No es culpa de la paz de Santos

Por Jordan Buendía Sacco *

Los fatídicos hechos del fin de semana pasado en Atlántico y el Sur de Bolívar, aparte del inmensurable dolor causado, ha dejado un espectro de desconfianza aún más grande respecto de la política de Paz del presidente Juan Manuel Santos, ya de por sí impopular en muchos sectores de la sociedad con razones o sin ellas. Los recientes hechos, incluso, nos ha llevado a muchos de los que apoyamos vehementemente los procesos de desmovilización a replantearnos qué tanto estamos dispuestos a ceder para alcanzar la tan anhelada paz.

Estos hechos han permitido que se deje una perversa y escabrosa sentencia en el ambiente: “¡esta es la famosa paz de Santos!”. Y sí, es bastante doloroso y trágico lo sucedido con nuestros policías, pero en razón de estos hechos la ciudadanía no puede ni debe permitirse que sectores políticos inescrupulosos aprovechen nuestro dolor e indignación para hacer proselitismo a sus anchas  panchas, ganando adeptos a costa del pesar generalizado que enluta no solo al pueblo costeño sino a toda Colombia.

En estos tiempos preelectorales, el pueblo debe llenarse como nunca de razones y sana crítica, pues no falta el político falaz e instrumentalizador que utiliza la tragedia de terceros para sus mezquinos fines.

De nosotros depende no ser presa fácil de esta burda manipulación. Los que hemos apostado por la reconciliación y la paz debemos poner en la balanza tanto lo positivo como lo negativo y no echar por la borda todo lo conseguido.

La ruta marcada por los señores de la guerra, por lo que fácilmente puede evidenciarse, es enlodar aún más el proceso político y de desarme de las Farc. Es claro que, si de hablar con la verdad se trata, se debe admitir que no podemos llamar ‘paz’ a la simple dejación de armas: la paz conlleva cambios político-sociales mucho más profundos que el mero desarme, pero lo conseguido ya es un paso grande y a eso hay que darle crédito.

Y como a veces es necesario que nos repitan lo obvio, pues entonces vamos a recalcarlo para que no nos metan los dedos en la boca y jueguen con nuestro dolor desviando el rencor hacia donde no se debe mirar. Es claro que aún estamos en conflicto, que esto no termina por ahora, y que falta mucho por conseguir. Pero miremos lo positivo: de acuerdo con la Cerac (Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos), en comparación con el promedio de los últimos 50 años, desde el 29 de agosto 2016, día en que se dio el cese bilateral al fuego, las acciones ofensivas de las Farc cayeron en un 94%; las muertes de civiles en un 98% y las muertes de combatientes disminuyeron en 89%. Y, por si fuera poco, la tasa de homicidios en Colombia en 2017 fue la más baja en los últimos 30 años.

En este orden de ideas, no podemos echarle la culpa de estas trágicas muertes al Proceso de paz. No se puede decir, como ya comienza a retumbar en las redes que “esta es la famosa paz de Santos”, pues la lógica misma nos muestra que procesos como estos son los que han evitado que tragedias similares se sigan replicando en nuestro país. Y si bien es cierto que el proceso en La Habana no fue la tan anhelada paz, que hasta muchos de quienes votaron No en el plebiscito muy en el fondo querían, hay que admitir que nuestro experimento de paz nos ha horrado miles de muertes violentas de civiles y militares en todo el país.

Los recientes atentados terroristas a nuestra fuerza pública obedecen a otros sectores criminales de la sociedad, a los que hay que hacer frente con toda la contundencia y el peso de la ley, puesto que no muestran el más mínimo indicio de redireccionar sus pasos hacia la civilidad y democracia.

En este sentido, resulta justa y acertada la decisión de Santos de suspender la mesa de diálogos en Quito hasta tanto el ELN no muestre verdaderas intenciones de conciliación y construcción de paz.

La paz, si bien es un fin superior, solo es posible construirla cuando hay verdadera voluntad de las partes en conflicto.

* Abogado de la Corporación Universitaria Rafael Núñez

 

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