La libertad de expresión y el respeto a los que piensan diferente

Por Carlos Ardila González *

Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz“, sentenció Benito Juárez en 1867. Después habrían de decir coloquialmente muchos otros: “el derecho que tienes de estirar tu mano termina donde comienza mi nariz“. Jean Paul Sartre diría de manera más general: “mi libertad termina donde empieza la tuya“. Para el filósofo francés, todos “somos absolutamente libres, pero también tenemos una responsabilidad absoluta“.

Esas frases tan certeras no deberían estar ausentes de ningún debate, tertulia o conversatorio donde en razón a las posiciones políticas, ideológicas o religiosas de los participantes se defiendan intereses enfrentados, todos perfectamente legítimos pero entre los cuales siempre habrá una frontera o un límite a considerar.

No obstante, podría avanzarse mucho más si, cuando se transita por los campos del libre pensamiento, parodiando al ‘Benemérito de las Américas’, como se le conoció al político mexicano, expresamos que “el respeto a la opinión ajena es la paz“.

En ese orden de ideas, a propósito de las ‘guerras’ que suelen desatarse en las redes sociales entre líderes de opinión, analistas, políticos de todas las tendencias y aún entre desconocidos cibernautas, nuestra invitación es al respeto absoluto por el pensamiento de los otros, por mucho que estemos convencidos de tener la razón.

Y ello, más aún, si lo que se debate tiene que ver con el presente y futuro de la Nación, como es el caso de esta otra guerra que padecemos (ya no virtual sino dolorosamente real, en pleno territorio colombiano), donde casi que todos los días asesinan a un líder social y donde, como sucedió el pasado jueves 17 de enero en la Escuela de Cadetes General Santander, los sueños de casi 20 jóvenes estudiantes fueron vilmente truncados como consecuencia de la explosión al parecer deliberada de una camioneta cargada con pentolita.

Todo ello, como ya se dijo, si se trata de opiniones, de conceptos, de criterios sobre ciertos y determinados temas.

Porque cuando se trata de una acusación, de una denuncia, de un señalamiento directo, es claro que debe haber pruebas, serios indicios o testimonios creíbles, y ello debería conllevar una inmediata indagación por parte del respectivo ente de control.

Pero, en el caso de un infundio, una mentira, una falacia, se trataría de un hecho que podría alcanzar el nivel de injuria o calumnia, sobre lo cual hay abundante jurisprudencia.

Una vez más, estaríamos ante el hecho de que sí, en efecto: existe libertad de expresión. Pero ello conlleva una expresa responsabilidad: no pueden difundirse injurias ni calumnias. El derecho que todos tienen para expresarse, por cualquier medio, tiene como límite la honra ajena. “El derecho que tienes de estirar tu mano termina donde comienza mi nariz“.

Todas estas reflexiones, a propósito de un debate puntual: el suscitado por las inquietudes en torno a las versiones del fiscal Néstor Humberto Martínez sobre forma cómo, según él, se produjo la tragedia en la institución policial.

Para algunos -yo entre ellos – el caso no está claro. Nada claro. De hecho, muchos piensan -pensamos – que existen demasiadas razones para no creer en la versión oficial, la cual, a la luz de lo que han mostrado varios videos, pareciera ser más ficción que realidad.

Hay quienes aún creen en las bondades del fiscal Martínez y respaldan decididamente su permanencia al frente del ente acusador, mientras otros -yo entre ellos – consideramos que hay demasiadas razones para desconfiar de él, y por ello reclamamos su pronta renuncia.

Y hay -en fin – quienes piensan que la actitud del Estado frente al ELN y demás insurgentes debe enmarcarse en el concepto de ‘tierra arrasada‘, mientras que otros creemos que, aún en los momentos más aciagos de un conflicto, siempre será mejor transitar por los caminos del diálogo que insistir en los atajos volátiles de las fórmulas bélicas.

No obstante, como ya se dijo, hay que respetar al que piense distinto, aunque estemos convencidos de nuestras consideraciones.

Como también se dijo: “el respeto a la opinión ajena es la paz“.

* Director de Revista Metro

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