La corrupción como falencia ética y democrática

Por Danilo Contreras Guzmán *

danilo-contrerasDejo por sentado que votaré Sí el referendo anticorrupción, pues más allá del mero carácter punitivo de las medidas que implicará su aprobación, es preferible que prevalezca el discurso según el cual las mayorías son proclives a luchar contra la corrupcion, frente a la frustración de una eventual derrota que muchos interpretarían como que nada puede hacerse ante la batahola de ese mal.

Dicho esto, y considerando que intento el pensamiento crítico, vierto mi moderado escepticismo, pues es probable que el remedio planteado desvíe el enfoque de los males profundos que propician el fenómeno de la corrupción.

Empecemos por señalar que resulta paradójico que una institución tan cuestionada por estos temas, como lo es el Congreso, aprobara por consenso el referendo, algo excepcional que amerita una rayita en el cielo, como diría mi difunta abuela Migue.

Pero las intenciones reales se desvelaron pronto, pues luego de la aprobación, algunas tendencias partidistas que impartieron su anuencia inicial han reculado bruscamente, quizás por motivos políticos (no morales). Grande debe ser la confusión en que se debaten miles de ciudadanos que siguen, a pie juntillas, las directrices de la facción ideológica que encabezó esa reculada.

Mi punto es proponer dos hipótesis acerca de las causas de la corrupción.

Los seres humanos somos profundamente débiles y de remate “condenados a la libertad“, según Sartre; esto es, debemos tomar decisiones, y en eso consiste la ética: Decidir lo correcto. Sean mayores o menores las determinaciones que cada ciudadano adopta en su cotidianidad, fatalmente debe decidir entre lo bueno y lo malo. Siendo así, fracasaremos con frecuencia, pero es deseable mantener la tensión de la opción por lo benigno y contar con argumentos para hacerlo. Luego, proceder con honestidad es, fundamentalmente, una opción personal.

Ahora bien, buenas decisiones ameritan ambientes adecuados. Citemos un ejemplo literario: Jean Valjean, héroe de la saga ‘Los Miserables’ de Víctor Hugo, roba pan para alimentar a sus sobrinos famélicos. El robo es una acción reprensible pese a los fines alegados. Es probable que sin el hambre de sus parientes, el héroe no hubiese hurtado. Valjean fue encarcelado y su espíritu se envileció.

Una sociedad democrática es, idealmente, escenario propicio para que el ciudadano adopte buenas decisiones en ejercicio de su libertad, pues una característica de la democracia es la garantía de los derechos fundamentales de todos. En una democracia no es posible el hambre que llevó al héroe literario a errar. Una democracia genuina elimina los privilegios que difunden el meta-discurso de la existencia de ciudadanos de primera y de segunda categoría y que justifica a algunos a conducirse por la vía de los atajos para alcanzar las prebendas que de otra manera se les niegan.

Esa es la base de la ‘cultura mafiosa’ que impulsan tantas novelas de ahora, mientras en las propagandas del respectivo capítulo vemos la pauta publicitaria del referendo anticorrupción.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

 

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