Manolo

Por Juan Diego Perdomo Alaba *
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Con el exalcalde de Cartagena Manolo Duque Vázquez hablé dos veces en mi vida: en 2014 cuando lo invité al Mompox Jazz Festival, y en 2016 -ya siendo alcalde-, cuando le pregunté porqué me había mandado a echar de la Corporación Turismo Cartagena de Indias, donde recién su presidenta ejecutiva me había contratado como asesor externo. “Papa, no tengo ni idea, eso de pronto fue Estelita; ¿pero qué te pasó?“, respondió sorprendido.

A Duque lo conocí como un tipo muy familiar y noble que no se metía con nadie ni tenía deudas pendientes. Era un periodista deportivo reputado que gozaba de prestancia entre el gremio del oficio en la ciudad que lo apreciaba y respetaba por su trayectoria. Le heredó al finado Campo Elías Terán, otro exalcalde caído en desgracia por la codicia de su entorno, la joya de la corona en la radio local: La Cariñosa, un noticiero de corte popular que facturaba mucho dinero por la vasta audiencia que había forjado su antecesor. Manolo ganaba bien, muchísimo mejor que el resto de sus colegas, y vivía sin complicaciones.

Pero en 2015 apareció José Julián Vázquez, su primo hermano, personaje oscuro y cuestionado, avaro, hábil y mañoso que vio en esta cultura política ‘gastrocrática’ un resquicio para hacer plata fácil poniendo de alcalde a su familiar locutor, reconocido en los sectores populares de la ciudad donde está el grueso de los votos. Pero como aquí no se gana de cara y en la ciudad no ‘comen de bolita’, José Julián, que sabía que es con plata que se mueven los líderes, se consiguió -cuenta una fuente cercana al moviendo Primero La Gente que pidió la reserva de su nombre-, casi $30 mil millones que al parecer nunca pudo reponer, pues el edificio de su macabro plan de desangrar a Cartagena se le derrumbó en sus narices cuando apenas estaba buscando el punto de equilibrio, sacando recursos de aquí, allá y acullá para saldar la onerosa deuda. La insaciable clase política local también esperaba parte de esas ganancias pero al no obtener respuesta, le quitó el respaldo y lo tumbó. Manolo sirvió entonces de ‘idiota inútil’, porque en ese enturto ignominioso nadie ganó y la ciudad quedó al garete, acéfala. Perdimos todos.

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En esta Cartagena plutocrática, la única manera de homologar apellido es con trayectoria política. No es lo mismo ser Vélez que Duque, ni Del Castillo que Terán. Cartagena y Bolívar, cooptada hace décadas por casas políticas que se alternan o reparten el poder, solo ha tenido buenas experiencias de gobierno con verdaderos animales políticos.

La exalcaldesa Judith Pinedo Flórez, por ejemplo, no tenía apellido pero sí el talante, la experiencia y el cuero duro para capotear los feroces ataques de sus contradictores huérfanos del poder, que poco le dejaron hacer. Y aún así, con todo el blindaje jurídico que tuvo en su Administración, tiene uno que otro lío pendiente que no la dejó seguir volando en el ejercicio público. Inconvenientes que nos priva de tener una voz experta y necesaria para repensar la ciudad.

Juan Carlos Gossaín, de connotado abolengo, funcionario estrella de las Administraciones de Carlos Díaz y Nicolás Curi, se hizo elegir gobernador con el apoyo de algunos reconocidos barones regionales a quienes respetó, pero que a su vez les contuvo sus apetitos burocráticos y excesos de poder, todo a través de un novedoso, arrojado y riguroso modelo de gobierno que le permitió a Bolívar salir del ostracismo en el que estaba. Aún así, con todo el carácter y la brillantez que le reconocen hasta sus contradictores, en su gestión hubo lunares e islas independientes, enclaves que no alcanzó a controlar en su reconocido estricto ejercicio de gobernabilidad y firme autoridad.

Ambos políticos, aunque antagónicos, se parecen, son vanidosos y a veces tercos, pero brillantes y de carácter fuerte, talentosos. Amigos de la cultura como herramienta para el desarrollo. Con los bemoles y retos naturales de la política regional, eran ellos quienes gobernaban, no había libretos que leer de madrugada, como le tocó durante año y medio a ese Manolo meditabundo, torpe y asustadizo que matizaba su notable inexperiencia con una impostura de mandatario ‘chabacán’ y desparpajado, que solo hacía caso a las directrices de su primo, el poder a la sombra.

En 2017 Manolo renunció a su cargo y actualmente enfrenta varios procesos judiciales. Pasó Navidad en una cárcel en Sabanalarga, Atlántico, lejos de su familia. En agosto de este año salió libre por vencimiento de términos pero hace un par de días la Fiscalía ordenó su captura por presuntas irregularidades en la ejecución del Programa de Alimentación Escolar -PAE – en la capital de Bolívar. Todo indica que pasará otro fin de año confinado en una prisión. Al verlo llegar a la audiencia de legalización de captura se le notó tranquilo, estoico, pero la procesión va por dentro. Qué pensará. ¿Estará arrepentido? Me gustaría preguntarle qué lo motivó a lanzarse al agua de los cocodrilos sin ser uno de ellos, teniendo consciencia de que, quizá, se lo iban a comer a pedazos. ¿Por qué sacrificar su tranquilidad y la de su familia, su nombre y prestigio, por tan oscuro fin?

De todo lo que se le imputa a Duque, otros con ‘peso en el culo’ salen incólumes. En Cartagena, las componendas para elegir controlor y personero son de vieja data; los recursos del PAE, la comida de los niños, se la roban y reparten cada tanto entre los dueños de esta ‘noble e ínclita ciudad’, y el 80% de las construcciones del Distrito son ilegales no por la omisión del exalcalde locutor, sino por el macabro entramado de ilegalidad embozado desde hace décadas, acolitado y perpetuado por funcionarios irresponsables que responden al interés de un tercero financista de campañas, y así funciona todo sin que nada pase aunque pase de todo.

A Duque Vázquez no le alcanzan los apellidos para defenderse, ni el respaldo político que en su momento tuvo para hacerse elegir, pues fue coyuntural. Lo dejaron solo y funje de ‘pato pagador’ mientras los verdaderos expoliadores de este terruño heroico andan en cócteles, algunos sentados en curules o asistiendo a foros insulsos sobre cómo superar la pobreza extrema. Otros tantos andan por ahí creando problemas para ofrecer soluciones en campaña. Mientras, seguimos en un círculo vicioso del que parece no buscamos para salir, repitiendo los errores de un pasado reciente que parece un presente perenne.

Como leí en la frase final de un libro recién lanzado, “hagamos que las cosas cambien“.

* Comunicador Social – Periodista de la Universidad de Cartagena

 

 

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