Por el bien de todos

diana-mtz2Por Diana Martínez Berrocal *

Todos los regímenes políticos han sido establecidos para combatir algún tipo de males. Bruce Chatwin, un escritor y antropólogo inglés, afirma en uno de sus libros que los primeros homínidos (ancestros primitivos) que habitaban en pequeños grupos, fueron declarados el alimento preferido de un gran carnívoro depredador (un mega tigre prehistórico), que decidió que aquellos humanoides éramos lo más  apetecible y lo más fácil de cazar. Dice entonces Chatwin (y lo refrendan otros antropólogos), que los primeros grupos humanos nacieron de la necesidad de unirse contra esos felinos depredadores que los amenazaban.

Es evidente que la democracia también surgió como un mecanismo de lucha contra los males más comunes de nuestra sociedad y paradójicamente la democracia se ve hoy socavada por esos mismos males: la ignorancia y la miseria.

El juego democrático en nuestra ciudad no ha sido ajeno a estos seculares problemas que lo han permeado hasta los tuétanos y, si no les ponemos foco, seguiremos dando vueltas como una mosca dentro de una botella mientras los voraces depredadores se lo comen todo.

Para saber si es importante o no la educación, tenemos que pensar como si cada una de las personas que van a ser educadas fuesen las que tuvieran que tomar la decisión del futuro de nuestra ciudad. Y es que en cierta forma es así, porque en las democracias todos somos susceptibles de ser gobernantes o de ser gobernados; de ejercer control social, de elegir y de participar de alguna manera en la acción política. Si fuéramos solo súbditos, o solo vasallos sometidos al cumplimiento de un programa establecido por otros, no necesariamente tendríamos que estar educados; por lo tanto, en la democracia hay que educar, y educar en defensa personal como dice Savater, porque es la única garantía de que nos va a ir bien a todos, de lo contrario seguiremos padeciendo las consecuencias de no saber elegir.

El economista canadiense Kenneth Galbraith dice que todas las democracias contemporáneas viven bajo el temor permanente a la influencia de los ignorantes, y es verdad. porque los ignorantes tienen voto, los ignorantes toman decisiones, los ignorantes pueden bloquear las medidas necesarias y, peor aún, los ignorantes pueden apoyar a los demagogos, y generalmente lo hacen.

La política es imprescindible dentro de la democracia, pero en Cartagena existen pequeños grupos que han secuestrado los valores políticos de todos. Y una muestra de ese secuestro es todo lo que estamos viviendo. Al ver por ejemplo que J.J., desde la cárcel, manda la terna para la escogencia de un nuevo alcalde, se me viene a la mente una caricatura de finales del periodo del franquismo en España, donde se veía un prócer de aquella época hablándole a una multitud y diciéndole: “Tenés que elegir entre nosotros o el caos”, y la gente gritaba: “El caos, el caos”. Y entonces el prócer decía: “Da igual, también somos nosotros”.

Ese es el secuestro de la política, cuando los mismos que son el caos son también la solución al caos. Es decir, ellos fabrican las circunstancias para luego poder solucionarlas (J.J. y su séquito crearon una empresa criminal para repartirse burocráticamente la ciudad y ahora nos manda una terna para solucionarlo).

La indignación tiene que ser un primer paso, pero los problemas no se transforman a golpe de indignación, sino que se transforman a golpe de involucrarnos.

Por eso debemos exigir que este debate electoral no se haga a puerta cerrada, debemos romper con esas estructuras borregas como la reunión política de barrio, donde llega el candidato en una camioneta empachada de autoadhesivos, saludando a besos, abrazando al líder que le pagó para que alquilara las sillas y comprara unos juguitos de cajita y se quedara con el vuelto, cargando a los niños, sonriendo… mientras se disparan los flashes de sus fotógrafos y su equipo de avanzada le aplaude al son de un pegajoso jingle con ritmo de champeta.

Lo único que se puede inferir de ese espectáculo es que estamos eligiendo un cascaron que utilizará nuestro propio presupuesto para pagar todos esos gastos de utilería y otras cosillas más.

¡Ya basta de pan y circo!, exijamos un debate electoral serio, abierto a todos, donde se generen espacios de consulta y respuesta a los ciudadanos, donde los candidatos nos puedan decir quiénes están financiando sus campañas, quiénes moran en la sombra, cómo van a enfrentar esta crisis, cuál es su hoja de ruta, con qué personas van a gobernar… Aprovechemos las redes sociales que son el nuevo ágora de los griegos para abrir esos diálogos.

Esa es la verdadera política, el esfuerzo común de ocuparnos por las cosas que nos preocupan, conscientes de que lo que está en juego es nuestro destino.

Por eso, estoy convencida de que la pregunta que debemos hacernos todos los cartageneros en este proceso electoral no es qué alcalde nos va a tocar ahora, sino a qué alcalde vamos a elegir, porque esa es la única garantía de que nos va a ir bien a todos.

* Abogada especialista en Derecho Público y en Sociología Política.

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