El que escruta, ¿elige?

fabio-castellanos2Por Fabio Castellanos Herrera *

Esta frase lapidaria y acuñada por el Padre Camilo Torres fue el soporte ideológico para justificar el abstencionismo y la violencia armada, no solo por el Padre Camilo, sino por generaciones de colombianos que encontraban en las urnas el peor mecanismo para la construcción de la Nación Colombiana.

La  historia política colombiana está llena de ejemplos que comprobaron la frase del Padre Camilo. Con la Constitución del 91, el tema fue abordado de forma tibia y según algunos era entendible; la clase política tradicional que estaba representaba en algunos constituyentes no iba a realizarse un hara- kiri electoral. Quizás lo anterior nos permita entender por qué, a pesar de haberse debatido y aprobado actos legislativos  y leyes que modificaron el sistema electoral y se establecieron normas de bancadas, de sillas vacías, de prohibición de reemplazos, etc., aún estemos usando un ‘código electoral’ del siglo pasado y no ha existido voluntad política del Congreso de la República para codificar y modernizar en una sola norma el régimen electoral y los procedimientos administrativos originados en este.

Pero si por el país llueve, en Cartagena y Bolívar no escampa; las anécdotas del mundo ‘político’ frente a los constantes tongos son conocidas por propios y extraños. Es un hecho notorio que no solo basta tener una organización política sólida, formación académica, ideales claros y vocación de servicio,  para salir elegido. Las cifras que se dicen que se manejan en las elecciones son realmente escandalosas, pero parece que ya ni las chequeras son garantía para salir electo, sin importar la corporación y el cargo.

Los recientes hechos de la captura de un concejal en ejercicio, de una Delegada del Registrador Nacional, de miembros de la organización electoral y los fallos administrativos de nulidades electorales, hacen inferir que todo lo que se dice en los corrillos tiene asidero en la verdad.

Estos hechos, sumados a otros que ya la ciudad conoce y padece, indican al más despistado observador que algo grave pasa con nuestra democracia local. Pero las grandes inquietudes  que  se desprenden de estos hechos deben ser: ¿qué motiva a unos futuros servidores públicos correr semejante riesgo por obtener una credencial?; ¿qué tipo de calidad institucional podremos tener con elegidos que acudan a la trampa y a la ilegalidad para hacerse elegir?; ¿podemos aspirar a resolver todos nuestros problemas de ciudad y de región, si la forma como se configura el poder público está en demasía pervertida?

Estas inquietudes son las que nos debemos hacer todos los ciudadanos que aspiramos a que nuestra región y ciudad dejen atrás el fardo del atraso institucional y pueda el ordenamiento público servir de facilitador del desarrollo local y no, por el contrario, el constructor del atraso y de la violencia.

Por lo pronto, esperar que las autoridades actúen y, como ciudadanos, no olvidar, cuando llegue el momento, sancionar con nuestro voto… Aunque sigamos con el riesgo de que el que el escrute, ¡siga eligiendo!

 

Expersonero de Cartagena y exprocurador Delegado para la Moralidad Pública

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