Roberto Burgos Cantor, en el corazón de todos

Por Rudy Negrete Londoño *

Esta nota periodística está cimentada en la admiración hacia un escritor que dedicó buena parte de su vida a un oficio que exige no solo lecturas permanentes e indagaciones profundas sino un compromiso intelectual sin límites.

Roberto Burgos Cantor escribió cuentos, novelas, ensayos y hasta narraciones infantiles – sin contar sus columnas de opinión – con solvencia estética y depurado estilo, una obra reconocida por la crítica y que los lectores han disfrutado a lo largo de cuatro décadas.

Alguna voz ha cuestionado por ahí que el autor de ‘El patio de los vientos perdidos’ no se haya dedicado de manera exclusiva a escribir desde cuando tuvo su primer texto narrativo y hasta su último suspiro, advirtiendo que sus otras actividades pudieron sustraerlo de su oficio fundamental.

¿Será porque además de abogado Burgos Cantor trabajó en la función pública y la diplomacia? De ser así, habría que recordar que Pablo Neruda, el gran poeta chileno, Premio Nobel de Literatura y activista político fue también embajador en Francia, y que Frank Kafka, el inolvidable autor de ‘La Metamorfosis’, abogado como Burgos, pasó buena parte de su existencia y hasta poco antes de ser consumido de manera definitiva por la tuberculosis, sentado como simple empleado de una empresa con muy escasa remuneración.

Lo cierto es que desde cuando apareció ‘Lo amador’, a principios de los años 80, el mundillo de las letras colombiano supo que estaba en presencia de un escritor que podría hacer aportes valiosos a la narrativa nacional si lograba mantener la calidad de los cuentos que agrupaba en ese libro que ponía en perspectiva las vidas desesperanzadas pero ciertamente gozosas de los cartageneros de a pie.

No hubo equivocación porque cada nueva obra suya era recibida con entusiasmo y los subsiguientes reconocimientos y premios ratificaron la valía de su pluma. La narrativa de Burgos Cantor ocupa un espacio destacado en la Colombia que vio nacer a los escritores que iniciaban su búsqueda creativa a la par que se agigantaba el universo macondiano de Gabriel García Márquez.

Persistente, dedicado a escudriñar el valor de cada palabra, logró un sello particular en su escritura, reconocida por la crítica especializada y estudiada en diversos centros académicos, entre ellos la Universidad de Cartagena, donde se hizo abogado y cuya facultad de Humanidades tuvo entre sus fundadores a su padre, Roberto Burgos Ojeda.

La voz de Burgos Cantor, poética y depurada, estuvo siempre del lado de la gente simple de la calle, cuestionó la injusticia, clamó por la equidad sin ser nunca panfletario. En ‘La ceiba de la memoria’ alcanzó niveles superiores su clamor por  los seres sufridos y lo hizo en tres escenarios diferentes: las atrocidades del nazismo, el esclavismo colonial enclavado en Cartagena y la Colombia guerrerista que ha parido muerte e indecible dolor a lo largo de muchas décadas. Con esta novela ganó el Premio de Narrativa Casa de las Américas y fue finalista en el Premio Rómulo Gallegos, dos de las más importantes convocatorias literarias de América Latina y el Caribe.

En el año de su muerte -2018 – ganó en Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura de Colombia con su obra ‘Ver lo que veo’, de nuevo un doloroso paneo por la malograda realidad de quienes deben andar por la vida amarrados como pueden a su lejana esperanza.

Hoy, al poco tiempo de su fallecimiento, Francisco Romano, su sobrino, lo recuerda en medio de la añoranza, sentado desde una cafetería universitaria desde donde se desempeña como docente, y afirma: “en mi tío siempre admiré su disciplina inquebrantable con la escritura. Todos los días escribía desde las cinco de la mañana. Su imaginación como escritor brotaba desde el universo Caribe; ese fue, sin lugar a dudas, su principal recurso narrativo”.

Los cuentos y las novelas del escritor construyeron toda una época. En sus obras Burgos Cantor se preocupó por darle un espacio a las voces del gran Caribe a través de sus complejas, diversas y desafiantes realidades. El Caribe siempre estuvo presente en él, ya fuera desde Panamá, Bogotá o Viena.

Su mayor felicidad fue su familia. Ese era el eslabón que más lo enlazaba con el verdadero regocijo. Los espacios familiares para él eran sagrados, sobre todo los concernientes a su relación con sus hermanas y su hermano.

Roberto Burgos, a pesar de que tenía una vida pública y social que por momentos lo absorbía y lo ausentaba, nunca renunció a sus espacios privados de creación literaria. Por ello hoy habita en los corazones de sus lectores y de quienes descubrimos en él a ese gran hombre lleno de calidez, cercanía, inteligencia, humanismo y muchos afectos. Infinitas gracias maestro.

Foto de la Universidad Nacional de Colombia

* Comunicador social – periodista

Contexto:

Roberto Burgos Cantor, el escritor inmerso en La Ceiba de su infancia

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