Crisis de confianza

danilo-contrerasPor Danilo Contreras Guzmán *

James Lephra, personaje perspicaz creado por el escritor Efraim Medina, suele referirse a los políticos afirmando que prefiere “a los que tratan de sacar ventaja, porque los bien intencionados resultan peor”. Esta diatriba resume drásticamente la desconfianza generalizada en los dirigentes.

En un Estado moderno, las autoridades elegidas popularmente tienen como deber principal la garantía de los derechos fundamentales de los gobernados. Ello es así si nos atenemos al criterio según el cual la característica central de una democracia se encuentra en la protección de las prerrogativas fundamentales de los ciudadanos, inclusive en contra de la voluntad mayoritaria, de manera que la vigencia de los derechos constitucionales no puede ser derogada plebiscitariamente (Luigi Ferrajoli).

En este orden podríamos especular que para intentar restaurar la confianza perdida en los políticos, estos deberían fortalecer y probar su conocimiento y capacidad para reivindicar los derechos fundamentales de la gente, pero, adicionalmente, contar con la capacidad para convencer al electorado de que en efecto defienden tales principios. Esto implicaría de una u otra manera la dedicación permanente de los líderes a atender los requerimientos de la defensa de los derechos ciudadanos y su puesta en vigor a partir de la utilización de los complejos mecanismos que el Estado pone a disposición de dicho propósito. Creo, candorosamente, que pocos se ponen en manos de un curandero para sanar una enfermedad si se tiene la posibilidad de acudir al tratamiento de un médico experto.

De manera esporádica, y quizás con sustento en el desprestigio de los políticos tradicionales, líderes carismáticos, ajenos a la actividad proselitista, irrumpen en el escenario electoral y acceden al poder por obra y gracia del voto popular. Algunos ejercen con éxito y otros no tanto. Trump, en el escenario internacional y los alcaldes Campo Elías Teherán (Q.E.P.D) y Manolo Duque en lo local podrían citarse como ejemplos de lo anterior.

Pero la ‘crisis’ no puede radicarse solo en los percances del liderazgo, pues persiste un endémico deterioro de la ética ciudadana manifiesta en altos niveles de abstención y fenómenos de corrupción del elector. A la gente, en su mayoría, le importa un comino la política y los políticos; y quienes votan suelen moverse, con frecuencia abrumadora, por cuenta de la maquinaria y las dadivas ofrecidas por las facciones. La racionalidad en la elección y la conciencia de contribuir con el voto a la salud de la democracia son valores anacrónicos.

Ningún cambio es posible si la política no cuenta con programas coherentes y dirigentes preparados. Sin instrucción al electorado que permita adoptar decisiones racionales en favor de aquellos que mejor representen sus intereses, todo parece perdido.

En Cartagena este ideal parece lejano considerando la escasez de propuestas renovadoras y la pobreza en que se debate el pueblo, la cual le impide discernir con claridad sobre sus decisiones.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

Contexto:

– “Es la economía, estúpido”

– Qué hay en una crisis

– Una hipótesis sobre el consumismo como causa de la corrupción

– Compromiso con la universidad pública

– Las posibilidades de Trump

– Inversión al debe

– A estos datos nos enfrentamos

– La cuota inicial de un nuevo problema

– Las inquietudes siguen

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