Una hipótesis sobre el consumismo como causa de la corrupción

danilo-contrerasPor Danilo Contreras Guzmán *

La corrupción se ha instalado en todos los estamentos de la sociedad desde los estratos más humildes hasta los más encumbrados y parece incierto determinar la consolidación de nuevos modelos de comportamiento social y liderazgos que reivindiquen la integridad y la honradez.

Las sociedades y los individuos transforman constantemente sus formas de vida y los paradigmas que les permiten elaborar reglas de convivencia, entre otras, las reglas morales y éticas. No hacen falta profundas reflexiones para probar esta tesis, pero intentemos repasar.

Yuval Noah Harari, escritor judío, que hace poco visitó Cartagena en el marco del Hay Festival, sostiene en su “De animales a Dioses: Breve historia de la Humanidad”, que hace dos millones de años, un periodo relativamente breve en la perspectiva del tiempo universal, aparece el Homo Sapiens, “humanos arcaicos que jugaban, formaban amistades y competían por el rango social y elpoder… pero también lo hacían los chimpancés, los papiones y los elefantes. No había nada de especial en ellos”. Este planteamiento sugestivo y controversial certifica el juego de la selección natural de las especies y las primigenias “formas de vida” y valores que fueron determinando nuestro desempeño social.

Recién, hace unos 12 mil años, una nueva transformación acaeció en el comportamiento del Homo Sapiens: Dejamos de ser nómadas cazadores, recolectores de frutos y carroña, para convertirnos en especie sedentaria dedicada a sembrar y producir los alimentos. Algo muy fuerte pasó cuando decidimos dejar de vagar por el ancho mundo y optamos por establecernos en un solo sitio. Dicen que en ese borroso episodio se dio inicio a la civilización, es decir, fuimos capaces de construir culturas y ciudades.

Después de aquella novedad el progreso económico fue casi imperceptible hasta el advenimiento de la revolución industrial en el siglo 18. Hace apenas 250 años. En ese punto el destino de la humanidad giró nuevamente. La máquina de vapor de Watts inicia una ola de crecimiento constante acompañada por una inusitada explosión demográfica. Hoy somos más de 7.200 millones de personas con proyección a 2050 de unos 10.000 millones, compitiendo por acceder a los escasos recursos que nos ofrece el planeta.

Los cambios que trajo la revolución industrial también asentaron una elaborada formulación moral: La “ética del trabajo”, reseñada por Bauman, como “un valor en sí mismo, una actividad noble y jerarquizadora… Todo lo que la gente posee es una recompensa por su trabajo anterior”.

Adela Cortina, quien en la Universidad de Munich entra en contacto con las tesis de la ética Marxista, sostiene con fervor, en una de sus conferencias, que Adam Smith, considerado el principal exponente de la teoría capitalista, era profundamente moral al sostener que la economía debe estar al servicio de las personas, de modo que el individuo está obligado a controlar su egoísmo, lo cual es vital para la convivencia.

Hasta aquí todo bien, digamos; el bienestar era directamente proporcional, en teoría desde luego, con el esfuerzo aplicado al trabajo. Los paradigmas éticos que dominaron este periodo eran, quizás, propicios a valores como la honradez, el esfuerzo y la integridad.

Pero el auge de la producción y la automatización industrial fueron en desmedro del trabajo como fuente de riqueza, al tiempo que los individuos han sido sumergidos en una marea de bienes superfluos que se ven compelidos a adquirir en el afán de identificarse o igualarse con otros consumidores. Llega navidad y hay que cambiar los adornos del año anterior; llega el cumpleaños y hay que dar una gran fiesta; al terminar una carrera profesional que sea lo primero comprar un vehículo, en fin, todo para no ser catalogados como asociales o anacrónicos. Varios autores ubican históricamente esta “edad del consumismo”, en la decadencia del Welfare o Estado bienestar y el triunfo del neoliberalismo capitalista.

Bauman señala al respecto: “en cualquier comunidad, los pobres de la sociedad de consumo no tienen acceso a una vida normal; menos aún, a una existencia feliz. En nuestra sociedad, esa limitación los pone en la condición de consumidores defectuosos o frustrados, expulsados del mercado. En la sociedad de consumidores, esa incapacidad es causa determinante de degradación social…” Contrario sensu, los sectores pudientes tienen pánico a caer en situación de consumidores defectuosos (pobres) y esto podría conllevar, incluso, a la decadencia de valores como el trabajo, fuente de acceso a bienes y servicios y envilecimiento ético.

Esta aproximación es un intento teórico que no prescinde del hecho, también evidente, de que muchos individuos se siguen moviendo por valores como la honestidad y la integridad. Estos principios están a prueba constantemente, en una tensión problemática cotidiana, que siempre debemos intentar superar. Pronto, verbigracia, vendrán elecciones y tendremos nueva oportunidad, no la única, de poner a prueba nuestras convicciones y las posibilidades de cambio.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

Contexto:

– Compromiso con la universidad pública

– Las posibilidades de Trump

– Inversión al debe

– A estos datos nos enfrentamos

– La cuota inicial de un nuevo problema

– Las inquietudes siguen

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