Palabras eternas

juan-c-gossainPor Juan Carlos Gossaín Rognini *

Alguna extraña fascinación -no sé de donde heredada-, durante años ha conducido mis pasos por cuanto cementerio he encontrado en cada ciudad del mundo que la buena providencia me ha permitido visitar.

Un cementerio es además de una bodega de huesos, un lago de tierra, apacible y sereno, en medio de la bulliciosa urbe que lo circunda.

Allí, entre fragmentos de historias personales recogidas en cada lápida, unas veces contadas en primera persona y otras por los deudos amorosos de un difunto, se hace fácil construir el relato íntimo de las ciudades. Es la historia no contada por los libros sino por quienes la hicieron.

Esta pasión tanática compartida con tantos otros viajeros de distintas latitudes, ha terminado por convertir algunos camposantos en verdaderos puntos de interés turístico y cultural.

Imposible resistirse al paseo entre tumbas por el Pére Lachaise de París identificando la morada final de tantos célebres universales como Moliere, Balzac, Chopin, Edith Piaff o Jim Morrison.

Difícil no conmoverse ante la tumba del soldado desconocido en el cementerio nacional de Arlington en la capital norteamericana o dejar de apreciar la imponencia de los marmóreos mausoleos de La Recoleta en Buenos Aires, en medio de la romería diaria que sigue pidiéndole milagros en su tumba a la inolvidable ‘Evita’ Duarte de Perón.

Hay muchas formas de hacer el recorrido por estos senderos donde se nos muestra tan rotundamente la fragilidad de la vida.

De manera  particular, detenerme un largo instante en las puertas de un cementerio  implica respeto frente al insondable límite que nos separa  de la muerte.

Pero son también las poderosas consignas que en algunas de esas puertas he encontrado, una especie de magnética comunión.

Poco o nada puede ser más revelador que esa simple y pétrea ‘Todos somos’, escrita sobre la antigua puerta del cementerio de Firenze que cita Dante como idea de que algún día seremos eso que yace allí dentro.

Categórico en el dolor y espanto que inspiran sus palabras, el acceso a las Catacumbas romanas de San Calixto se encuentra franqueado por la envolvente sentencia “Te horrorizas con lo que serás, porque temes lo que eres”, tan cercana en su expresiva premonición a la frase custodia de aquella cripta ubicada en la Iglesia de Santa María de la Concezione dei Cappuccini “Aquello que vosotros sois, nosotros éramos. Aquello que nosotros somos, vosotros seréis”.

Por supuesto debo mencionar la sugestiva frase que abre sus puertas de hierro forjado al más macondiano de todos los cementerios, el de nuestra mágica y consentida isla de Mompox. “Aquí confina la vida con la eternidad”, es casi que una especie de salvoconducto o pasaporte para quienes ingresan sabiendo que no habrán de regresar.

Hay muchas otras (puertas y frases de camposantos) revestidas de elegancia y mucha sabiduría, llenas de enorme contenido y prácticamente sin adjetivos. Las palabras eternas no los necesitan y su mejor prueba es el Padre Nuestro, que al mismo tiempo que sublime oración es la poesía perfecta que no necesita adjetivos.

De vez en cuando conviene darles un repaso a estos lingotes de filosofía. Son un imparcial recordatorio de nuestras ligeras pertenencias y de la breve estadía en el lado de afuera del cementerio.

* Exgobernador de Bolívar

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