La estupidez de la guerra

danilo-contrerasPor Danilo Contreras Guzmán *

Por regla general la guerra es el pináculo de la estupidez. Es complicado calificar como justa una guerra. Pocas cosas superan en necedad a una conflagración que, comúnmente, tiene lugar cuando las personas denotan notable torpeza para comprender y solucionar sus conflictos. Tal vez el odio supera en imbecilidad a la guerra. Pero el odio, esencialmente, es la guerra de una persona contra sí misma, pues quien primero se destruye es quien odia.

La dilatada historia nacional es prolífica en ejemplos que ilustran mi hipótesis.

Pocos años habían pasado de la emancipación cuando se desato la ‘Guerra de los Supremos’, nombre grande que no refleja sus motivaciones chiquitas. En efecto, en “1839, el Congreso determinó suprimir los conventos menores de Pasto, que apenas albergaban a unos pocos monjes ecuatorianos, y destinar sus rentas a la instrucción pública de esa provincia. La oposición a esta orden produjo el 30 de junio siguiente la insurrección de la ultra católica población de Pasto” (‘Márquez y la guerra de los supremos’. Eugenio Gutiérrez).

El presidente Márquez envió a Alcántara Herrán en vez de a Obando a sofocar la rebelión y ahí fue Troya, pues después de algunas vueltas Obando es acusado del asesinato del mariscal Sucre y esa fue la gota que reboso la copa. Estalló la guerra.

Un par de años después, luego de varias batallas perdidas por Obando ante Mosquera, se forzó la mediación de un ministro plenipotenciario inglés de apellido Stewart quien ayudo a la expedición de una amnistía general. Varios “Supremos”, jefes de aquella guerra, fueron presidentes del país durante el convulsionado siglo 19.

Más adelante la terrible “guerra de los mil días” que entre las postrimerías del siglo 19 y los albores del 20 dejó, según algunos, 100.000 muertos, finalizó en la finca Neerlandia de la zona bananera del Magdalena, con un tratado de paz matizado por un sancocho de gallina en el cual se pacto la entrega de armas, la vigencia de la Constitución Política, las elecciones, los desterrados y los prisioneros, con el fin de contribuir al restablecimiento de la paz.

En 1953 las guerrillas liberales al mando de Guadalupe Salcedo se desmovilizan sin mayores requerimientos, por lo cual el gobierno de Rojas declara una amnistía general para todos los delitos políticos cometidos hasta esa fecha. Guadalupe fue muerto poco después en una calle de Bogotá, lo que abre paso al periodo de La Violencia que trae consecuencias hasta nuestros días.

Más recientemente algunos procesos de paz han arrojado saldos de éxito. El M-19 pudo reinsertarse a la vida democrática de la nación, no sin traumatismos, al punto que uno de aquellos guerrilleros, hace parte ahora de un partido de derechas. Vaya paradoja, vaya confusión. Pero es mejor esa impostura que la guerra.

No es correcto que una sociedad que se considere mínimamente civilizada insista en el círculo vicioso que nos muestra la ultrajada historia patria, círculo en el cual pretenden mantenernos algunos ‘padres de la patria’, que se encargan de embolatar una discusión seria sobre la paz.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

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