Carlos Gaviria o la ponderación

danilo-contrerasPor Danilo Contreras Guzmán *

Hace 2 años falleció el maestro Carlos Gaviria Díaz; sin embargo es poco el despliegue ha merecido en medios la conmemoración de su muerte. Considero, con cierta resignación, que esa desatención obedece al talante de los tiempos que corren, en los que la ponderación, la lucidez y la reflexión crítica que ejercía con integridad y coherencia el maestro, son virtudes anacrónicas y, quizás, inconvenientes.

Desde su muerte he regresado en varias oportunidades sobre sus conferencias, en especial, la última, ofrecida en el Gimnasio Moderno en la ciudad de Bogotá, titulada “Cómo educar para la Democracia”. Su intervención inició con una excusa, por la precariedad de su voz quebrada por la bronconeumonía que fatalmente le cegó la vida unos días después. Encuentro en ese detalle otro par de virtudes que lo distinguieron: Un profundo respeto por el otro y la decencia rigurosa que lo llevaba al punto de disculparse por las debilidades propias que podían impedirle entregarse a plenitud en su arte de enseñar.

Cualquier joven que por alguna razón tenga la oportunidad de apreciar su apacible figura de Santa Claus paisa no podrá descubrir en su imagen la apasionada (aguerrida quizás) militancia por la democracia que motivó su periplo vital. Solo escuchándolo o leyéndolo se descubrirá su implacable oposición a toda forma de autoritarismo o tiranía.

Me atrevo a pensar que, más que jurista, Gaviria fue un filósofo a fondo. Su jurisprudencia se llenó de contenidos con las alusiones a los pensadores que formaron su intelecto. Concebía el derecho como una praxis, a la manera de los defensores de causas en el ágora milenaria de los griegos, en donde debe prevalecer el mejor argumento formulado en favor de una tesis.

Pero no cualquier argumento, se repite, el mejor, que es aquel que ha sido contrastado con las razones del adversario en el litigio. Lo contrario sería solo una imitación de los viejos y nuevos sofistas. Para dar regla a la construcción de las mejores razones, introdujo con fuerza a nuestra cultura jurisprudencial el criterio de ponderación como fórmula que permite resolver la colisión de principios y valores constitucionales, elevando a “rango constitucional la auto – contención de la persona en el ejercicio de sus derechos”, esto es, el deber de respetar los derechos ajenos y no abusar de los propios, según se lee en una sentencia suya de 1995. Tristemente hoy, la alegación de esta condición ética, la ponderación, bien amerita la resurrección del viejo profesor para que ejerza su defensa en el escenario público.

En la postrera disertación a la que aludo, Gaviria expresaba: “Si ustedes me preguntan qué es lo que más me apasiona en la vida, yo les respondería: la ética, mi pasión es la ética”. Vaya personaje. Y complementaba citando a Wittgenstein: “La ética no se dice, la ética se muestra”, lo cual es muy a propósito de algunos que predican ahora, pero sin practicar.

Cuánta falta le hace al país su voz en medio de tanto ruido y tanto engaño demagógico.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

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