La superstición como método

Por Danilo Contreras Guzmán *

La precariedad de mis letras me obliga a citar a quienes, entiendo, tienen más autoridad que un simple ciudadano como el autor. Espero no encontrar contradicción en esto con los lectores (tal vez el plural resulte excesivo) que dedican un par de minutos a estas líneas. Lo digo para justificar la siguiente cita.

Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos” expresa que es “claro que la transición de la sociedad cerrada a la abierta podría definirse como una de las revoluciones más profundas experimentadas por la humanidad… aquella gran revolución espiritual que fue la invención de la discusión crítica”, con lo que intenta distinguir la democracia de otras formas de conducir a las sociedades como lo han sido los tribalismos, las teocracias y autoritarismos en general. Debo decir que esta tesis ha causado una profunda impresión en mi concepción acerca de la democracia y ha sido una especie de iluminación para determinar en donde puede radicar la esencia del concepto de democracia.

Puedo arriesgar que la antítesis de la “discusión crítica” es la prevalencia del prejuicio y la superstición en el debate. Popper, en el mismo texto, y aludiendo al gran historiador moderno Arnold Toynbee, quien a su vez cita a Estrabón trae esta idea: “Al populacho… no se le puede inducir a responder al llamado de la razón filosófica… Cuando se trata con gente de esa ralea no se puede prescindir de la superstición”.

El debate electoral que nos fatiga por estos días, es una evidencia de la puesta en ejecución de esta última proposición.

La mentira y la superstición han dejado de pertenecer al discurso cavernícola de ciertos sectores que deducen francos réditos de su uso, pues ahora es parte del repertorio de ciudadanos que podían señalarse como paradigmas de la lucha política moderna y racional, como en el caso de Claudia López, lo cual es un signo alarmante de los tiempos.

La doctora López ha concedido una inquietante entrevista en la que se destaca su feroz ataque al candidato Gustavo Petro al señalar que “Nadie en este país va a olvidar que trajiste a Hugo Chávez por primera vez”, con lo cual ser sumerge en el mar ignoto de preconceptos que navegan con pericia los mecenas de la sinrazón y el extremismo.

Ese argumento de la doctora López tiene la evidente finalidad de contaminar la candidatura del su adversario con la idea que muchos profesan ahora y según la cual votar por Petro es llevar al país hacia la crisis que en todos los órdenes vive Venezuela. Se trata de una especie de retorcido silogismo que se podría armar así: Petro trajo a Chávez, Chávez llevó a Venezuela a la última paila de los infiernos, luego Petro también nos condenará al fuego incesante e infinito del averno.

No tengo el don del presagio, es evidente. De tenerlo me habría ganado el Baloto y prescindiría de tomar Transcaribe a diario. Sin embargo es claro que ciertas predicciones como la del apresurado silogismo, son ejemplo prístino del ejercicio de la superstición y la irracionalidad como método, pero además, de una práctica perniciosa y peligrosa que ha marcado con sangre la azarosa historia de nuestra triste democracia: la “demonización”.

Yo le indagaba la otra noche a un amigo estimado, gran luchador de la causa afrodescendiente, que defendía enfáticamente el planteamiento de Claudia López, ¿qué pasaría en la hipótesis de que alguien descubriera que en algún momento comulgó con alguna idea de Malcom X y por esa razón dedujera que favorecía la reivindicación violenta de la causa de los negros? Se justificaría que alguien le juzgara por esa circunstancia coyuntural, le pregunté. ¿Qué delito sería ese que los hipotéticos opositores a su simpatía por Malcom X le endilgarían? Le recordé, para finalizar mi comentario, que muchos dirigentes, estadistas de la inmensa parroquia que es Colombia, en una época se daban ‘codazos’ para tomarse una foto con Fidel, sobre todo aquellos de la caverna derechista que ahora están tan de moda. ¿Podríamos acusarlos con veras de castristas?

El argumento de Claudia López persigue ‘demonizar’ a su contrincante. Respecto de esta categoría el autor Oscar Vilhenas sostiene: “la demonización es el proceso por el cual una sociedad desdibuja la imagen humana de sus enemigos, quienes en adelante No merecerán estar incluidos dentro del reino de la ley. Como en la famosa expresión de Graham Greene, empiezan a integrar las “clases torturables”. Cualquier intento de eliminar o infligir daño a los demonizados queda socialmente legitimado y es legalmente impune. Mutatis mutandis, es algo así como aquella célebre, perspicaz e histórica frase pronunciada por un presidente para justificar los ‘falsos positivos’: “De seguro esos muchachos no estaban recogiendo café”. Sencillamente escalofriante.

López viene haciendo gala de una intolerancia desalentadora viniendo de una mujer que ha llegado a representar tantas cosas. Me cuestiono: ¿Quién profesa el extremismo, quien invita a dialogar o quien ‘demoniza’ al otro para evadir el encuentro y el consenso?

Habermas en su ensayo “La soberanía popular como procedimiento” señala: “La discusión permite que las convicciones que se han desarrollado en el espíritu de distintos hombres actúen la una sobre la otra; que se clarifiquen, que amplíen el círculo de su aceptación”. Y agrega Habermas, a quien no osarían calificar de comunista ni los más delirantes políticos de derechas (¿o quizás sí lo harían?): “La conciencia revolucionaria (refiriéndose a la revolución francesa, valga aclarar) se expresa además en la convicción de que, juntos, los individuos emancipados están llamados a ser los autores de su destino… Este se concibe como el resultado de una praxis cooperativa que tiene su centro en una formación consciente de la voluntad política. Una política radicalmente secular se entiende a sí misma como una expresión y una confirmación de la libertad que surge al mismo tiempo de la subjetividad del individuo y de la soberanía del pueblo”. Esto es, desde luego, imposible en un escenario político pre moderno como el que padecemos, en el que no hay un reconocimiento del otro, sino por el contrario, una estigmatización prejuiciosa de quien piensa diferente.

Claudia no tuvo la honestidad de excusarse; por el contrario, al día siguiente publica un twitter en el que pretende embolatarnos invitando a “reflexionar y encontrar caminos”, sin embargo su infortunada frase acerca de su adversario político, niega el pensamiento crítico y cierra los caminos de un dialogo razonado. Valdría mejor tener la humildad (que es un valor anacrónico e inapropiado para políticos en trance electoral) de reconocer que se equivocó.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

 

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