Diez razones pa’ vivir

diana-mtz2Por Diana Martínez Berrocal *

Mi abuela decía que cuando morimos dejamos lo que tenemos y nos llevamos lo que dimos.

Y al ver cómo se ha identificado todo un país (excepto una periodista de El Tiempo) con la partida de Martín Elías, entiendo que los seres humanos tenemos un idioma que nos comunica y nos une a todos. Al leer los mensajes en las redes, al escuchar los versos de sus amigos, los acordeones que lloran pero que no dejan de soplar bellas melodías, al ver a sus hermanos cantar con las cuerdas del alma, al ver a su esposa hablando con tanto amor de la humildad de su esposo, a su madre adolorida pero orgullosa de su muchacho, a su hijo diciendo que había que estar alegres porque su padre estaba en el cielo y a su pequeña princesa reír a carcajadas y darle besitos a su papi en múltiples videos… tengo la certeza que Martín se lleva un gran patrimonio para el cielo.

La cuestión no es tan compleja como preguntarnos si hay vida después de la muerte. La cuestión es tan simple como preguntarnos si vivimos antes de la muerte. Porque vamos por la vida de prisa, sin tiempo, ocupados, distraídos, preocupados… ansiosos por lograr tener cosas que creemos nos harán más felices y en ese afán nos olvidamos de las verdaderas razones de vivir.

Y esas razones están en dar, en cuidar nuestros vínculos, en abrazar a los seres que amamos (y a los que no amamos), en mirarnos, en imprimirnos en el otro, en descubrir el propósito, en creer que se puede, en ser mejores, en perdonar y en conectarnos con esa fuente de amor de la cual venimos y a la cual volvemos.

Martín no se fue pronto, Martín se fue pleno. De qué sirve tener cien años y vivir una vida inerte, sin atrevernos, sin arriesgarnos, sin dejar huella… Su padre lo profetizó con toda la potencia de su voz y de su corazón cuando le dijo: “el gran Martín Elías”. Y allí estuvo su grandeza, en creer en su fuerza interior y, desde allí, irradiar a todos.

¿Qué le repetimos a nuestros hijos cada día? Porque les enseñamos las diez tablas de multiplicar, los departamentos y sus capitales, la química y la física, que sean buenos profesionales… pero nunca les enseñamos a creer en ellos, en sus capacidades, a que sean buenos seres humanos, a compartir, a que encuentran el sentido de sus vidas y que proyecten en los demás esa grandeza que llevan dentro.

Esas son las razones de vivir que solo los grandes descubren e inspiran. Y que les permite partir con la absoluta tranquilidad de haberlo dado todo. Y es precisamente eso lo que los hace inmortales.

* Abogada especialista en Derecho Público y en Sociología Política.

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