La palabra empeñada

Antes de ser ministro de Defensa, cuando aún publicaba columnas de opinión en El Tiempo y otros medios del país, el hoy presidente Juan Manuel Santos expresó que quienes persisten en ser verticales y consistentes son unos imbéciles, ya que, según él, “una de las mejores definiciones de la inteligencia es saberse adaptar a los diferentes entornos”. “Hay que tenerle cuidado a los que siempre se muestran consecuentes, a los totalmente consistentes, a los que nunca cambian de opinión. Deben ser brutos y por ende peligrosos”, manifestó Santos en un artículo titulado ‘Ojo con los consistentes’; “la política es dinámica por definición. Las circunstancias cambian de la noche a la mañana. Lo que hoy es, mañana puede no ser”. En defensa de ese concepto, el columnista citó al periodista Eric Dupin, quien escribió de Mitterrand: “su inconsistencia era su gran constancia”, y a su abuelo Calibán, “quien se ufanaba de cambiar de opinión en sus escritos”.

Tras conocer estos conceptos, el director de este portal publicó una columna en la cual manifestó que “siempre había creído que la verticalidad y la consistencia eran unos importantes valores, y ahora resulta que es exactamente lo contrario”, y dijo, recordando los vínculos de Santos con El Tiempo, que la credibilidad es el principal patrimonio de los periodistas (<<< leer ‘De lentejos y voltiarepas’).

No obstante la inquietud suscitada en un tema fundamental como la confianza que debe inspirar un gobernante, RevistaMetro invitó a votar decidida y entusiastamente por Juan Manuel Santos por su evidente compromiso con la Paz, como estamos seguro lo hicieron muchos colombianos.

Y hoy, a pesar de que ha dado muestras de que, en efecto, pudo ayer decir una cosa pero mañana hacer otra, como sucedió con su promesa de campaña de no subir los impuestos, nos mostramos solidarios con el mandatario por su tenacidad en la defensa del proceso de paz y, en lo fundamental, confiamos en sus buenos propósitos.

Por ello, a pesar de parecer una contradicción, debemos decir que confiamos en que el presidente Santos va a honrar la palabra que empeñó cuando, durante la Cumbre de Gobernadores y Alcaldes ‘El Caribe Participa’ realizada en Cartagena en mayo de 2014, le prometió formalmente a los bolivarenses, por intermedio del entonces gobernador Juan Carlos Gossaín, que si en los próximos Juegos Nacionales la delegación deportiva del Departamento quedaba entre los cinco primeros lugares la sede sería Bolívar.

Nuestros deportistas, como se sabe, obtuvieron un honroso cuarto lugar en el cuadro de medallería de las pasadas justas, y no vemos razón alguna para que el mandatario de los colombianos no honre hoy su palabra.

Como lo hizo caer en cuenta el periodista Germán Gómez en una nota en El Espectador, a Santos no le pidió nadie que se comprometiera con Bolívar a otorgarle la sede de los próximos Juegos Nacionales y eso, en mucho, hace la diferencia. Santos no tenía a nadie obligándolo a prometer (ante los ocho gobernadores de la Región, los ocho alcaldes de sus ciudades capitales y los de 192 municipios intermedios) entregar a Bolívar la sede de Juegos Nacionales del 2015. Si lo hizo espontáneamente fue porque le nació del corazón, y no hay una sola razón para que haya cambiado de idea.

¿Que en un momento dado el presidente pudo tener una justificación para otorgar la sede a un departamento distinto a Bolívar? Sí, claro. Y eso se temía. Si luego de la evaluación que, de manera reglamentaria, debía hacer Coldeportes a los entes territoriales que aspiraban a ser sedes, Cartagena y Bolívar resultaban mal calificados, Santos tenía una excusa perfecta para no cumplir lo prometido. Como la tuvo cuando promovió el aumento de unos impuestos; o cuando decidió no seguir protegiendo las actuaciones non sanctas de varios de sus aliados de entonces; o cuando, en general, tuvo en cuenta aquello de que “hay que tenerle cuidado a los que siempre se muestran consecuentes, a los totalmente consistentes, a los que nunca cambian de opinión”.

Pero Coldeportes, tras un exhaustivo análisis, determinó que Cartagena y Bolívar habían superado la prueba con creces, y el mismo presidente lo anunció con una frase que, para nosotros, es una muestra de que Santos sí va a cumplir su palabra. “El director de Coldeportes nos hizo una presentación, y en la matriz hay tres finalistas; y les quiero dar la buena noticia de que (entre ellos) está el Departamento de Bolívar”, dijo Santos sonriente.

Además, debemos recordar que el mandatario no le hizo la misma promesa a nadie más. No hay razón, entonces, para que el presidente le envíe al país, sin justificación alguna, el mensaje de que su palabra no vale nada.

Atlántico, uno de los otros finalistas, es el organizador de los Juegos Centroamericanos y del Caribe del 2018, un año antes, y ello, en nuestro concepto, lejos de ser una ventaja para el vecino departamento, debería ser motivo de descalificación. Sería injusto, y pensaríamos que igualmente inconveniente, que una misma entidad territorial desarrollara en dos años consecutivos unos eventos deportivos tan importantes.

Y de Antioquia -el otro ‘finalista’ – podría decirse algo similar. Además, es un departamento que requiere mucho menos que Bolívar de la mano amiga de la Nación para impulsar su desarrollo.

Lo ha dicho el gobernador Dumek Turbay y lo repiten cada día más bolivarenses: nuestro Departamento es territorio de reconciliación y, tras la firma de los acuerdos de La Habana, los próximos Juegos Nacionales, en suelo bolivarense, serán los Juegos de la Paz.

Una Paz en la que el presidente Santos, como toda la gente buena del país, tiene puestas todas sus esperanzas.

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