“El fracaso del proceso de paz va a generar nuevas olas de violencia”: Juan Gabriel Vásquez

Por Juan Camilo Ardila Durante *

Solo un tinto; no, mejor dos, que más luego me sentaré a escribir”, le dijo el novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez (46 años) a la asistente del Hay Festival instantes antes de nuestra conversación de más de media hora, 15 minutos más de lo que habíamos previsto teniendo en cuenta su apretada agenda.

En torno a una mesa redonda, de un blanco sin brillo que contrastaba con el negro reluciente de una mini maceta en la cual reposaba un cactus que, de lejos, parecía una exótica rosa verde; sentados en sendas sillas de mimbre que hacían juego con la decoración del patio interior del hotel Santa Clara de Cartagena de Indias, él con su café y yo con un vaso de agua al clima, se llevó a cabo el ameno diálogo con el reconocido escritor, autor de siete novelas que han sido traducidas a 28 idiomas y que le han generado numerosas distinciones, entre ellas el premio Qwerty en 2007 al mejor libro de narrativa en castellano por ‘Historia secreta de Costaguana’; el premio Alfaguara en 2011 por ‘El ruido de las cosas al caer’; y el premio Roger Caillois en 2012 por toda su diversa y profunda obra literaria.

En 2016 fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa. Además, como periodista, ha obtenido dos premios Simón Bolívar.

Actualmente es columnista habitual de El Espectador (Colombia) y El País (España).

Pero con Juan Gabriel Vásquez debíamos hablar primero, por supuesto, de su más reciente libro: ‘Canciones para el incendio’, una producción que contiene nueve cuentos sobre personajes que en múltiples formas y en diferentes lugares tienen una relación cercana con la violencia.

Y sucedió que el tono jovial con que inició nuestro diálogo se tornó triste y pesimista porque, al hablar de su nueva obra, debió exponer -inexorablemente – la compleja actualidad política y social de Colombia, país que ha sido experto en acumular oportunidades perdidas, como expresó en esta conversación que invito ahora a leer. 

– ¿Cuáles son esas sensaciones más profundas y prolongadas que tiene usted cada vez que viene a Cartagena, una ciudad que pareciera que toda su belleza y su misticismo hicieran invisible –al menos por un periodo corto- todas sus miserias, las cuales seguramente son más inmensas que su mar y sus murallas?

– Creo que los colombianos ya somos muy conscientes de esto y yo, desde luego, lo soy mucho. Cartagena no es una ciudad; son varias ciudades: una de ellas es un espacio maravilloso que es un lugar de encuentro para mí con los libros, con muchos amigos y es un escenario de conversaciones literarias fantásticas. Y luego está la otra Cartagena, la que nos preocupa durante todo el año, la que es un lugar endémico, de corrupción, de desigualdades. Yo pienso que, al contrario de lo que opinan la mayoría de colombianos, el Hay Festival es un evento que hace esfuerzos genuinos, valiosos y muy exitosos para llegar con los libros y con la lectura a barrios donde no hay normalmente esas oportunidades. Claro que su crisis administrativa es grande y de difícil solución, pero para hallarla hay que tener presente que Cartagena es una de esas pocas ciudades del país que es de todos. A todos nos duele y nos preocupa, por lo tanto debemos colectivamente encontrar la vía de la esperanza.

Vamos ahora a aterrizar en su último libro, ‘Canciones para el incendio’, ¿por qué eligió el cuento y no la novela, siendo esta último el género que más lo ha acompañado durante su carrera literaria?

– Yo escribí en 2001 un libro de cuentos que considero mi primer libro oficial: ‘Los amantes de todos los santos’. Luego de esa publicación estuve básicamente mirando el mundo en término de novelas. Así llegaron ‘Los informantes’, ‘Historias secretas de Costaguana’, luego ‘El ruido de las cosas al caer’, ‘Las reputaciones’ y ‘La forma de las ruinas’, mi última novela. Después de tantos años tratando de explorar el mundo a través de las posibilidades que da la novela, escribí un ensayo sobre lo que nos hace este género a los escritores y lectores, sobre cómo funcionamos los seres humanos a través de este aparato tan raro de exploración de nuestra condición humana, pero durante todo ese tiempo había escrito lentamente una serie de cuentos, tal vez explorando inquietudes parecidas a las que iba trabajando en las novelas y, después de este último libro, sentí la necesidad de volver al cuento por ser un género más íntimo, de un mundo cerrado, de emociones pequeñas, frágiles, casi indetectables que desaparecerían y que no podríamos entender si no contáramos con el cuento para atraparlas. Entonces me puse en la disposición de recopilar los mejores o menos defectuosos, tratando de conservar una unidad de observaciones y demonios sobre la violencia en nuestro país. A diferencia de la inseguridad con la que escribí ‘Los amantes de todos los santos’, este libro de relatos cortos lo hice con un enorme placer. Fue una especie de felicidad constante a pesar de lo poco felices que son los temas.

¿Cree que el cuento tiene ese poder o habilidad de aparcarse en un lugar cercano de las personas sin violentar su intimidad como de pronto sí lo podría hacer la novela?

Puede ser. Nunca lo había pensado así. En ‘La dama del perrito’, que es uno de mis cuentos favoritos de Anton Chéjov, dice el narrador que todo ser humano tiene una vida secreta y que esa vida secreta contiene generalmente lo más valioso y que por eso es que los seres humanos somos tan celosos de nuestra privacidad, porque allí se encuentra lo más preciado que tenemos, que es lo que no damos a los demás, lo que no confesamos. Yo creo que el cuento es un gran aparato para explorar esa vida secreta que nunca confesamos, de la que nunca hablamos. Comparto contigo en que el cuento escudriña los secretos pero no violenta la intimidad de las personas. Yo soy un apasionado de los cuentos realistas y por eso para mí los relatos de ‘Canciones para el incendio’ son, de alguna manera, el momento de averiguación de un secreto.

Con ‘Canciones para el incendio’, como me acaba de contar, regresó usted al pasado del primer libro de cuentos. ¿Cree que a los colombianos nos pasa algo similar con la violencia, que solemos hablar de ella en pasado pero que aún vive con nosotros y no sabemos explicar porqué sigue estando allí?

– Lamentablemente sí. La mayoría de colombianos habíamos creído, ingenuamente, haber pasado la página con la firma de los tratados de paz, y resulta que cada vez más parece evidente que ese proceso, que es uno de los más exitosos de la historia reciente en occidente, admirado por toda la comunidad internacional, los colombianos lo estamos echando a la basura, porque el actual gobierno, el que elegimos en las urnas, llegó al poder montado en el caballo de corregir los acuerdos de paz. Yo sí creo que estamos siendo testigos de un proceso de regresión que puede acabar muy mal porque las actitudes que tienen Iván Duque y su gobierno sobre la paz pueden minar la confianza de muchos de los participantes en el proceso. He dicho muchas veces que la violencia colombiana ha tenido una capacidad inverosímil y fascinante, aunque desde el peor sentido de la palabra, para reinventarse, para reciclarse. Y eso es lo que yo temo. El fracaso del proceso de paz, que es uno de los objetivos de la derecha colombiana, va a generar unas nuevas olas de violencia y eso es terrible para todos nosotros.

¿Y cómo podemos frenar esas olas de violencia?

– Defendiendo los logros del proceso de paz, como lo son la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz y, por supuesto, entendiendo que muchas veces los ataques que hay sobre la justicia para la paz, la Comisión de la Verdad, la redistribución de tierras y los asesinatos de líderes sociales son maneras que tienen las fuerzas más oscuras de este país de defender sus privilegios o de protegerse de un proceso de justicia del que saldrían muy mal parados. Yo creo que lo que tendríamos que hacer los colombianos que hemos apoyado el proceso es cerrar líneas alrededor de la paz, para defenderla a toda costa de los que viven de los frutos nefastos de la guerra y el miedo.

¿Cuál cree que es la responsabilidad que tienen los escritores colombianos en este periodo complejo que estamos atravesando en el país?

– La literatura se ocupa de las preguntas difíciles, de las preguntas sin respuesta, de los conflictos menos solubles de nuestra condición humana y, en general, eso tiene que ver con los aspectos más oscuros de nuestra realidad política y social; no con los lados más fáciles o más agradables. Si bien entonces no tenemos la responsabilidad de invitar al optimismo, los escritores de ficción y de no ficción tenemos la misión, como decía Chéjov, de “hacer siempre las preguntas correctas, que son casi siempre las que más nadie quiere hacer”.

En el Hay festival que se realizó recientemente en Jericó (Antioquia) le dijo usted al periodista Xavi Ayén que “la historia de Colombia es un libro de cuentos y que hay que aceptarlos todos para que pueda haber reconciliación”. ¿No cree usted que entonces lo que más nos cuesta a los colombianos es escuchar los distintos relatos del otro y que solo nos seduce la posibilidad de relatar en primera persona la historia del país?

– No lo había pensado en esos términos, pero sí, estoy de acuerdo; creo que una gran carencia histórica de los colombianos ha sido la capacidad de oír la historia del otro y por eso sigue habiendo una responsabilidad muy clara sobre los hombros de quienes contamos historias, ya sean historias de ficción, periodismo o historiografía. Pienso que la reconciliación es imposible si no escuchamos a quien es distinto a mí, además de leer sobre los sufrimientos de las vidas ajenas a través de las reflexiones sociológicas, periodísticas y relatos sobre los últimos 50 años de guerra.

– ¿Qué representa Rafael Uribe Uribe para Colombia y para la manera de ser del colombiano que pareciera vivir en una especie de contradicción eterna?

– Rafael Uribe Uribe encierra, como todos los personajes que han marcado a Colombia, como Jorge Eliécer Gaitán, una contradicción. Uribe Uribe fue un progresista pero también un líder de guerras civiles en las que murieron muchos de sus compatriotas. En un momento de su vida defendió las armas y defendió su uso y en otro periodo defendió el diálogo y la idea de la paz como única idea de solucionar los conflictos colombianos. Para mí es, sobre todas las cosas, una de nuestras muchas oportunidades perdidas. Como lo ha sido claramente la historia política de nuestro país: una acumulación de oportunidades perdidas.

– Si lo invitaran a conformar una biblioteca itinerante para que todos los colombianos conocieran un poco más de la historia del país, ¿cuáles libros crees que no deberían faltar en esa biblioteca?

– ‘La Vorágine’ de José Eustasio Rivera; ‘Cien años de soledad’ de García Márquez, desde luego; ‘La casa grande’ de Álvaro Cepeda Samudio; ‘Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón’ de Alba Lucía Ángel; ‘Mambrú’ de R. H. Moreno Durán; ‘Cóndores no entierran todos los días’ de Gustavo Álvarez Gardeazábal y ‘Delirio’ de Laura Restrepo. Afortunadamente la ficción colombiana ha intentado siempre un poco compensar las carencias de la historia. Hemos caído en cuenta de que la historia nuestra es mentirosa, de que ha sido distorsionada y contada de una manera inexacta. Los novelistas tratamos de compensar esos resquicios de la historia oficial. Con estos libros sería un buen comienzo para fundar esta necesaria biblioteca.

 Juan Gabriel, ya para finalizar, quiero contarle que buena parte del público de Revista Metro y Metro Joven son jóvenes y muchos de ellos seguramente se sienten incomprendidos, como le sucedió a usted antes de 1993 cuando tomó la decisión de ser escritor de tiempo completo. ¿Qué consejos puede darles a estas personas que se preguntan regularmente si a escribir es a lo que realmente deben dedicarse el resto de sus vidas?

– Mira, para mí es muy sencillo decirlo ahora luego de que me costara tanto tiempo descubrirlo: si ese joven escritor o escritora halla su felicidad sin la necesidad obsesiva de escribir, es mejor que no escriba. La vocación literaria es una necesidad radical, es un oficio dificilísimo y muy poco agradecido. Si esa persona siente que realmente la vida le va en eso, que está dispuesto a todos los sacrificios, a todas las dificultades, a la falta de reconocimiento, a la falta de solvencia económica para seguir escribiendo, solo si está dispuesto a pasar por todo eso está bien que escriba. Pero si en cambio siente que podría estar haciendo otra cosa, que podría ser feliz sin escribir, pues es mejor que lo sea sin escribir. La vida le será más feliz así porque dedicarse a la literatura es dar muchísimo más de lo que se recibe y ya para eso está el amor.

* Director de Metro Joven y editor de Revista Metro

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