Cartagena, la ciudad que suma habitantes pero pierde ciudadanos

juan-c-camilo2Por Juan Camilo Ardila Durante *

Después de analizar los resultados de la encuesta de percepción ciudadana de Cartagena Cómo Vamos (CCV) de 2017, queda la sensación de que la poca confianza en las instituciones por las nefastas administraciones de los últimos ocho años, ha disminuido notablemente el sentimiento de orgullo que los cartageneros tienen por su ciudad. En el 2005, según el registro histórico de CCV, el 76% de los encuestados dijeron que se sentían orgullosos de Cartagena. En el 2017, el dato es triste: solo un 50% presume con agrado de la ciudad en la que vive. Al revisar detalladamente la encuesta, se comprueba un hecho que genera zozobra y que debe llamarnos a todos a una reflexión urgente: Cartagena año tras año gana habitantes -1.013.375 a día de hoy, según el Dane – pero pierde ciudadanos de forma progresiva.

Si solo el 21% de las personas que realizaron la encuesta dicen que las cosas van por buen camino, es lógico ver que el interés colectivo por comprar una vivienda sea tan solo del 35%. ¿Para qué comprar casa para mi familia en una ciudad costosa, excluyente, de escasos criterios colectivos entre los diferentes sectores públicos y privados y administrada por personas con oscuros intereses particulares? Ante la resignación e incertidumbre, el pesimismo se hace más notorio. Viendo el panorama, es mejor vivir alquilados en una ‘ciudad sin futuro’ que aferrarse a ella para siempre, tal cual como señalan los autores del libro ‘Remunicipalización ¿Ciudades sin futuro?’: “Una ciudad donde el encuentro de organizaciones, empresas e individuos se produzca con dificultad, porque desde la Administración se quiera suplantar a los verdaderos actores y evitar la espontaneidad creativa en vez de fomentarla, es una ciudad sin futuro, condenada a la mediocridad si no al fracaso”.

En el libro, también se argumenta que las ciudades que se consoliden como ciudades de barricadas y no de alianzas; que se aferren al pasado y no a diseñar su futuro, que no trabajen por ser ciudades de conocimiento y tecnología y sigan siendo ciudades burocráticas, serán en poco tiempo ciudades de habitantes pasajeros y no de ciudadanos comprometidos.

Precisamente sobre el compromiso ciudadano, hay que aterrizar en otro dato repetido e intensificado año tras año en la encuesta: cuando un cartagenero tiene tiempo libre, lo utiliza principalmente para dos cosas: leer periódicos o revistas e ir a un centro comercial, casi siempre para ver alguna película que, durante un par de horas en la oscuridad, lo distraiga de su realidad y de la misma realidad de la ciudad. Y es que en un centro comercial no somos ciudadanos, somos simples consumidores.

Ir a un parque, por ejemplo, no es una atracción para la mayoría de las personas. En un año bajó del 36% al 34% el uso de parques en Cartagena, pese al esfuerzo de la Gobernación de Bolívar, primero con Juan Carlos Gossaín y continuado por Dumek Turbay, por construir y remodelar parques en puntos neurálgicos de la ciudad. Gracias al esfuerzo de ambos administradores departamentales, hoy la ciudad cuenta con el Parque Espíritu del Manglar, un lugar lleno de atracciones para toda la familia y cuya entrada es gratuita todos los días de la semana. Aún así, un centro comercial sigue atrayendo a más gente cada año y los parques menos. ¿Por qué la relación con los espacios públicos es tan baja? ¿Es solo por la preocupación constante a los atracos o hay más razones relacionados con el escaso apego que le tenemos a la ciudad?

Es evidente que Cartagena seguirá sumergida en una crisis tan grande como el mar Caribe si no empiezan a articularse esfuerzos colectivos entre autoridades, empresarios, organizaciones civiles y ciudadanos comprometidos, para conseguir salir nuevamente a la superficie. Restaurar la confianza del ciudadano es tarea de buenos líderes, pero no vamos a tener liderazgos serios y decentes y que generen optimismo si nuestro enfoque político es lavarnos las manos y mirar de costado todo lo que sucede alrededor. Ir a cine está perfecto, pero después de salir felices o compungidos de la sala, debemos enfrentar una dura realidad. Y llegó la hora de colocarnos el overol para evitar el derrumbe de una ciudad que debe volver a llenarnos de orgullo a todos.

* Comunicador social – periodista, especialista en Periodismo digital.

juancardila@gmail.com

 

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