La noche en la que Quintero se convirtió en Gardel

Por Juan Camilo Ardila Durante *

Aún no se puede precisar con certeza si nació en Toulouse -Francia – o en Tacuarembó -Uruguay-. Lo que sí se puede afirmar es que Carlos Gardel se inmortalizó siendo argentino y que murió en un accidente aéreo en 1.935 en Medellín -Colombia-, la misma ciudad donde 58 años después nació un pelao llamado Juan Fernando Quintero Paniagua.

Como Gardel es el único que puede discutirle a Maradona la máxima idolatría popular en Argentina, en el país del churrasco, Mafalda, Borges y Messi, a las personas que consiguen un éxito importante se les suele aplaudir con la expresión “¡sos Gardel!” Es el mayor de los piropos. Y es que Gardel es Dios para los argentinos, por lo tanto, no hay nadie mejor que tú si te sueltan semejante frase. No importa el contexto ni la credibilidad de quien lo dijo. Eres el puto amo y con eso basta.

En la tierra donde nació Quintero también Gardel es lo más parecido a Dios o, al menos, a un semidios. El tango, gracias al famoso intérprete y a los relatos suyos que en Medellín hacen parte de sus tradiciones, aún en esta época el tango tiene el mérito de discutirle al reggaeton el primer lugar de las preferencias en los bares y estancos de la noches paisas.

Juanfer es amigo de Maluma e incluso canta reggaeton, así que quizás -lo digo por pura intuición y prejuicio musical – no sabía nada de Gardel hasta anoche, en el mítico Santiago Bernabéu, el templo del fútbol que recibió en una final histórica de La Libertadores a los dos clubes más grandes de Argentina.

El primer tiempo de la final fue anodino. River Plate y Boca Júnior saltaron al campo presos del miedo a perder, sin apenas tocar la pelota y sin ser precisos en las pocas veces que rodaba el balón. Un contraataque estupendamente ejecutado por el uruguayo Naithan Nández y finalizado con estilismo por Darío Benedetto, el goleador del equipo xeneize, quien eludió al central Maidana y definió con mucha clase ante la rápida salida de Franco Armani, fue lo único rescatable en esos primeros 45 minutos en los que parecía que los dos viejos boxeadores iban a prolongar la angustia por mucho tiempo hasta que los cuerpos y las mentes no pudieran más. Boca soltó un golpe fuerte al mentón en un minuto de incertidumbre. Acertó el cimbronazo y al descanso se fue con el marcador a su favor.

En la segunda mitad los dirigidos por Marcelo Gallardo, viéndose temblar en la lona, empezaron a empujar con fútbol a su oponente, y los jugadores de Boca, ya empezando a sentir cansancio y dolores por todas partes, retrocedieron sin poder presionar los pases que Nacho Fernández, principalmente, producía junto a Exequiel Palacios y Pity Martínez. Ya River era superior, pero necesitaba algo más, y Gallardo sabía quién era ese “algo más”.

El cambio de Gallardo fue muy acertado, pero quien lo hizo brillar fue el genio que lleva dentro Juan Fernando Quintero. El colombiano empezó a generar pases bellos y dañinos en los huecos que ya Boca no podía tapar. Uno de sus pases fue el inicio para la jugada monumental en la que apareció una pared construida entre Fernández y Palacios y concluida felizmente por el goleador Lucas Pratto. La superioridad de River en el segundo tiempo, gracias a Quintero, se plasmaba ahora sí en el resultado.

Lo que sucedió después, a falta de 12 minutos para concluir el tiempo suplementario de 30 minutos en los que parecía que el destino de los penales ya era ineludible, ya hace parte de los más extraordinarios momentos en la historia del fútbol.

Quintero controló al borde del área de Boca una pelota que parecía perderse entre las piernas rivales y disparó rápidamente un balón que mientras viajaba hacia el arco se transformó en obra de arte por la limpieza del remate, la trayectoria y el lugar en el que se metió. River vencía 2 a 1 a pocos minutos del final y Juanfer se transformaba en leyenda.

Luego, cuando todo moría, un pase suyo dejó solo en una carrera para la gloria al Pity Martínez, quien anotó ante arco vacío y ponía el sello a la victoria más emocionante en la historia de la Copa Libertadores.

No hay ninguna duda de que Juan Fernando Quintero, antes de su golazo maravilloso, era Quintero, un talento creativo como ya no existen en estos tiempos, capacitado para realizar, como lo hizo anoche, 47 pases y una asistencia de gol en menos de una hora de juego. Pero tras marcar El Gol, Quintero ya no es más Quintero y se convirtió para los hinchas de River, por los siglos de los siglos, en nada más ni menos que en Carlos Gardel.

* Comunicador social – periodista, especialista en Periodismo digital.

juancardila@gmail.com

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