimos que esperan pacientes que la otra parte cumpla. “Exguerrilleros exponen y negocian sus productos en Corferias“, eso también es lo que deberíamos contar, viralizar y promover.

¿Qué nos queda? Rodear los Acuerdos y abandonar el pesimismo artificial. Las disidencias en un proceso de paz son naturales y estaban dentro del presupuesto, solo que quien las comanda era el segundo al mando de las antiguas guerrillas, por eso es noticia. Presionar al gobierno Duque para que cumpla con lo pactado pero con criterio de Estado y no de partido, la idea nunca debe ser que abandone el proceso como lo sugiere Uribe; proteger y monitorear ahora más que nunca los Espacios Territoriales y garantizarles a los desmovilizados una efectiva reincorporación. La disidencia es poca en comparación a los que están firmes (1.800 según datos de la Fundación Paz y Reconciliación). La operatividad por parte de las Fuerzas Militares es importante, debe enfrentar con contundencia las economías ilegales y desarticularlas; ir a los territorios donde operaba la antigua guerrilla, con toda la oferta estatal, permear esa Colombia profunda a la que el Estado no llega; recuperar territorio y construir institucionalidad con inversión social. ¡Todo está en el acuerdo final de paz!, solo hay que bregar por una efectiva implementación integral. Tiene el presidente Duque una oportunidad de oro para reorientar el rumbo de su desprestigiado gobierno y crear condiciones de gobernabilidad.

El camino para construir la paz es extenso y complejo. No podemos dejar de perseverar para alcanzarla.

* Comunicador Social de la Universidad de Cartagena  – Consultor en Asuntos de Gobierno y Comunicación Política

 

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