Un escupitajo en la cara

juan-c-gossainPor Juan Carlos Gossaín Rognini *

Cansados de años de maltratos, de tarifas abusivas y sin control, de paseos millonarios, de acoso sexual, de música altisonante, de groserías e insultos, de violaciones sistemáticas a las mínimas y esenciales normas de tránsito, de incomodidades y, muy especialmente, de la pasmosa actitud de indiferencia ante todos estos reclamos y atropellos, los usuarios de taxis en Colombia y en muchos lugares del mundo, cada vez en números más abultados, se suman a la migración tecnológica que la aplicación digital de Uber ha desatado.

Como era de esperarse, la guerra ha sido declarada, La violencia física y verbal ha llegado a las calles de las ciudades grandes y pequeñas de Colombia por cuenta del enfrentamiento manifiesto entre taxistas y ciudadanos, entre taxistas y Uber. Siendo  oportuno y justo decirlo, con muchos buenos y malos en cada uno de los bandos.

La explicación de un nuevo fenómeno social siempre estará inevitablemente condicionado por una necesidad, el imperativo de resolver o mejorar. Como concepto económico, las falencias en la prestación o la deficiencia de un servicio siempre inducirán a generar una oportunidad.

Es así, que en el siglo de las tecnologías y la innovación, nada puede detener el surgimiento día tras día de infinitas alternativas que optimicen la vida de los ciudadanos, quienes a su vez son consumidores y clientes.

Lo repito, la tecnología suple con mejoras las viejas necesidades y extingue particularmente aquello que deja de ser bueno.

Casi como en los cuentos de ciencia ficción, hoy el mundo está al alcance de una ‘aplicación’. Al unir las cosas, entendemos que la tecnología no solo suple actividades obsoletas, sino que ahora también sirve para desmonopolizar servicios.

En este ir y venir de argumentos a favor y en contra que uno escucha por la calle y en reuniones de todo tipo, aún no me queda claro el motivo que impide a un sujeto cualquiera pedir a cualquier otra persona, a través de su propio teléfono, un vehículo que pueda transportarlo y pagar por ello a quien se ofrezca a hacerlo.

Los que más conocen del asunto me dirán que la plataforma tecnológica de Uber no está regulada por el Estado; qué otra cosa puedo responder entonces que no sea: “¿y por qué no la regulan?” ¿Acaso estoy entendiendo que es el mismo Estado, ese que bajo la pretensión normativa del Derecho supone la protección y defensa de los intereses generales de los ciudadanos, quien me cercena el derecho a optar libremente por la forma de movilidad que más me conviene?

Nada tengo contra los taxistas y, por cierto, no estoy afiliado a Uber. Con habitual frecuencia uso ambos servicios en distintos lugares del mundo y son más los comentarios positivos que podría hacer de ambos en mi experiencia personal, que lo que puedo recordar como desagradable o molesto.

Contra lo que si tengo bastante, al punto de perturbarme, inquietarme y fastidiarme, es contra cualquier tipo de desafuero.

No podría imaginarme siquiera un segundo al dueño de una panadería persiguiendo y golpeando al señor que vende panes en su bicicarro, ni a los empleados de una agencia de viajes atacando a patadas a un grupo de turistas que compró tiquetes por internet.

No me gusta la violencia, menos cuando quienes la ejercen lo hacen con la cómplice aquiescencia del Estado.

Un país que se precie de su espíritu y tradición democrática no restringe los intereses de los ciudadanos para favorecer asociaciones y gremios. Un gremio que pretende el bloqueo de cualquier posible competencia no es más que una asociación con fines y propósitos ilegales.

Volviendo a los conceptos de economía y empresa, desde la universidad enseñan que cualquier negocio que va mermando su crecimiento y al mismo tiempo avanzan los reclamos o disminuyen las ventas está invariablemente destinado a introducir cambios y mejoras en su oferta de productos y servicios o condenado inexorablemente a desaparecer. Para quienes manejan un taxi o hacen parte de una asociación de taxistas, esta información simple y escueta podría llegar a ser vital.

No dudo un solo instante en señalar a los grandes pulpos que manejan por debajo el negocio de los taxis en Colombia de ser los primeros responsables del malestar histórico que hoy cobra cuentas pendientes. Al fin y al cabo son ellos, los dueños de la mayoría de los vehículos que prestan el servicio público, quienes con irresponsabilidad crónica dejan a los usuarios en manos de conductores que nunca o poco tuvieron la formación necesaria para asumir detrás de un volante todo lo que implica el oficio que desempeñan.

Con ellos, son también responsables los funcionarios del Ministerio de Transporte, los directores de Tránsito  y los mismos ciudadanos. Cuando se suman la paquidermia del Gobierno y la indiferencia de la gente siempre hay alguien que saca provecho.

Como en cualquier negocio, quienes pagamos por algo merecemos el mejor trato. Todo lo demás, incluido eso de que unos cuantos afectan la imagen de la mayoria, no debería ser un problema nuestro sino de ellos.

En Cartagena, cada vez que puedo y lo encuentro estacionado en el costado del hotel Santa Teresa, subo al taxi de Migue, impecablemente vestido con su uniforme de pantalón azul y camisa blanca. Él mismo me dijo que se viste así desde cuando empezó a manejar su primer carro, treinta años atrás. Fue él quien también me dijo, cuando indagué por tantas acusaciones a muchos de sus colegas, que “esos tipos no son taxistas; ellos no respetan la profesión”.

Para cerrar: hace unos pocos días el conductor de un taxi frenó intempestivamente delante del carro que yo iba conduciendo; su objetivo era recoger a un pasajero en la mitad de la vía. Al ponerme a su lado bajé la ventana y le pedí algo más de precaución. Su respuesta fue una frase en forma de escupitajo: “esto es un servicio público; yo puedo parar donde sea; guarda tu distancia, ignorante”.

Escribiendo esta nota todavía me estoy limpiando la saliva de la cara y pensando en una aplicación que conectada, al radio de los carros, enseñe buenos modales.

* Exgobernador de Bolívar, fundador de la firma de consultoría pública ‘Diálogos Urbanos’ y candidato a Magister en Desarrollo y Cultura.

 

3 Comments

  1. John Trejos dice:

    Tiene de todo el contexto la razón, pero olvidó que un país que está infestado de corrupción: Paramilitares, narcoguerrilleros, delincuencia común, existen también actores políticos que quieren ver que un gremio, qué digo muchos gremios, se queden a la merced de la clase que les entrega entes, ministerios, empresas y demás para que los saqun y los cojan a su antojo y lo más profundo.

  2. Gabriel Gutierrez Lamadrid dice:

    Estoy total y absolutamente de acuerdo con usted Doctor Juan Carlos Gossain cuando afirma que el estado tiene su grado de responsabilidad en esta guerra de lo legal e ilegal dentro del gremio de taxistas y la plataforma ilegal de Uber y aun que sea la primera la primera vez que difiero de una apreciación suya porque lo reconozco e identifico como uno de los mejores y mas inteligentes Gobernadores que ha tenido este Departamento de Bolívar grande, sino posiblemente el mejor. En el sentido del escupitajo al gremio de taxistas, no podemos seguir botando corriente y bañando con agua sucia a todo este gremio este gremio, ya que igual sucede con los conductores de Uber, algunos se comportan educadamente, pero otros no, por tanto en todos los gremios hay gente buena y gente mala, pero le puedo asegurar que entre el gremio de taxistas somos mas los buenos que los malos y de estos últimos podemos incluir en la responsabilidad a los señores administradores de taxis que son los que violando toda disposición de selección y enganche aceptan a cualquier sujeto y lo ponen a trabajar como taxista siempre que se sometan a sus altas tarifas diarias, las cuales no tienen ningún control ni regulación del estado. Es el estado con su silencio permisivo haciendose el loco también responsable tal como usted lo dice, de esta guerra desatada entre taxista y Uber o sea entre lo ilegal y lo ilegal, es aquí donde radica realmente el centro de la confrontación, pues los taxistas se les exigen una serie de documentos y seguros que no se le exigen a los operadores de Uber y esto es inconstitucional, ya que a igual trabajo, igual requisitos. Yo le propongo al estado que iguale esta normativa a los taxis y los pongan igual que Uber o sea que nos eviten tener una licencia de transito de 2B o sea de 5a, que no paguemos tarjeta anual de operaciones, que nos libren de los seguros extras que pagamos, que nos liberen de la tecnomecanica anual y bimestral, que nos libren de uniformes y toda esa serie de prevendas que el estado recibe anualmente de los taxis y que se acabe de una vez por todas el sistema del techo automotor para taxis, para que de esta forma podamos igualarnos a esta plataforma de Uber en el sistema de competividad.

  3. Oscar Pardo dice:

    Totalmente de acuerdo. En una economía de mercado, el éxito está condicionado por la calidad / precio del producto o servicio ofrecido. La oferta de Uber aparece porque hay una demanda creciente en centros urbanos donde hay un servicio mediocre, en parte por la incaoacidad del Estado de formular una buena politica sobre transporte público. Tarde o temprano deberán reglamentarlo.

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