Empujemos la educación

Por Diana Martínez Berrocal *

Al ver a Martín Murillo (un hombre que fue lavador de carros, vendedor de tinto, expendedor de agua, de gaseosa, pero sobre todo, un lector empedernido, quien nunca desaprovechó los momentos de reposo en medio de todos esos oficios que le brindó la calle para disfrutar de una buen libro) recibiendo de la institución educativa Olga González Arraut, el título de Bachiller Honoris Causa y la medalla al mérito ciudadano por su aporte a la construcción de una mejor ciudad, me resulta inevitable pensar en aquello de que la educación es como esa segunda oportunidad, es la lucha contra la fatalidad; contra esa fatalidad que hace que el hijo del pobre siempre tenga que ser pobre y que el hijo del vendedor de tinto siempre tenga que ser vendedor de tinto.  La educación rompe esa fatalidad y hace que los hijos puedan ser mejores que los padres, más aptos, más libres.

Y es que la humanidad no es un mero mecanismo biológico evolutivo, como lo son los animales, las plantas, las frutas, que están prefigurados por la naturaleza. Por ejemplo, la piña no necesita lecciones para ser piña, ni las gallinas necesitan lecciones para ser gallinas; ellas están destinadas a ser lo que son, no pueden ser otra casa. Pero los seres humanos no estamos destinados por la naturaleza para ser eso o aquello, los seres humanos necesitamos educarnos para desarrollarnos y progresar.

La preocupación por la educación debe ser de todos, nunca es algo que es particular, de que yo educo como quiero. Si la educación solo quedara en la familia no habría ningún problema, pero no es así, porque el individuo se abre y trasciende a una sociedad. Si por ejemplo existieran unos padres que trasmiten a su familia el canibalismo como una variedad culinaria, yo no tendría ningún problema, pues eso es cuestión de ellos; claro está, siempre y cuando los niños no salgan de su casa y solo se coman a los miembros de su propia familia; pero, como es evidente que cuando se hayan comido a los más tiernos, saldrán a la calle a ampliar el menú, y allí estaremos los demás, es claro que la educación es un asunto de toda la sociedad y que tenemos derecho a exigir una educación social basada en valores que forme a ciudadanos, porque si la sociedad no está educada, lo pagaremos todos.

La crisis que hoy vive Cartagena nos debe llevar a poner la educación sobre la mesa. La necesidad de unos ciudadanos polivalentes capaces de aprender y transformar su realidad social de acuerdo a los retos, hoy se hace urgente. Y como sociedad debemos exigir a nuestros políticos preocupación por la educación, porque es muy difícil que un político piense las cosas en el tiempo educativo, porque este es un tiempo a largo plazo, y no hay político en el mundo que piense las cosas a 20 años vistas, ellos son de cosas inmediatas, de lo que sea palpable para mostrar en su informe de gestión; por eso tenemos que decirle a ellos: “ustedes van y vienen, pero nosotros permanecemos en la sociedad y necesitamos que la educación esté garantizada al máximo nivel”. No que exista una educación cinco estrellas para unos y para otros una especie fast food en educación (que se les enseñe a no morder y a obedecer), porque precisamente quienes más necesitan el apoyo social son esas personas que por circunstancias adversas no se las pueden costear por sí mismos y solo cuentan con la sociedad para educarse.

Es verdad que la buena educación es cara (necesita un presupuesto confortable), pero la mala educación la pagamos mucho más cara todavía. Lo que verdaderamente sale caro es no educar, o educar mal, o educar solo a una pequeña minoría. Una prueba de ello es toda esta crisis que estamos viviendo, y las sociedades con más posibilidades de luchar contra la crisis y salir a un paso razonable de ella son las que más han invertido en educación, aquellas que mejor formados tienen a sus ciudadanos.

Así que el digno y justo reconocimiento que hoy se le hace a  Martin Murillo nos demuestra que la educación tiene la capacidad de romper la fatalidad de estar condenado a empujar una carreta llena de termos de tinto para empujar ahora una genuina ‘carreta literaria’, con la cual va a su paso, provocando a niños y jóvenes a adentrarse al maravilloso mundo de la lectura, y con ello, inspirándonos a todos a construir una mejor sociedad.

* Abogada especialista en Derecho Público y en Sociología Política.

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