La constitucionalización del libertinaje

Por Anthony Sampayo Molina *

Resulta seriamente alarmante cómo un desbordamiento en la interpretación de un derecho individual, como es el ‘libre desarrollo de la personalidad’, está generando temor y un arrinconamiento de la sociedad que clama a gritos para que, al menos, sea tomada en cuenta al momento en que algunas personas opten por hacer públicas ciertas manifestaciones que le resulten ser, por decir lo menos, incomodas.

Uno de los precios que ha de pagar el ser humano como ser social es el de ceder ciertos derechos individuales en pro de mantener el orden y garantizar la convivencia; y uno de los que más se ve afectado es el denominado ‘libre desarrollo de la personalidad’, un derecho que exalta el valor del individuo como ser único y respetado, dotado de dignidad y libertad pero que, por simple lógica, debe adaptarse y ser limitado por reglas de carácter social que permitan, incluso, al propio individuo desarrollarse. Resulta absurdo que se pretenda permitir el libre desarrollo de la personalidad solo a aquellos que quieran revelarse a una norma o convencionalismo y no hacerlo a favor de aquellos que pretendan mantenerlo. En esta tensión de derechos, la propia Constitución Política de Colombia, como norma de normas, determina cómo la prevalencia del interés general juega un papel esencial en determinar cuál de los intereses en choque ha de ceder y hasta qué punto.

Las constituciones son más que simples normas; estas contienen valores y principios que caracterizan a la sociedad en donde rigen. No es la constitución la que determina a la sociedad, son las sociedades las que determinan a las constituciones, y una inversión de este análisis es lo que parece ser que está generando, desde la Corte Constitucional, un choque constante con los asociados, quienes observan cómo unos cuantos magistrados pretenden determinar la cultura, el pensamiento y los valores de un país.

Ser un convencido y defensor acérrimo de las libertades individuales y de la autodeterminación no me impide colocar dentro de la ecuación que fija mi posición al resto de la sociedad donde dicho individuo desarrollará dichas libertades; y los apartes declarados inexequibles por la Corte Constitucional en los artículos 33 y 140 del Código de Policía, permitiendo el consumo de drogas en sitios públicos, evidencian que se le dio prevalencia al interés particular de aquellas personas que deciden allí drogarse, sobre el interés general de quienes acuden a dichos lugares; espacios precisamente concebidos para que las personas se liberen o alejen de dichos vicios, tales como parques, coliseos, hospitales, escenarios deportivos, etc.

La polémica decisión de la Corte Constitucional, incluso, desconoce el precedente jurisprudencial que data de 1994. La icónica sentencia del desaparecido magistrado Carlos Gaviria, punta de lanza de los actuales ‘progresistas’, es clara en defender el libre desarrollo de la personalidad en el uso de sustancias estupefacientes, pero deja claro unos límites e, incluso, determina que dicho control, en aras de proteger el interés general, debe ser tarea de la Policía Nacional, pero hoy vemos cómo es justamente la actual Corte Constitucional la que suprime las herramientas que el legislador les había otorgado para el ejercicio de dicha tarea.

Lo absurdo de esta interpretación no puede más que generar en sus defensores absurdos argumentos para defenderla, o absurdas propuestas para aplicarla, como la que nos llega de una candidata por el Partido Alianza Verde a la Alcaldía de Bogotá, de establecer unos parques para adultos y otros para niños o fijar horarios para poder hacer uso de estos espacios, supongo que con el fin de que los drogadictos no se crucen con los menores.

Quién creería que en tiempos en los que los especialistas, ante el preocupante sedentarismo, están recomendando a los padres disfrutar más con sus hijos en espacios abiertos, así como el ejercicio de algún deportes, la guardiana de nuestra Constitución prácticamente sustraiga a muchos de esa posibilidad, y todo para permitir que otros ejerzan su ‘libre desarrollo a la personalidad’ a través del uso de drogas.

Existirán ‘padres modernos’, de ‘mente abierta’ a los que no les importará que su hijo disfrute de un parque rodeado de gente consumiendo droga, pero estoy seguro que la gran mayoría no lo permitirá, y de esa forma se trasmuta la esencia de un lugar de esparcimiento y recreación en un lugar dispuesto para la autodestrucción del ser humano.

* Abogado Especialista en Derecho Penal y Criminología

 

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