María Elena Gutiérrez Ortega, una lideresa ejemplar a quien jamás olvidaremos

Por Nagot Ferrari Orozco *

María Elena Gutiérrez Ortega nació en Cartagena el 6 de abril de 1961, hija del reconocido líder del barrio Olaya Herrera Vicente Gutiérrez y criada por su madrasta doña Edeicia Blanco Filoht, quien a punta de vender comida y al trabajo de su padre, un humilde obrero de los extintos Ferrocarriles de Colombia, la formaron como una mujer de bien.

Terminó sus estudios de bachillerato en el Colegio Liceo de la Costa, luego ingresó a adelantar estudios de Derecho en la Universidad de Caldas, donde se graduó con honores por su destacada vocación de servicio. Desde niña mostró ese liderazgo y abnegado trabajo por los menos favorecidos. Se crió en el barrio Olaya Herrera, sector central, en su casa paterna, donde vivió hasta sus últimos días al lado de la familia que conformó con su novio de infancia Jairo Cortina López, artesano y comerciante de profesión. De esa unión nacieron dos hijos: Luis Felipe y Laura; el mayor se inclinó por la Medicina y la menor se dejó enamorar del Derecho, como herencia de su madre.

María Elena Gutiérrez, desde muy joven, perteneció a diversas organizaciones de base, grupos juveniles y Juntas de Acción Comunal, y participó en todo tipo de programa social que tuviera que ver con el desarrollo de las comunidades. Fue una auténtica lideresa y, sobre todo, activista, siempre inquieta y dinámica. Físicamente se caracterizó siempre por un peinado afro, de la época de los 60′, que usó hasta sus últimos días.

Cuando el Gobierno Nacional decretó, como política pública, la creación de empresas cooperativas solidarias para el manejo de la Salud de los estratos uno y dos, María Elena fue una de las que creyó firmemente en ese proyecto y, en compañía de un grupo de mujeres y hombres de los barrios El Pozón y Olaya Herrera se fajaron a trabajar y fundaron la empresa Coosalud, hoy convertida en una de las más grandes EPS de Colombia, con presencia en más de 10 departamentos.

No fue fácil la tarea. Hubo muchas dificultades; era muy difícil que la gente creyera en un proyecto que, aunque ofrecía muchas bondades, no era fácil de explicar para las mentes sencillas acostumbradas a las mentiras oficiales. Pero allí estaba esa lideresa incansable que decía que sí, que claro que se podía, que irradiaba optimismo, que nunca se rindió ante las adversidades y llegó a los lugares más apartados de El Pozón y Olaya, particularmente del sector Ricaurte, donde su trabajo era ampliamente reconocido, siempre de la mano de un formidable grupo de líderes que  veían en ese sistema de salud una manera de mitigar -además – un poco sus necesidades, particularmente en materia laboral.

María Elena trabajó en la Defensoría del Pueblo y en la Fundación Coosalud; fue presidente en varios periodos del Consejo de Administración de Coosalud EPS, lo que la llevó a viajar muchas veces a Bogotá y otras regiones a gestionar ayuda y recursos para que esta empresa llegara lejos, hasta donde ha llegado de la mano de otros líderes que han sabido seguir su ejemplo, con el fin de poder ayudar a la gente que verdaderamente la necesitaba. Ella, siempre en su afán de poder ayudar a su pueblo, muchas veces sacrificó su hogar y a sus hijos, ya que el tiempo que le exigía Coosalud y su trabajo comunitario la obligaban muchas veces a alejarse de ellos.

En el año 2000, un grupo de sus amigos, viendo los resultados de ese abnegado trabajo en equipo y sobre todo su gran liderazgo, le propuso que aceptara una candidatura al Concejo de Cartagena. Y la ‘mujer de la cabeza mocha’, como muchos le decíamos con cariño (lo cual jamás la enfadaba, ya que su carisma era desbordante, a flor de piel, amiguera y muy entregada a sus amigos), aceptó aspirar. Inició entonces el camino de lo que sería su victoriosa llegada al Concejo de Cartagena. Con las misma fuerza y la fe en Dios con que lideró tantos procesos comunitarios, María Elena hizo una excelente campaña, ya no solo en la Localidad Dos sino en toda la ciudad. En todo lugar a donde llegaba era acogida por ese poder de persuadir a quien la escuchaba: un tono de voz suave, convincente y aguerrido, siempre diciendo que los pobres tenían derecho a participar en las instancias de poder, donde se tomaban decisiones de ciudad, y que la gesta que adelantaba era por ellos, por los que no tienen voz, por los que históricamente no tenían quien los defendiera; pero había llegado ella.

En el Concejo, con su llegada, hizo verano la golondrina. Participó en la formulación, análisis y aprobación de muchos proyectos de Acuerdo, siempre pendiente de la defensa de las políticas públicas de los menos favorecidos; por eso se dio la pela con muchas iniciativas de beneficio popular. Era una mujer llena de mucha sensibilidad y trabajo social; su reloj marcaba más de 24 horas; no había sitio donde no llegara y no había fatiga que no venciera; en ocasiones, a pesar de estar enferma, estaba donde la gente la necesitaba. Fueron dos periodos en el Concejo marcando la historia electoral de la época obteniendo la primera vez una votación superior a los 5.000 sufragios. Era la primera vez que una mujer de las clases populares, de los sectores más pobres, se atrevía a tanto; a lanzarse a una corporación pública y hacer historia. Eso solo lo logró en esos momentos María Elena Gutiérrez. Fueron momentos de gloria; fue la única que en sus convocatorias llenaba el parque de Olaya con más de 4.000 personas de toda la ciudad. La única que se atrevía a decirles a los alcaldes de turno esto no va, esto no le conviene al pueblo, esto no es lo que el pueblo quiere, esto no es lo que el pueblo necesita, como cuando propuso negar la aprobación de un Plan de Ordenamiento Territorial que, en su concepto, beneficiaba más a los sectores poderosos que a los marginados. Era la gran defensora de los necesitados. Así lo reconocían sus colegas concejales, muchos de los cuales le expresaron pública admiración.

Luego aspiró a la Cámara de Representante por las negritudes, pero los votos no le alcanzaron. No obstante ello, siguió luchando por esa minoría étnica a la que representaba como raizal, siempre orgullosa de su color y haciendo homenaje a su padre Vicente Gutiérrez, a su familia, a su comunidad y a sus amigos, que la recordaremos siempre como la mujer que dejó un legado político muy importante en Cartagena.

Liberal de hacha y machete, fue amiga de Horacio Serpa Uribe, quien desde que María Elena Gutiérrez era aún una adolescente vio en ella un gran potencial para dirigir a las comunidades de su Localidad y, porque no decirlo, de toda la ciudad de Cartagena.

Paz en la tumba de una gran amiga, de una gran lideresa, de una gran cartagenera a quien jamás olvidaremos. Jamás.

* Productor de radio y televisión, Comunicador social, especialista en Educación, Cultura y Política

.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial