Los juegos democráticos del 2018

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Diana Martínez Berrocal *

En este primer semestre del año se darán importantes procesos electorales, no solo de resonancia nacional, como las elecciones de Senado, Cámara y la escogencia del nuevo presidente de Colombia, sino también a nivel local, como la convocatoria a elección de alcalde para suplir la interinidad de Cartagena.

Y por supuesto que con toda esta demanda, ya salió al ruedo todo el marketing electoral (camionetas forradas en calcomanías con la publicidad de los candidatos, vallas, líderes con fólderes llenos de hojas de zonificaciones, puyaojos programando reuniones, slogans que siempre prometen ser el cambio que todos esperamos, redes sociales invadidas de fotos con los candidatos abrazando a la gente, desayunando en los barrios populares, almorzando en comedores públicos, cargando a niños y haciéndose selfies con ellos; en fin, hay toda una estrategia de acercamiento y de roce de pueblo que solo es posible ver en estas épocas, pues después de elecciones los escogidos se quitan el disfraz de campaña para vestirse con la altivez de poder y ya no contestan los celulares, ya no atienden a nadie y ya no se acercan y viven camuflados entre los polarizados de sus camionetas.

Pero, mucho más allá de esta coyuntura, yo me pregunto si como ciudadanos somos conscientes no solo del valor sino de las implicaciones que tiene el voto en el juego democrático.

Precisamente, una de las exigencias de la democracia es que necesita ciudadanos capaces de utilizarla. La democracia es como un smartphone, una tableta o cualquiera de estas cosas que nos encandilan cuando las tenemos en las manos, pero si uno no tiene un manual de instrucciones o alguien experto que le enseñe como manejarlo, no sirven absolutamente para nada. No hay duda de que el aparato es ingeniosísimo, está lleno de posibilidades, pero si no sabes manejarlo, de nada te sirve.

La democracia en sí misma es un instrumento extraordinario pero necesita personas que la sepan utilizar; ella no tiene piloto automático. El corazón, el meollo de la democracia, somos nosotros los ciudadanos.

La ciudadanía no crece en la gente como crecen las orquídeas, hay que enseñarle a las personas lo importante de ser ciudadano, porque o si no se pone en peligro el sistema entero, pues nos dejamos llevar por cincuenta mil pesos, por un mercadito o por cualquier promesa populista.

¿Quiénes serán, por ejemplo, nuestros próximos congresistas? Pues no necesitamos ser adivinos para saberlo: serán los mismos.

La democracia es el constante movimiento de distribución del poder político, no es estática; pero nuestra democracia de hoy se parece más a una oligarquía con algunas libertades públicas. Mandan siempre los mismos, y si por alguna razón están presos o inhabilitados, ponen a sus hijos, a sus nietos, al que sea… pero ellos seguirán mandando y nosotros seguiremos eligiéndolos.

Lo que ocurre en la sociedad es algo que nos corresponde a todos hacer, enmendar, corregir o participar… nada cambiará por generación espontánea. Es el momento de que surjan nuevos liderazgos y que dinamicemos los procesos electorales.

La democracia no sirve para quejarse de los políticos, sino para sustituirlos por otros o atrevernos nosotros a ejercer nuestras capacidades políticas.

* Abogada especialista en Derecho Público y en Sociología Política.

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