Del turismo que espanta… líbranos señor

 

Por Rafael Puello Montero *

Lo más parecido al “métele gente, métele gente” que vemos a diario en las busetas de servicio público, sin importar las condiciones como se trasporta al pasajero, se convirtió el ‘viaje’ donde el gobernador de Bolívar, Dumek Turbay Paz, y la directora de Icultur, Lucy Espinosa Díaz, metieron a centenares de turistas de todo el país, al motivarlos a visitar las salinas de Galerazamba.

Allí los recibía un sol inclemente, y una larga caminata sin protección alguna con temperaturas superiores a los 40 grados, solos, a merced de unos acaparadores que vieron en los visitantes su pesca milagrosa. El promedio diario de ingreso fue de $50 millones directos para quienes se autonombraron dueños de un proyecto que maneja reservas naturales que son de todos los colombianos, sin contar las ganancias de los revendedores de agua y cerveza, además de golosinas y algunos manjares para niños y jóvenes.

Lo que encontraban los visitantes eran gentes sin preparación para atender la romería, que a las constantes quejas los remitían al gobernador a los funcionarios de Icultur, en sus oficinas en Turbaco o Cartagena; personas a quienes poco importó la contaminación ocasionada por los miles de visitantes o los perjuicios a la salud -a ellos mismos – al introducirse en las hirvientes agua solo por el deseo de conocer el mar rojo y montar una fotografía en las redes sociales en tiempos de vagancia, particularmente en Semana Santa. No existió para nadie una mínima condición de bienestar, que en últimas se supone debe encontrar el visitante cuando ofreces disfrute y placer.

Fue irresponsable que a los nativos de Lomita Arena y de Galerazamba los dejaran solos en el delicado manejo de la atención de la industria del turismo; gente del rebusque o pescadores sin mínimas nociones de que “turista satisfecho, atrae más turistas” que se limitaron a llenarse los bolsillos sin control alguno. Un dinero cobrado abusivamente que, igualmente, terminó a diario en las cantinas del lugar, donde se festejaba otra modalidad de atraco al visitante.

¿Es esta improvisada práctica la que podrá redimir socialmente a una empobrecida zona de inmenso potencial de desarrollo turístico y cultural?

¿Qué pasó con la aplicación del cacareado emprendimiento social de parte del Gobierno Departamental e Icultur?

Garantías al visitante de condiciones dignas durante su estadía, control de precios, preservación del entorno y, en general, el medio ambiente, capacitación a la población, etc., etc., etc., nunca existió. En Galerazamba solo se repitió el modelo de los atracos al turismo que se dan en Playa Blanca, La Boquilla, las plazas públicas de Cartagena y en cualquier otro lugar, por quienes hacen las trenzas u ofrecen ostras, pero también por varios propietarios de bares y restaurantes.

No hay duda, se asesina impunemente la gallina de los huevos de oro. La falla detectada no hay que verla únicamente en la gente que se aprovecha en cada temporada turística de las nuevas posibilidades y de las existentes. Aquí cabe la responsabilidad directa -igualmente – de los que trazan las políticas públicas y de quienes sacan pecho porque la capacidad hotelera se rebasó. ¿Hasta cuándo seguirán siendo cómplices de historias donde se expone a una industria tan rentable como el turismo?

Cartagena y Bolívar requieren de un cambio de mentalidad de sus empresarios y gobernantes y, claro está, de la gente de a pie. Lo demás es caminar hacia el abismo con los ojos abiertos para después, como ahora, llorar sobre la leche derramada.  

* Periodista, editor general de de Clip-group S.A.S.

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