¡El cartagenero que se vende!

javier-j-bejarano2Por Javier Julio Bejarano *

Estos días he estado reflexionando acerca de la ciudad y su precaria condición; soy un soñador incansable, un idealista y por un instante llegué a pensar que los audios de Jorge Useche iban a hacer que como ciudadanos tocáramos fondo, que ese episodio sumado a la desgracia de los Quiroz y otras capturas a funcionarios públicos locales debido a sus presuntos vínculos con la corrupción nos llevaría a repensarnos e iniciar un nuevo camino hacia una transformación positiva.

He tenido la bendición de recorrer muchos barrios de la ciudad de diferentes estratos, colores y olores; he tenido la oportunidad de ver a los ojos al casero, a la señora que hace los tintos, a la artista, al carretillero, al sparring, al vigilante, al taxista, a mototaxis, a colegas profesionales, a muchos docentes, estudiantes, trabajadores, a personas con mucho dinero, personas con pocos bienes materiales y conversando con todos ellos; y puedo concluir que coincidimos en que es urgente cambiar el rumbo de Cartagena; que la corrupción directa o indirectamente nos afecta a todos; y que esta enfermedad está en coma inducido.

Pero resulta que cuando llega el momento de colocarnos de acuerdo y materializar esa alianza del cambio, sin burocracia, sin beneficios particulares, sin pactos tenebrosos, empieza el problema. Parece que el egoísmo, el afán de resolver mi propio problema y el clientelismo penetró las venas de una gran parte de la población cartagenera; no resisten, se doblegan ante una falsa oferta, se desesperan si ven que el vecino le dieron una limosna y un par de promesas que en el fondo saben que no le van a cumplir.

Antes cometía el error de culpar a mis conciudadanos más humildes de vender su voto, hoy día, luego de visitarlos y conocer en primera persona las condiciones en que viven, entiendo su mundo carente de oportunidades, de luchas diarias para sobrevivir. Las temporadas de elecciones se convierten en tiempos de alegría pasajera, se emocionan, se sienten importantes porque se acuerdan de ellos y sus problemas son olvidados por un pequeño momento, teniendo la certeza que esos políticos no volverán y antes que quedarse sin nada prefieren resolver así sea por un día sus carencias. Ellos no necesitan mucho para ser felices, han aprendido por la misma vida a ser intensamente felices con poco o con mucho; para ellos las elecciones son como el baile de la cenicienta: saben que después de la jornada electoral todo marchará exactamente igual, así que en definitiva prefieren disfrutar al menos un día. Mientras en la periferia gobierne el hambre, la falta de educación y la carencia de oportunidades no seré capaz de volverlos a juzgar.

Por otro lado, están los verdaderos culpables de la desgracia de Cartagena. Esos son los cartageneros que se venden teniendo la opción de no hacerlo, se ubican socialmente en estratos medios y altos; estos ciudadanos en gran porcentaje ingresaron a la universidad, o por lo menos han podido terminar una carrera técnica o tecnológica, tienen plena conciencia de que es lo bueno y  malo, muchos son o han sido activistas, líderes de sus comunidades, influenciadores, empresarios, comerciantes, o nacieron en una familia con oportunidades, pero estos ciudadanos tienen una visión a corto plazo, su condición de ‘vivos bobos los lleva a venderse por un contrato de trabajo, por un puesto de reconocimiento social, por estar en la onda, por montarse en el bus ganador. Estas personas muchas veces son engañadas y aún así convencen a sus amigos, familiares, visitan los barrios de los más humildes y los llevan con ellos al abismo. Participan de las campañas políticas que más ofrezca al estilo de una perversa subasta. No piensan en el futuro de sus hijos o en la construcción de una ciudad con oportunidades. Son egoístas; necesitan satisfacer sus propias necesidades sin importar que Cartagena siga siendo una ciudad fallida. Estos ciudadanos tienen un precio y siempre hay alguien que puede pagarlo. No sé si es que perdieron la esperanza, o si cuando duermen se sienten bien con ellos mismos, pero lo cierto es que estos ciudadanos son el ancla que tiene a Cartagena detenida en el atraso y no le permite avanzar.

Yo sigo soñando, no tengo precio, tengo fuertes ideales, estoy convencido de que se puede construir una ciudad digna para todos y todas, sin burocracia, sin dádivas, sin clientelismo. Con el solo objetivo de trabajar por y para el pueblo, también estoy convencido de que existe un número considerable de ciudadanos heroicos; los invito a que nos unamos y seamos luz en medio de tanta oscuridad, que nos convirtamos en los portadores de la antorcha que nuevamente liberte a Cartagena. Soy Javier Julio Bejarano, un ciudadano comprometido con Cartagena y su gente. Lo repito: no tengo precio, mis antepasados derramaron su sangre y prefirieron morir con la frente en alto que vender a su gente. ¿Quién deseas ser: el cartagenero que se vende o el que está dispuesto a recuperar la dignidad de nuestra ciudad y su gente?

* Docente Universitario, Emprendedor y Líder de Opinión

 

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