Familia y academia

Por Iván Sanes Pérez *

Desde el Ministerio de Educación se plantearon el gran reto: “Colombia, la mejor educada en el 2025”… Esa visión, para la opinión general, se vislumbra utópica, inalcanzable, platónica, allá en el idilio de un funcionario público que no recuerda que en las pruebas internacionales de las últimas décadas nuestros estudiantes han obtenido las más bajas calificaciones en el mundo, compartiendo deshonrosos puestos e ignominiosos títulos de los peores educados de la región.

Afortunadamente y después de muchos años, la educación ha empezado a dar pasos serios. En las últimas pruebas internacionales se avanzó cuatro puestos; en efecto, Colombia fue uno de los tres países que mejoraron su desempeño en lectura, matemáticas y ciencias.

Pero, ¿cumpliremos la meta trazada? ¿Continuaremos avanzando? Un mejor panorama sí que puede vislumbrarse. Una mejor proyección sí que puede obtenerse; y desde nuestra Cartagena podremos ser testigos de un cambio social que no siga reflejando una ciudad que ha sido reconocida por cosas negativas. Un cambio social sí es posible, y lo es desde dos pilares fundamentales: la familia y la academia. La sociedad, sin duda alguna, tiene sus bases morales en la familia y su firmeza en la educación mancomunada; es así como en estos últimos tiempos la conciencia de una educación pública y de calidad ha venido calando a pequeños pero seguros pasos; de ahí el afán por hacer que la realidad cartagenera cambie.

El cambio radica en un interactuar diligente entre familia y academia. Esa fortaleza dual es la que concientiza de su talento al que se ha sentido apocado ; esa celeste dupla ‘familia-academia’ es la que reconoce la trascendental importancia del juego y las sonrisas desde la primera infancia, como elementos que fundamentan el deber ser del investigador del futuro; solo cuando se toman de la mano las entidades ‘familia y academia’, solo cuando eso sucede, la ética sienta su soberano estrado en individuos de gran arraigue social que crean paradigmas morales para negarse a torcer la ley y darle paso a lo que atenta contra el bien general.

Benjamín Constant, echando de menos la labor de la familia en la sociedad, manifestó en su libro El Espíritu de la Conquista que “es necesario que las instituciones acaben la educación moral de los individuos”; tal afirmación la hizo como un llamado a suplir el rol de la familia para con el hombre y mujer del futuro. Siendo consciente de la importancia de la sociedad en el establecimiento de parámetros ético-morales, me alejo de la posición de Constant y de todo aquel que (con más buenas que malas intenciones) yerre dejando caer sobre los exclusivos hombros de la sociedad la divina responsabilidad de la educación moral del individuo.

No hay que invertir el orden: el hogar está primero; por eso insto al padre y a la madre de familia, al educador y al funcionario del sistema educativo, a que unan esfuerzos desde un gran matrimonio ‘familia-academia’ y seamos conscientes de que la educación es una proyección de la familia en el anhelo de la gran utopía social soñada hace siglos por los atenienses llamada polis, también soñada por el ilustre coterráneo que en un poema desesperado invocaba la ética y la moral para que los hijos de esta ciudad volvieran a ser águilas raudales y no una caterva de vencejos.

Esa es nuestra apuesta: el fortalecimiento de la familia despeja el camino para la gloria de la academia, para la rampante educación que aterrizará la utopía de ensueño en esta realidad caribe, en esta escuela cartagenera.

* Abogado e ingeniero de sistemas

Twitter: @IvanSanes

 

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