Los ‘muñecos’ que quemamos

Quemar un muñeco cada 31 de diciembre, cuando el reloj marca las 12 de la noche, es una tradición que se mantiene viva en decenas de países del mundo, a pesar de la oposición de ambientalistas y -en general – de quienes tienen consciencia de que el exceso de humo en el ambiente causa un grave perjuicio a la salud.

Durante décadas, en decenas de barrios de Cartagena lo que solía quemarse era un muñeco hecho de trapo y palos, vestido con camisa y pantalones usados, que simbolizaba el año que moría.

Ahora, lo habitual es ver muñecos parecidos a personajes de la vida local, nacional y aún internacional cuyas actuaciones durante el año que termina fueron cuestionadas por uno u otro sector de la opinión pública.

Por ello, en la noche de año nuevo no fue raro ver muñecos con rostros de reconocidos políticos cartageneros, colombianos y aún extranjeros cuyas acciones durante el 2018 dejaron mucho que desear.

En consonancia con esa tradición, este año en Revista Metro dibujamos en un papel -o mejor: intentamos dibujar – los rostros de quienes, en nuestro concepto, le hicieron mucho daño a la ciudad en el 2018 con sus actuaciones públicas; anotamos los hechos que se les cuestionaron y, poco antes de las 12, cuando nos disponíamos a desearles a familiares y amigos un feliz año nuevo, los hicimos pedacitos y los botamos a la basura.

Pero fieles también al concepto de que hay que ser duro con las ideas pero suave con las personas, hoy preferimos reseñar solo cinco de los muchos hechos que, definitivamente, quisiéramos que no se repitan en Cartagena este 2019, pero sin mencionar a sus autores. Al fin y al cabo, todos saben quienes son. O quienes fueron.

Uno. La compraventa de votos que se vio -descarada – en los comicios llevados a cabo el año pasado, que -¡por Dios! – no se repitan este año. Solo así evitaríamos que resulten electos (como gobernador, alcalde, diputado, concejal o edil) individuos cuyo único mérito es tener quien financie sus campañas.

Dos. La forma desvergonzada como algunos personajes locales pretenden imponer la agenda del Distrito contrariando el Plan de Desarrollo vigente, aprovechando sus buenas relaciones con el Gobierno Nacional, con el fin evidente de obtener réditos políticos, comerciales y/o empresariales.

Tres. El cinismo con que algunos políticos y empresarios cartageneros cuestionan los más recientes hechos de corrupción, responsabilizando al ciudadano del común de haber elegido dirigentes incapaces, pretendiendo que se desconozca -o se olvide – que ellos fueron importantes soportes de dichas candidaturas.

Cuatro. La obstinada insistencia de algunos comunicadores sociales de ser, al mismo tiempo, periodistas y servidores públicos. Es claro que no se puede ejercer el periodismo en un medio de comunicación mientras se es funcionario o contratista del Estado como asesor o, peor aún, coordinador de prensa. O se cobra el tiro de esquina o se mete en el área a intentar meter el gol. No se puede ser juez y parte.

Y cinco. La doble moral con que muchos actuaron en el 2018. Para poner solo uno de los muchos ejemplos que se tienen a la mano: ¿cómo puede alguien mostrarse como adalid de la moral y la ética pública si sobre él pesa una condena por corrupción debidamente ejecutoriada? Y, en otro escenario, ¿cómo pedir sanción social a quien se roba un cajero mientras se le rinde tributo a quien saqueó el banco entero?

Contexto:

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