Primero comer, luego la moral

Por Danilo Contreras Guzmán *

La democracia de la que nos preciamos guarda numerosas trampas y evidencias que en verdad la niegan o por lo menos la cuestionan. La frase del título se atribuye a Bertold Brecht y en mi refutable concepto acredita la veracidad de las dificultades que enfrenta la democracia para realizarse materialmente en un medio como el nuestro. Trataré de explicarme.

El hambre es una circunstancia de carácter biológico que incide en lo jurídico, lo moral y lo ético, puesto que quien esta desprovisto de los alimentos simplemente intenta sobrevivir y en tal condición sus prioridades son las que impone la supervivencia, de modo que la cuestión moral que le otorga una condición humanística, de autonomía y dignidad a una persona, se encuentran de alguna manera postergadas o relegadas a un segundo plano.

La ciencia ha documentado el hecho de que la malnutrición en los niños se refleja en retrasos en el desarrollo, enfermedades por consumo inadecuado de proteínas, calorías y otros nutrientes, de modo que esto significa una disminución en las condiciones de igualdad material con que en el orden biológico debe desarrollarse una persona para enfrentar los retos de la existencia.

De lo anterior se colige que una persona que no logra la garantía efectiva de su derecho a la alimentación desde la infancia o en cualquier etapa de su vida, ve disminuida su capacidad de elaborar juicios complejos y adecuados en relación a la construcción de una vida buena para sí, esto es, su capacidad moral y autonomía sufre grave deterioro. Un padre que observa que su hijo padece hambre y no cuenta con la posibilidad de satisfacer esa necesidad básica por física ausencia de ingresos económicos, a menudo no cuenta con la capacidad de discernimiento que le permita adoptar decisiones adecuadas para lograr la supervivencia de su descendencia, de modo que se ve sometido a mayores riesgos de asumir acciones cuestionables desde el punto de vista moral, ético y jurídico en ocasiones, al punto de transgredir normas de carácter penal. Para muchos en esta ciudad, los pocos pesos que reciben por vender el voto el día de las elecciones significa un día de comida, esa es la verdad; es gente que sobrevive.

En el mismo hilo de argumentación se sigue que no hay democracia posible para quien prescinde de su autonomía en el afán de proveer para sí o sus allegados bienes básicos como la alimentación, de modo que poco interesará al sujeto que padece hambre (personalmente o sus hijos), quién gobierna o qué tanta participación pueda tener en la conformación de las corporaciones públicas o en la elección de los representantes del pueblo en el aparato estatal, pues su prioridad es sobrevivir al hambre.

Este no es un discurso extremo o extraño a la realidad de nuestra ardiente ciudad heroica. La última encuesta de ‘Cartagena Cómo Vamos’ nos ofrece, con la frialdad de la estadística, algunos datos al respecto. A la pregunta que indaga si en el último mes algún miembro de su hogar dejó de comer una de las tres comidas del día, el 28% de los encuestados respondió afirmativamente. Y al indagarse a los ciudadanos con qué frecuencia sucedió esto, el 59% dijo que una o dos veces en el último mes, el 22% entre tres y diez veces y el 19% dijo que más de diez veces en el ultimo mes. Estos datos parecen coincidir con las cifras del Dane que muestran que el 29.1% de la población vive en situación de pobreza, en tanto que el 5,5% de la población vive en pobreza extrema. Hablamos, en este último caso, de unas 55 mil personas. Bueno, si se piensa bien, el dato de la encuesta de ‘Cartagena Cómo Vamos’ se queda corto.

Pese a lo patético de estas cifras, la Administración interina que ya se va despidiendo con más pena que gloria dejó de asignar presupuesto a la estrategia más importante con que cuenta el Distrito para superar pobreza como lo es el Plan de Emergencia Social – Pedro Romero. Ni qué decir de los negociados del Plan de Alimentación Escolar denunciados por la Contraloría General; esto es, la comida para combatir el hambre de los niños y niñas de Cartagena. Esto sí que es inmoral.

Ahora que finalmente el Gobierno Nacional tuvo la ‘generosidad’ de devolvernos la posibilidad de elegir, extraño de los virtuales candidatos una bandera que se levante para luchar contra el oprobio del hambre y la pobreza que padecen tantos conciudadanos.

Esa negligencia de los dirigentes ratifica una frase de Óscar Vilhenas que suelo citar últimamente y que repetiré ahora: “La invisibilidad significa aquí que el sufrimiento humano de ciertos segmentos de la sociedad no provoca una reacción moral o política en los más beneficiados ni dispara una respuesta legal adecuada en los funcionarios estatales”.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

 

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